OPINIÓN
Un ejército nuevo
16.11.2010 | 15:16 hs.
· Autor: Martín Caparrós
· Fuente: El Argentino
Es curioso que hablar de las cosas que importan pueda parecer un respiro o, incluso, un desvío. Quizá lo sea, con respecto a un camino que no lleva muy lejos. Somos cada vez más provincianos: habitantes de una de esas regiones periféricas que se miran el ombligo porque no saben qué otra cosa mirar, y así resulta que llevamos dos semanas hablando sin parar de un político muerto —salvo cuando se muere el peor asesino que tuvo este país y algunos comentaristas recuerdan que fueron amables con él cuando tenía poder y tienen la decencia de seguir siéndolo ahora—. Mientras tanto, en el mundo, pasan cosas. Siempre es difícil saber qué se va a recordar dentro de 50 años: qué de lo que está en el diario de hoy va a estar en los manuales de mañana. En principio, casi nada. Pero se diría que últimamente sucedió una de esas cosas y, por supuesto, no le prestamos la menor atención.
USCybercom suena como un nuevo juego para la play, pero es, en realidad, el hito que marca una extensión decisiva del campo de la guerra. Durante milenios los hombres sólo se pelearon sobre tierra firme. No hace 3.000 años que aprendieron a pelearse en el agua, cien que empezaron en el aire, cincuenta en el espacio. Parecía que los cuatro territorios bélicos terminarían siendo esos, pero ahora la mayor potencia del mundo creó su Cyber Command para ocupar el nuevo espacio de la guerra: Internet. Que tiene, además, la calidad de ser el primero creado por el hombre, un puro invento cultural: el salto es asombroso.
Internet hizo más por achicar el mundo que ninguna otra tecnología desde la rueda. Ahora el tercio más rico de los hombres vive cada vez más en ese espacio virtual donde la geografía se va desvaneciendo. Yo leo los diarios de Madrid o de Lusaka desde mi cama o coordino mi trabajo en México desde mi escritorio o veo jugar —¿jugar?— a Boca desde Kampala, y hay quienes producen música o películas o chismes que sólo estarán en ese espacio y la pelea política lo ha vuelto su escenario y un financista de Wisconsin o Singapur especula con la misma facilidad y la misma herramienta en Nueva York o en Shanghái: sólo tiene que entregar a cambio horas de sueño. El ciberespacio se ha constituido como un lugar de comunicación, de negocios, de amores, de vanidad y de poder; era lógico que fuera, también, el próximo lugar para la guerra.
Pero no lo sabíamos. Al principio supusimos que Internet, como todo mundo nuevo —como América cuando llegaron los primeros blancos e imaginaron que allí realizarían sus utopías— podría ser un espacio libre, igualitario: subestimamos, una vez más, nuestra capacidad para convertir casi todo en basura. El cibercomercio creció y se encargó de producir ciberdelito, y el segurismo se apoderó también de ese lugar que no existía: la red se volvió cada vez más controlada, vigilada por los señores que dicen que nos van a librar de todo mal. Ahora la industria de la seguridad virtual mueve unos 80.000 millones de dólares al año, y crece la idea de que la única solución para vivir tranquilo en Internet es crear una nueva red cerrada —una especie de Internet-country— donde el aumento del control social nos daría la famosa seguridad. Entonces Internet tal como lo conocemos quedaría como la villa miseria del mundo virtual: un lugar donde andar cuidándose de esos negros de mierda. Cuando se empiece a hacer en serio, la historia de la Web —tan breve, tan documentada— será un modo de entender procesos que en nuestras culturas tardaron milenios y nadie registró.
Ahora la historia se completa: hace unos días, el Pentágono inauguró su ejército para Internet, equivalente a los de tierra, aire, mar y espacio. Un general de cuatro estrellas, Keith Alexander, es el primer comandante del USCybercom. Alexander dice que cada día hay muchos miles de intentos de entrar en las redes del Pentágono y un centenar de “organizaciones extranjeras de espionaje que tratan de infiltrarse”; que por eso su misión es “conseguir que los Estados Unidos mantengan su superioridad en el ciberespacio”. Para lo cual comanda las siete millones de computadoras del Pentágono, y varios miles de soldados muy especializados, mayormente jovencitos. Y sus medios nos cuentan los peligros: hace un par de meses un virus muy sofisticado, el Stuxnet, se infiltró en una central nuclear iraní —y algunos dicen que podría haberla volado—. “Un ciberataque bien dirigido podría derrumbar las infraestructuras más decisivas de nuestro país —energía, telecomunicaciones, sistema financiero”, dijo entonces Mike McConnell, ex jefe de inteligencia de Bush.
Es probable que sea cierto y que, en algún tiempo, las guerras se diriman en el campo virtual. Pero, por ahora, el mecanismo suena conocido: la Gran Twin Towers. Un peligro más o menos real justifica una respuesta hiperreal, y los Estados aprovechan para controlar más y más a sus súbditos —y todos terminamos hinchando por Jack Bauer—. Como sus operaciones son secretas, nadie fuera del Pentágono y la Casa Blanca conoce el detalle de lo que hace este ejército sentado. El presidente Obama insiste en que no va a espiar —“monitorear”, dice— lo que hacemos en la red. Pero uno de los expertos más reconocidos en el tema, Richard Clarke, autor de Cyber War, citado por el Financial Times, dijo que “estamos creando un nuevo comando militar para conducir un nuevo tipo de guerra hipertecnologizada sin el menor debate público, discusión mediática, control parlamentario serio, análisis académico o diálogo internacional”. Y el —módico— debate que despertó el nuevo comando sirvió para confirmar un par de cosas: por ejemplo, que si el FBI o el Cybercom sospechan de alguien y quieren revisar su cuenta de Facebook o de Gmail, tienen todo el derecho de hacerlo —y eso es sólo un ejemplo pequeñito—. Es tan bueno saber que nos cuidan.
