OPINIÓN
El infiltrado
20.01.2011 | 11:01 hs. · Autor: Martín Caparrós · Fuente: El Argentino
Nadie explica las razones de Mark Kennedy porque, supongo, nadie tiene ni idea —y quizás él tampoco—. Mark Kennedy era un joven policía inglés al que le hicieron una oferta que no supo rechazar: le darían un nuevo nombre, una nueva historia, papeles nuevos, un coche, buen dinero y él, con esas armas, se infiltraría en “grupos radicales”. Imagino que le habrá parecido cool, excitante, una aventura. Quizás haya pensado también en diversión: buenas fiestas, chicas emporradas, viajes, incluso amigos nuevos. Dudo que lo haya sopesado en términos políticos, pero cómo saberlo. Sí es probable, en cambio, que haya calculado que sería bueno para su carrera. En cualquier caso, a mediados de 2003, Mark Kennedy se transformó en Mark Stone y, durante los siete años siguientes, fue un animador de la movida ecologista british, un militante que estaba en todos lados.

Mark Stone llevaba el pelo largo, media docena de tatuajes, aros y sombreros; era simpático, dispuesto, seductor y, además, tenía una camioneta azul. Los activistas ingleses no suelen tener coche: la camioneta fue su salvoconducto para empezar a hacerse indispensable. Tenía, también, plata: cuando le preguntaban, decía que la ganaba como guía de montaña y que, por eso, de vez en cuando se iba de viaje unos días. Era cuando entregaba sus informes y visitaba a su mujer y sus dos hijos —que cada vez le resultaban más ajenos.

Debió ser envidiable tener dos vidas al mismo tiempo: a muchos nos gustaría tener una. También debió ser agotador vivir recordando cada detalle para los informes; vivir temiendo que apareciera alguien que conociera al otro Mark; vivir con el miedo de equivocarse en alguna palabra, en algún gesto. Y vivir todo el tiempo con gente a la que estás traicionando es un destino demasiado literario: acostarse con Anna y preguntarse, en un segundo de distracción, qué diría si supiera: cuánto me odiaría si supiera. Imagino que, por momentos, Mark Stone debía olvidarse de que su nombre era Mark Kennedy y debía creerse realmente Stone; imagino que alguna vez gritó con entusiasmo una consigna contra los cerdos burgueses, que alguna vez puteó de verdad a un policía. Que alguna noche, incluso, lamentó haber nacido en ese suburbio pobre y haber decidido ser un policía: no ser lo que decía que era.

Kennedy trabajaba para una sección llamada National Public Order Intelligence Unit, formada por el gobierno de su Majestad para “monitorear a los terroristas domésticos”: antirracistas, anarquistas, veganos, globalifóbicos, defensores de los derechos de los animales. Kennedy es un puro producto de esta era de la paranoia, en que la caída de un par de torres justificó una escalada del control social fuera de proporción con la amenaza que plantean los grupos controlados. Por eso, a los topos de estos tiempos no les alcanza con espiar: tienen que producir hechos que justifiquen su presencia.

A mediados de 2009, un grupo de ecologistas quería ocupar una central térmica cerca de Nottingham, donde vivía Kennedy, para protestar contra las emisiones de dióxido de carbono. Más de cien ya estaban reunidos en una escuela para marchar a la central, cuando alguien dijo que había demasiados policías. Algunos opinaron que había que levantar la operación, otros que no.

Finalmente decidieron mandar a Kennedy, uno de los organizadores, a evaluar la situación. Kennedy fue, vio y volvió a decir que estaba todo bien. En cuanto los militantes entraron a la central, la policía los agarró de las pestañas.

Allí empezaron las sospechas, pero la caída tardó unos meses más. También fue de novela: el amor lo relajó y, en unas vacaciones, su novia pelirroja militante encontró su pasaporte verdadero.

Cualquier psicóloga diría que la culpa lo carcomía y quería ser agarrado: lo agarraron. En octubre del año pasado sus seis amigos más cercanos lo encerraron en una habitación de su casa y le dijeron que sabían; Kennedy lloró, les dijo que lo lamentaba, que estaba tan arrepentido, que nunca más volvería a suceder. Los terroristas domésticos lo putearon y lo dejaron ir.

Ahora, en Inglaterra, hay un escándalo. Diarios que se quejan de que cada agente tipo Kennedy le cuesta al contribuyente 400.000 dólares al año, abogados buscando la vuelta leguleya para que la policía indemnice a las mujeres que se acostaron con Stone, diplomáticos tratando de apaciguar a algunos de los 22 países que Kennedy visitó con un pasaporte falso y oficial: dicen que los disculpen, que lo hizo para la Corona.

Mientras tanto, Kennedy seguía missing “en algún lugar del extranjero”. Este domingo apareció, a cambio de cientos de miles, en un diario amarillo —y ya hay varias editoriales y productoras que se pelean por el libro a golpes de millones, porque todo puede hacerse plata—. La foto del Mail lo muestra tan cambiado, correcto, pelo corto, pero Kennedy dice que está asustado, que no puede dormir, que traba su puerta con sillas y piensa en suicidarse porque ha perdido a sus amigos.

Supongo que extraña aquellas discusiones, aquella agitación, aquel escalofrío: los años en que era alguien y tenía algo que hacer —ahora que no es más que los restos del naufragio en un vaso de agua.

Porque lo que más me impresiona de toda la historia es cómo los Estados siguen fieles a su esencia: cómo la máquina de espionaje, de infiltración, de control, sigue pedaleando —aunque sea en el vacío de un grupo de defensores de los derechos de los perros—. Cómo el Estado, para ser, necesita simular que alguien lo ataca y creérselo y hacérnoslo creer, y actuar en consecuencia de su propia mentira: fogonear la paranoia. Y obligar a cada militante inglés a la pregunta del día: ¿cuántos Kennedys detrás de cada Stone? Y, también, con menos brillo y menos plata y menos tradición y quién sabe menos eficacia: ¿aquí, en la patria, qué?
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