OPINIÓN
La hora de las corporaciones
10.08.2010 | 18:22 hs. · Fuente: Ricardo Forster
La derecha ha salido a mostrar sus cartas. Lo hizo de un modo destemplado y como hacía bastante tiempo que no lo expresaba tan cruda y directamente. Primero fue la Iglesia Católica a través de Bergoglio y de Aguer, maestros en una retórica antediluviana y heredera de antiguas hogueras inquisitoriales que acabó estrellándose con un amplio y sólido rechazo de la sociedad civil que acompañó y apoyó la aprobación parlamentaria del matrimonio civil igualitario. Lo hizo luego en el recinto arquetípico de la corporación agroganadera y a través del discurso panfletario del presidente de la Sociedad Rural.

Hugo Biolcati no se guardó nada de nada, recorrió todo el abanico de lugares comunes del folclore ruralista haciendo hincapié en la correspondencia absoluta que existe, desde los orígenes más remotos, entre ellos, la tierra y la patria. Habló como lo que es y lo hizo dirigiéndose a sus amigos de siempre, los habitantes de ese pabellón que lleva el nombre de Martínez de Hoz y al lado de algunos pocos políticos de la oposición que buscaron arrimarse al poder oligárquico.

Su alocución no ahorró adjetivos descalificadores dirigidos hacia el Gobierno y en particular hacia la Presidenta envueltos en una astuta pero impresentable por impúdica “autocrítica” en relación con archivados, para ellos, apoyos a golpes militares. Biolcati habló de la pobreza sin ningún rubor ni sintiendo que sobre sus espaldas y las de los que lo escuchaban atentamente recaían la mayor de las responsabilidades a la hora de multiplicar la desigualdad y la injusticia; hizo, una vez más, la apología del Primer Centenario, esa época feliz en la que el ganado y las mieces hacían las delicias de una oligarquía todopoderosa que se sentía con plena autoridad dueña del país y del destino de sus habitantes.

Ante un Duhalde con cara de piedra y un Macri a sus anchas enunció el tiempo de la decadencia que, para cualquier espectador mínimamente atento, se vinculaba directa e ine­quívocamente con la llegada del primer peronismo y sus organismos de control que tanto encolerizaron a los dueños de la tierra y cuya sola mención en estos días les produce un horror impronunciable. Aplaudiendo con fervor se hallaba entre los invitados el Momo Venegas, supuesto representante de los peones rurales y dirigente de lo peor de un sindicalismo envilecido y entregado a los intereses de las patronales.

Terminada la ofensiva de una Mesa de Enlace algo deshilachada y con serios problemas internos que incluso llevaron a Eduardo Buzzi a criticar el discurso de su colega sabiendo, como sabe, el enorme precio que pagaron los pequeños productores por el rechazo de la resolución 125 (del cual él fue uno de los máximos fogoneros), le tocó el turno para hacer la siguiente movida al CEO (así se dice elegantemente ahora cuando se nombra a los supergerentes de las grandes corporaciones) de Clarín.

Primero el misterioso señor Héctor Magnetto (que últimamente ha salido de las sombras en las que ha sabido moverse con habilidad y discreción para dejarse captar por los flashes de cámaras mediáticas) convocó a una cena privada e íntima en su casa a los principales exponentes del peronismo neoliberal y conservador. Duhalde, De Narváez, Solá, Reutemann y el acongojado Macri se dirigieron raudos y obedientes al ágape del principal articulador de las corporaciones económicas y mediáticas; lo hicieron respondiendo a viejos reflejos de otras épocas infaustas en las que ciertos políticos buscaban consejos y orientación en los dueños del poder económico.