USCybercom suena como un nuevo juego para la play, pero es, en realidad, el hito que marca una extensión decisiva del campo de la guerra. Durante milenios los hombres sólo se pelearon sobre tierra firme. No hace 3.000 años que aprendieron a pelearse en el agua, cien que empezaron en el aire, cincuenta en el espacio. Parecía que los cuatro territorios bélicos terminarían siendo esos, pero ahora la mayor potencia del mundo creó su Cyber Command para ocupar el nuevo espacio de la guerra: Internet. Que tiene, además, la calidad de ser el primero creado por el hombre, un puro invento cultural: el salto es asombroso.
Internet hizo más por achicar el mundo que ninguna otra tecnología desde la rueda. Ahora el tercio más rico de los hombres vive cada vez más en ese espacio virtual donde la geografía se va desvaneciendo. Yo leo los diarios de Madrid o de Lusaka desde mi cama o coordino mi trabajo en México desde mi escritorio o veo jugar —¿jugar?— a Boca desde Kampala, y hay quienes producen música o películas o chismes que sólo estarán en ese espacio y la pelea política lo ha vuelto su escenario y un financista de Wisconsin o Singapur especula con la misma facilidad y la misma herramienta en Nueva York o en Shanghái: sólo tiene que entregar a cambio horas de sueño. El ciberespacio se ha constituido como un lugar de comunicación, de negocios, de amores, de vanidad y de poder; era lógico que fuera, también, el próximo lugar para la guerra.
Pero no lo sabíamos. Al principio supusimos que Internet, como todo mundo nuevo —como América cuando llegaron los primeros blancos e imaginaron que allí realizarían sus utopías— podría ser un espacio libre, igualitario: subestimamos, una vez más, nuestra capacidad para convertir casi todo en basura. El cibercomercio creció y se encargó de producir ciberdelito, y el segurismo se apoderó también de ese lugar que no existía: la red se volvió cada vez más controlada, vigilada por los señores que dicen que nos van a librar de todo mal. Ahora la industria de la seguridad virtual mueve unos 80.000 millones de dólares al año, y crece la idea de que la única solución para vivir tranquilo en Internet es crear una nueva red cerrada —una especie de Internet-country— donde el aumento del control social nos daría la famosa seguridad. Entonces Internet tal como lo conocemos quedaría como la villa miseria del mundo virtual: un lugar donde andar cuidándose de esos negros de mierda. Cuando se empiece a hacer en serio, la historia de la Web —tan breve, tan documentada— será un modo de entender procesos que en nuestras culturas tardaron milenios y nadie registró.
Ahora la historia se completa: hace unos días, el Pentágono inauguró su ejército para Internet, equivalente a los de tierra, aire, mar y espacio. Un general de cuatro estrellas, Keith Alexander, es el primer comandante del USCybercom. Alexander dice que cada día hay muchos miles de intentos de entrar en las redes del Pentágono y un centenar de “organizaciones extranjeras de espionaje que tratan de infiltrarse”; que por eso su misión es “conseguir que los Estados Unidos mantengan su superioridad en el ciberespacio”. Para lo cual comanda las siete millones de computadoras del Pentágono, y varios miles de soldados muy especializados, mayormente jovencitos. Y sus medios nos cuentan los peligros: hace un par de meses un virus muy sofisticado, el Stuxnet, se infiltró en una central nuclear iraní —y algunos dicen que podría haberla volado—. “Un ciberataque bien dirigido podría derrumbar las infraestructuras más decisivas de nuestro país —energía, telecomunicaciones, sistema financiero”, dijo entonces Mike McConnell, ex jefe de inteligencia de Bush.
Es probable que sea cierto y que, en algún tiempo, las guerras se diriman en el campo virtual. Pero, por ahora, el mecanismo suena conocido: la Gran Twin Towers. Un peligro más o menos real justifica una respuesta hiperreal, y los Estados aprovechan para controlar más y más a sus súbditos —y todos terminamos hinchando por Jack Bauer—. Como sus operaciones son secretas, nadie fuera del Pentágono y la Casa Blanca conoce el detalle de lo que hace este ejército sentado. El presidente Obama insiste en que no va a espiar —“monitorear”, dice— lo que hacemos en la red. Pero uno de los expertos más reconocidos en el tema, Richard Clarke, autor de Cyber War, citado por el Financial Times, dijo que “estamos creando un nuevo comando militar para conducir un nuevo tipo de guerra hipertecnologizada sin el menor debate público, discusión mediática, control parlamentario serio, análisis académico o diálogo internacional”. Y el —módico— debate que despertó el nuevo comando sirvió para confirmar un par de cosas: por ejemplo, que si el FBI o el Cybercom sospechan de alguien y quieren revisar su cuenta de Facebook o de Gmail, tienen todo el derecho de hacerlo —y eso es sólo un ejemplo pequeñito—. Es tan bueno saber que nos cuidan.


