Se sabe que el que tiene los votos es el que dirige. Se sabe también que tiene la representación del pueblo, es una especie de súper tutor que debe llegar a todos los rincones del elefante llamado Estado. Como no puede llegar a todos lados de la misma forma elige colaboradores, especialistas, que atenderán al elefante. El rincón, el costado de la seguridad del gigante se balancea, como en la canción infantil, sobre la tela de una araña.
Fueron seis meses, intensos, los que el -ahora- ex ministro Leandro Corti dedicó a la seguridad del Elefante. Dejó un promedio de laburo diario que ningún otro antecesor dispensó. Al llegar al Ministerio, el 11 de diciembre pasado, antes de encontrarse con su despacho se topó con un mensaje mafioso: en la división automotores de la URI le quemaron, intencionalmente una decena de autos, sólo para marcarle la cancha. Respondió con cinco disponibilidades, incluso, la del subjefe de la dependencia. Los que vinieron no fueron días cómodos y su gestión estuvo más en la agenda de los medios que el baile del caño de la enana Noelia.
Le hicieron una de cada color, le embarraron la cancha, lo esmerilaron con fatuas acusaciones, viles, como el comisariato al que ordenó investigar, y al que llevó a la justicia para que justifiquen sus bienes, mal habidos, seguro, en desmedro del vigilante cagado de frío que “mete un par de adicionales” en medio de la selva de cemento. Quiso gobernar la policía y le dieron cuerda desde el Gobierno. Nadie lo discutió, en principio, porque acompañaron su decisión estudiada, junto a su equipo, hincando los codos en el escritorio, en las pocas horas en que “la diaria” le permitía sentarse a planificar. Sin embargo, llevó la Dirección Antidrogas, la de trata de personas y las TOE bajo el ala de la política. Lo apoyaron, lo aplaudieron en el Salón Blanco, el público, la gente. Por fin alguien se animaba a un poco más, sin ser un francotirador, sin dejar la organicidad. Antes, era común ver como cerraban la puerta de la (institución) Policía y tiraban la llave por arriba del tapial, para que el “kapangaje” la gestione, reproduzca sus vicios y sirva de apoyo simbólico -o brutalmente efectivo- de la política.
Al contrario del coronel Nascimiento, protagonista del film brasileño “Tropa de Elite”, Corti no buscó comenzarle la guerra al sistema. Sí, intento, con aciertos y a veces con fortuna desigual, ordenar la tropa, profesionalizarla, comenzar a pagar la deuda de la política con los trabajadores de la familia azul –esa que tiene el sueldo embargado y siente el uniforme y no lo mancha– pendiente para adentro de la estructura. O si no, la deuda hacia fuera: la que tiene los gobiernos que ganan por los votos progresistas y gobiernan por derecha. Al decir de Marcelo Saín, ex jefe de la PSA, “romper con la idea que valen ciertos delitos cometidos por ciertos delincuentes y que tienen ciertas víctimas, y no aquéllos que tienen distintos hacedores y víctimas también diferentes”.
Al ministro, increíblemente, no se lo llevó puesto el reclamo de Doña Rosa, si no el negocio de unos pocos, vivillos del fútbol, millonarios, lobbistas, facilitadores, indolentes, truhanes, y un largo etcétera. Al gobernador Bonfatti lo votaron 676.805 santafesinos. Sin embargo, no pudo aguantar una chicana proveniente de unos pocos. Él sabrá por qué –con el respeto a la investidura- toleró que el presidente de Rosario Central le falte el respeto, lo enfrente a su pueblo rosarino y, lo que es peor, arriesgue su pellejo denunciando una miserable simpatía por el equipo del Parque Independencia. La semana pasada, Bonfatti y su ministro de Gobierno, Rubén Galassi, acompañaron la posición del ministro Corti de no autorizar el partido entre Patronato y Central en la cancha de Colón. Debían disponerse de 1.000 efectivos, provenientes de 7 unidades regionales, alrededor de 100 hombres de la Guardia Rural, otros tantos de la división antidrogas. Se siguieron las recomendaciones del Ministerio de Seguridad de la Nación, se explicó que el partido era de alto riesgo, las peleas de las barras, los antecedentes de Lanús. Sumado a eso, el clima raro, a veces desestabilizante, que se huele en la policía cuando crujen los pequeños nichos mafiosos que resisten. Dicen que el Gobernador dedicó varios minutos –tras aceptarle la renuncia al ahora ex ministro – a ponderar los cambios en la cartera y a lamentar la decisión de Corti frente a sus colaboradores más cercanos. “Lo apoyamos siempre”- dijo, con un dejo de solemnidad y bronca. Tal vez por eso, porque siempre apoyaron al ex ministro, es que la sociedad necesita tener una explicación más contundente del gobernador. ¿Por qué antes no y ahora si?. ¿Qué pasó en el medio?. ¿Se lo pidió la AFA? ¿Lo evaluó mejor y lo convencieron?. ¿Revisó la información sobre el riesgo y piensa que las barras no empañaran la fiesta? ¿El ex ministro Corti tenía información falsa, inexacta o interesada?.
Cuando todo esto pase –y por supuesto no haya que lamentar ningún desmadre en el partido – quedará un tendal de cosas pendientes de una gestión que pintaba bien. Temo que sólo queden los requechos de los avances, con peligro de caída, balanceándose sobre la tela de una araña, como en la canción infantil.
