El Tribunal Oral Federal de Santa Fe (TOF) comenzó ayer a juzgar al represor santafesino Horacio “Quique” Barcos, un ex espía que trabajó durante 21 años como Personal Civil de Inteligencia del Ejército, pero también, y a veces simultáneamente, ocupó cargos de importancia en la administración pública santafesina y en la Obra Social de la Uocra (Ospecon).
Barcos llega a juicio luego que en octubre de 2007 Amalia Ricotti lo identificara en una rueda de personas como uno de los integrantes de un grupo de tareas que la secuestró junto a su marido en mayo de 1978.
Las audiencias se extenderán hasta el 31 de marzo, día en que se estima será leído el veredicto de los jueces Ivón Vella, José Escobar Cello y Daniel Laborde, que integrarán el TOF juzgador.
Los periodistas Rogelio Alaniz y José Luis Pagés del diario El Litoral, el decano de la Facultad de Ciencias Jurídicas de la UNL, José Benvenutti, el jefe de diplomas de la UNL, César Luis Frillochi y los dirigentes gremiales Jorge Hoffmann (ATE) y Narciso Carrizo (APUL) son algunos de los testigos que desfilarán por los estrados judiciales.
La causa Barcos es la segunda vinculada a la represión ilegal en el denominado Proceso de Reorganización Nacional que condenará a los responsables de cometer delitos de lesa humanidad en Santa Fe y la región. En diciembre del año pasado, el TOF (conformado por conjueces) condenó al ex juez federal Víctor Brusa y a los ex policías Eduardo Ramos, Héctor Colombini, María Eva Aebi, Juan Perizotti y Mario Facino a penas que fueron entre los 19 hasta los 23 años, según los casos.
Un “tapado” que destapó otras oscuridades
Los vecinos del barrio Luz y Fuerza de Santo Tomé no salían de su asombro ese mediodía del 10 de octubre de 2006. En el noticiero local de Cablevideo, el camarógrafo captó el momento justo en que Horacio “Quique” Barcos salía esposado del Juzgado Federal de Santa Fe. Sin el bigote tupido que lo acompañó durante 20 años. Una bibliotecóloga valiente y decidida lo había denunciado unos meses antes. En realidad había ratificado otras presentaciones que durmieron en los fastuosos escritorios del palacio en los años ochenta
Ese día de octubre, el juez Reinaldo Rodríguez había dispuesto una rueda de personas entre las que incluyó a Barcos. Frente a ellos, detrás del blindex, colocó a Amalia Ricotti, secuestrada y torturada junto a su marido en mayo de 1978.
La denuncia de la mujer tenía varios antecedentes anémicos en los Tribunales Federales. El primero, en 1986, cuando narraron el calvario que atravesaron junto a su esposo – hoy fallecido- José Alberto Tur desde el momento que fueron interceptados por cuatro vehículos cuando circulaban en frente del Puerto local, dos años después del golpe de Estado, más precisamente el 16 de mayo de 1978.
Las personas que participaron del secuestro –todos civiles – los encañonaron y los tabicaron. Luego llegaron a una casa de campo, cercana a una ruta y estuvieron allí hasta el 31 de mayo. A las 11 de la anoche los secuestradores interrumpieron los vejámenes, los golpes, las torturas y la picana eléctrica dejó de chispear en la impunidad de la noche.
La denunciante le recordó a la Justicia, casi 20 años después de la primera denuncia, que el apodo que tenía uno de sus secuestradores era “Quique” y el del otro “Oca”, este último resultó lesionado en una mano tras un accidente con un arma de fuego mientras cumplían una guardia nocturna en el centro clandestino de detención.
El lugar donde estuvieron cautivos era conocido como “Fábrica” o, al menos, así lo referenciaban los captores. Algunos testigos, ubican el lugar en la zona de Rincón, donde estuvieron secuestrados 5 meses Alba Sánchez y Daniel García (querellantes en la causa Brusa y Cía). Otros relatos apuntan a la zona de La Guardia, pasando el rulo distribuidor de la ruta provincial 1 con la nacional 168, en dirección a la ciudad de Paraná.
Ricotti declaró en primera instancia que “varias veces había identificado a Barcos en la peatonal santafesina y que lo vio “entrando y saliendo” del edificio de la actual subsecretaría de Seguridad Pública. El relato más próximo de Ricotti tiene como contexto una cola de banco en donde se cruzó con el denunciado y le espetó: “Vos sos Quique (...) le temblaban las manos y me contestó ‘no señora, yo soy Horacio’”.
La bibliotecóloga recordó en sus declaraciones que, en pleno cautiverio- dos integrantes de la patota que habían quedado de guardia se pusieron a jugar a los “cowboys”. Enfundaban y desenfundaban sus armas de puño y los dos estaban alcoholizados. “De pronto se escuchó un disparo y sobrevino un profundo silencio”, contó. “Uno de ellos, al que llamaban ‘Oca’, le dijo a ‘Quique’ que qué había hecho. Tras el episodio se acercaron a una radio y se escuchó decir ‘Fábrica llama’ y después vino ‘Quique’ y me dijo: ‘esto se va a llenar de gente y si vos contás algo sos boleta’”. “Pude identificar perfectamente que quien se hacía llamar “Quique” era quien me torturaba ya que me decía que si yo le respondía donde estaba tal o cual militante me iba a dejar de picanear (…) él era la voz cantante, se podría decir, y le encantaba hacerse conocer”, dijo Ricotti.
