OPINIÓN
Argentina en Frankfurt
13.10.2010 | 09:54 hs. · Autor: Ricardo Forster · Fuente: El Argentino
Escribo mi columna semanal despidiéndome de Frankfurt y de su feria del libro en la que la Argentina fue el país homenajeado. Muchas cosas pasaron durante esta semana en la que una diversidad de escritores y escritoras mostraron la compleja urdimbre de la literatura y de las ideas en nuestro país. Más allá de algunas infaltables opiniones negativas y acusadoras del supuesto modo discrecional con el que se decidieron las invitaciones; más allá también de las críticas inconsistentes y resentidas que se pudieron escuchar o leer en algunos medios demasiado connotados, de esos que antes de dar cuenta de un acontecimiento favorable para el país prefieren el silencio ninguneador, lo que se vio, lo que pudimos experimentar todos los que participamos, es la importancia enorme, en términos culturales y también políticos, que tuvo la presencia argentina en Alemania.

Traducciones que abren nuevos territorios para los escritores y para la industria editorial; mesas redondas que habilitaron una infinidad de discusiones, exposiciones y debates que recorrieron de lado a lado la travesía cultural del país deteniéndose en diferentes esferas y problemas que atravesaron lo literario, lo poético, los derechos humanos, el Bicentenario, la memoria, etcétera. Todo entramado en un laberinto por el que desfilaban, de cara al público, los nombres y las huellas de nuestro itinerario como nación.

Lo diverso y lo enfrentado, lo entramado y lo polémico se dieron cita en el stand especialmente diseñado y montado para la ocasión, mostrando que nada más lejos del espíritu de estos tiempos democráticos que ofrecer una pintura en blanco y negro de una sociedad y de una historia, literaria y política, que parecieron pintadas por la paleta multicolor de un pintor desprejuiciado. Borges se reencontró, en una cita tal vez imposible, con Jauretche, mientras desde otro ángulo Cortázar seguía atentamente con su mirada lo que sucedía a su alrededor. Una historia abigarrada y laberíntica; una historia de claroscuros y de apuestas calcinadas por el sol implacable de una realidad muchas veces destemplada junto con la compleja manera de entrelazar, en un mismo gesto, pasado, presente y futuro, allí donde las tres conjugaciones del tiempo se siguen dando cita entre nosotros para señalar que somos deudores del ayer pero también soñadores recurrentes de un mañana mejor.

Algo de esto pudo verse y escucharse en estos días frankfurtianos, días que se iniciaron con los discursos de Griselda Gambaro y de Cristina Fernández, discursos en los que se evidenciaron las vías, no siempre encontradas, de la creación artística y de la política. Gambaro se detuvo a analizar la compleja y siempre difícil y equívoca relación del escritor con el poder; trató de señalar que ante “el mal del mundo” la literatura debe buscar su implacable denuncia reconociendo, sin embargo, que ella también es el fruto de un fracaso y de una derrota que sigue asolando la ciudad de los hombres. Cristina Fernández buscó los lazos entre el gesto de la política que sigue soñando con una sociedad más equitativa y la insistencia crítica de los artistas que están obligados a mirar desde otros lugares aquello que para el político debe transformarse en acción. Interesante momento en el que dos sensibilidades se encontraron en el mismo escenario.

Algunas mesas mostraron la infinita curiosidad por aquellos nombres propios que han dejado sus huellas entre nosotros (redescubrir, en medio del público alemán, la importancia decisiva de Macedonio Fernández a la hora de pensar a Borges o a Marechal); reconocer la pertinencia de algunas de las reflexiones centrales de la Escuela de Frankfurt, aquella fundada gracias a los aportes económicos de un tal Kurt Weil, que había hecho su fortuna como exportador de granos en la Argentina del primer centenario, a la hora de indagar por los claroscuros de la razón occidental y la posibilidad que tenemos, como habitantes de estas regiones del margen, de leer a contrapelo la historia, o explorar la trama siempre ardua y compleja de escritura, memoria y compromiso, han sido algunas de las cuestiones que pudieron escucharse en estos días alemanes.

Interesante el convenio que se firmó con el Instituto de Investigaciones Sociales de Frankfurt (nombre completo de la escuela que amparó, entre otros, a Theodor Adorno, Max Horkheimer, Herbert Marcuse, Erich Fromm y Walter Benjamin) y que habilita una colaboración que permitirá no sólo establecer vínculos académicos sino señalar que en la América latina actual se pueden pensar algunas cosas, y hacerlo de manera honda, crítica y renovadora como tal vez no se esté haciendo en una Europa que todavía no logra comprender qué le ha sucedido y por qué.

No dejó de llamarnos la atención, en este sentido, un diálogo que junto con un par de amigos sostuvimos, entre sorprendidos y extrañados, con un taxista de Frankfurt que nos contó que era traductor, que hablaba varios idiomas y que en esos días estaba traduciendo del inglés al alemán un libro de George Steiner. Le dijimos, como quien guarda un recuerdo entre nostálgico y perturbador, que no creíamos que aquello que había sido tan común en la Argentina de las crisis recurrentes –taxistas arquitectos, poetas o ingenieros ganándose la vida arriba de un automóvil– podía encontrarse también en la más potente de las naciones europeas. Extraña parábola que me permitió mirar en espejo lo que estaba sucediendo en el país y de observar, no sin cierta sorpresa, que la crisis, bajo las peculiares formas que puede encontrar en una sociedad desarrollada como lo es la alemana, también transforma a un traductor de Steiner en un taxista.

Difícil imaginar un momento más propicio para esta semana argentina en Frankfurt; un momento en el que todo se discute y en el que estamos en condiciones de interrogar críticamente nuestra travesía como nación. En el año del Bicentenario la literatura, la que empezó con Echeverría y llega hasta nuestros días, pudo derramarse como tal vez no lo había podido hacer antes en un ámbito como el de la Feria, en el que los ojos del mundo editorial estuvieron puestos sobre nosotros. Mientras que los alemanes celebraron, junto con los escritores argentinos, el éxito del país invitado de honor, otros, muy menores, trataron, tratan y tratarán de proyectar la bilis del resentimiento, que no hace otra cosa que mostrar su pequeñez mientras la Argentina sigue, con su andar muchas veces zigzagueante, su camino por la historia.
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