No hubo grandes infidencias, sólo aquella del ya repetido rechazo del ex corredor de Fórmula 1 a ser “el” candidato a la presidencia, esa candidatura que les abriría, eso piensan con amargura, a los peronistas conservadores, la posibilidad de disputar contra el kirchnerismo con alguna posibilidad en octubre del 2011. Pero Reutemann una vez más, y siguiendo su conducta enigmática que lo llevó a rechazar el primer convite de Duhalde en el 2003, prefirió eludir la propuesta y dedicarse a degustar el menú. De Narváez se debe haber sentido cómodo en su doble rol de político recién llegado y de empresario que también es dueño de medios de comunicación gráficos y audiovisuales (para él moverse entre ambos mundos, el de la conspiración política y la empresarial es algo conocido).

Eduardo Duhalde, viejo tejedor de alianzas y de componendas, experimentado constructor de telarañas destituyentes, también se debe haber sentido muy a gusto con Magnetto, al que supo darle una buena ayudita con la pesificación de la deuda en dólares del grupo Clarín. Felipe Solá seguramente soñó con ser el elegido de los dioses del Olimpo corporativo a la hora de llegar a ser el único candidato una vez descartados De Narváez –por colombiano–, Duhalde –por no redondear cifras interesantes de aceptación pública– y Mauricio Macri por el tobogán en el que está su candidatura junto con el avance de su juzgamiento por las escuchas ilegales.

De la reunión nadie salió esgrimiendo una carta de triunfo pero dejaron, una vez que abandonaron la cena, una atmósfera algo contaminada con enrarecidos aires conspiradores que no hacen nada bien a sus imágenes de políticos “independientes”. Magnetto fue no sólo el organizador de la reunión, fue también el que fijó su agenda y el que decidió hacerla pública a través de sus socios de La Nación.

Pero la movida del ajedrecista de Clarín no terminó ahí. Al día siguiente participó de otra reunión en la sede de la UIA y de la que tomaron parte 15 de los más connotados empresarios. De esa reunión surgió un breve documento en el que hacían gala, una vez más, de un impudor absoluto a la hora de reclamar un regreso a los ’90 y una enésima repetición del clima desfavorable para la inversión en un país supuestamente asolado por la inseguridad jurídica.

La señal fue clara: algunos de los principales representantes de la corporación industrial, desde Techint hasta Bagó, mostraron a la luz pública su alineamiento con un proyecto que busca quebrarle el espinazo a lo abierto a partir de mayo de 2003 y lo hicieron rodeando la figura de Magnetto, principal estratega de la horrorosa entrega de Papel Prensa en los oscuros años de la dictadura y seguramente cómplice de las maniobras de sustracción de identidad que investiga la justicia en relación con los hijos adoptivos de Ernestina Herrera.

Una señal de impunidad, una brutal confluencia de intereses que prefiere hacer oídos sordos a aquellos tiempos en los que muchos de sus negocios se terminaban de firmar en las mazmorras de la dictadura. Sigue pendiente echar luz respecto de la complicidad de las corporaciones económicas en el golpe de Estado de 1976 y en la elaboración del plan Martínez de Hoz, que tuvo como una pata fundamental la destrucción de la resistencia obrera (muchas de esas empresas tienen sus manos manchadas por delaciones que llevaron a la muerte a cientos de delegados de fábrica).

Así están las cosas en un tiempo argentino en el que la oposición política no puede levantar vuelo sin la ayuda de las corporaciones. Tal vez ha llegado la hora de revisar, por parte del gobierno y del kirchnerismo, la incompatibilidad que parece existir entre una enorme tasa de ganancias por parte de esas corporaciones y la actitud de rechazo y de horadación hacia un gobierno que ha intentado distribuir mejor la renta. La derecha corporativa, los dueños de la tierra y de las industrias concentradas, han tomado en sus propias manos su representación transformando en una claque lastimosa a gran parte de la oposición política.

El desafío es grave. Se verá, en los días por venir, qué jugadas les seguirán a las desplegadas en las últimas semanas. Pero también veremos de qué modo el Gobierno sigue un camino que iniciado hace algunos años amenaza con rediseñar la distribución de la renta rompiendo la monotonía de décadas de permanentes injusticia y desigualdad. Para ello deberá poner en cuestión algunos núcleos sagrados e intocables del poder económico, así como lo hizo con el mediático. ¿Podrá?
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