Ricotti recordó una vez más los peores quince días en 63 años de vida. Los jueces del Tribunal y las partes fueron muy cuidadosos. Sólo Ivon Vella se mostró un tanto desconcentrada cuando intentó profundizar sobre un aspecto del relato. La víctima de "Quique" había señalado que "en medio de lo que significa un secuestro, pude enterarme luego que uno de los participó del operativo de mayo de 1978 era un tal 'José'. En la casa donde estábamos tabicados también se hablaba de él, como un 'ejemplo a seguir' ya que se decñia que había formado parte de la agrupación Montoneros y se habíapasado al otro bando". La jueza Vella confundió el rol de 'José' con el de 'Carlitos', uno de los que llegó el día del disparo accidental hasta la finca. Según la testigo, "todo me hizo indicar que era el jefe".
"José" podría ser un tal Quiroga que -efectivamente - era un montonero quebrado que colaboraba con la represión ilegal.
Espía civil
En una de la diligencias del Juzgado mientras se sustanciaba el expediente, se develó la sospecha que tenían algunos de los funcionarios judiciales: el informe de la Jefatura II – Inteligencia del Ejército informó que Horacio Barcos revistó como Personal Civil de Inteligencia en ese organismo desde el 1 de enero de 1976 hasta el 1 de mayo de 1997, habiendo prestado servicio en el Destacamento de Inteligencia 122, en la misma época en la que el egresado de la Escuela de las Américas, Domingo Marcellini –también procesado- era el Jefe. Fue propuesto por el Teniente Coronel Julio César Bellene y trabajó bajo el nombre de guerra de Héctor Andrés Benitez.
En tanto, la UOCRA informó al Juzgado que Barcos se desempeñó como empleado administrativo de OSPECON (Obra Social del mismo gremio) en los años donde tenía incidencia en el sindicalismo local el dirigente del PJ, Rubén “el Mono” Gazziano, fallecido en mayo de 2003, en plena inundación del río Salado.
Ricotti dejó constancia en el Juzgado de las secuelas físicas y psicológicas que heredó de aquellas torturas, como la pérdida de casi todos los dientes después de una brutal paliza en el rostro que incluyó un fuerte golpe contra una pared.
En noviembre de 2006 el juez federal Reinaldo Rodríguez lo procesó como presunto autor de los delitos contra la humanidad de privación ilegítima de la libertad, agravada por haberse cometido con violencia y amenazas, y tormentos agravados por haberse cometido contra perseguidos políticos.
El testigo
Se desprende del expediente un dato curioso: de la testimonial brindada por el santafesino César Luis Frillocchi, dirigente de Apul en Santa Fe y jefe de Diplomas de la UNL. El testigo admitió conocer tanto a la víctima como a Barcos. “A Ricotti la conocí por una amiga en común que nos presentó en una fiesta entre los años 1979 o 1980 (…) luego de unos meses de transcurrido lo relatado, mi compañera de trabajo, que era una amiga de Amalia, me comentó si yo tenía algún amigo para presentarle a Amalia y salir a cenar todos juntos. Como yo frecuentaba la UOCRA porque tenía actividad en el gremio APUL, por ello veía siempre a Horacio Américo Barcos, al cual le decían Quique. Le comenté sobre la salida y aceptó y fuimos a cenar juntos”. En ese entonces Barcos era un agente civil a sueldo del Ejército, desempeñaba tareas de inteligencia, asignado a tareas de calle y con personal a su cargo.
Ricotti precisó esas afirmaciones esta mañana en la sala del TOF santafesino. "En realidad fuimos a una peña en la zona de Colastiné, yo ya hacía un año que me había separado y vivía sola. 'Luisito' Frillocchi me avisó que iba a pasar por mi casa con un amigo que tenía auto. Cuando me subo y me dicen "él es Quique" me puse muy nerviosa, me aguanté todo lo que pude para que no se notara que lo había reconocido"
Frillocchi aportó un dato clave: el apodo de Barcos, “Quique”. El ex agente de inteligencia del Ejército negó siempre tener ese apodo, pero fue su “conocido” el que espontáneamente le confirmó al juez sobre alias. “Quique”, efectivamente, era Barcos, el que secuestró y privó de la libertad hace treinta años a Amalia Ricotti. Frillochi, actual funcionario de la UNL también se desempeño como PCI en Santa Fe. Dependía del Destacamento de Inteligencia 122. Así surge de la información oficial que se encuentra en la causa.
Cuando llegaron las preguntas, el fiscal general Martín Ignacio Suárez Faisal y la doctora Zulema Rivera (quien junto a Horacio Coutaz patrocinan a Ricotti), fueron bien precisos: con distintos argumentos, el ministerio público y la querella quisieron saber si el "Quique" que ella reconoció en aquellos años de cautiverio y dolor era Horacio Barcos. Sin dudarlo dijo que sí.
- ¿Fue usted abusada en los días de cautiverio?, quiso saber Rivera.
-Sí -dijo Ricotti.
-¿Fue violada?
-Sí.
-¿Por quién?
-Por Quique.
El imputado Barcos se había retirado una hora antes del lugar. Su abogado defendor, Néstor Oroño, se mostró cauteloso y pidió dos aclaraciones a la testigo Ricotti. Una fue respondida por la declarante y la otra por el presidente del TOF. José Escobar Cello, que recordó un pasaje de la alocución de la mujer, en el que había hecho mención a la duda que manifestó Oroño.


