21 GRAMOS : EL PESO DE UNA TRAGEDIA
Los alcances de una tragedia pueden ser interminables. Los clásicos griegos han dado sobradas pruebas de la crueldad divina que se puede hacer carne generación tras generación. Pero a veces, con una película es suficiente.
Esta segunda película del exitoso director mexicano Alejandro González Inarritu, vuelve a tocar algunos tema -¿el mismo tema?- de su opera prima Amores Perros, pero esta vez lo hace desde el corazón de la industria del cine que, se sabe, son las luminarias de Hollywood. Otra vez un accidente es el desencadenante de tragedias que se bifurcan, en este caso para volver a tocarse; otra vez la cámara es ágil y por momentos temblorosa; otra vez la edición altera el orden temporal como un artificio que ya le supimos conocer a González Iñárritu pero que ahora casi no sorprende; otra vez el grano de la película es grueso y la imagen por momentos es sucia; otra vez la música es de Gustavo Santaolalla. Pero ahora no es lo mismo.
Si las tragedias de los personajes que protagonizan las tres historias que se hilvanan en Amores Perros -al menos dos de ellos-, vienen de lejos y son arrastradas por ellos sin la necesidad de dar cuenta de su origen de manera explícita. En esta segundo film que gira en torno a un accidente automovilístico es necesario mencionar y repetir, tantas veces como sea necesario, de dónde viene cada tragedia íntima. Una enfermedad terminal, un accidente, un aborto y un pasado de delincuencia nunca pueden terminar bien. Los personajes están condenados, y la cámara se limita a mostrar los primeros planos de su calvario inevitable.
Algunos personajes, como el que encarna Benicio del Toro representan la lógica del fanatismo religioso que impera en los Estados del norte y que llega hasta el mismo Salón Oval, construcción que puede ser leída como una crítica a esta sociedad que pretende exportar valores a través de la fuerza. Pero ocurre que según la mirada del director el pecado de los personajes, como querrían aquellos mismos cristianos, es irredimible.
Las actuaciones de Sean Penn y de Naomi Watts se caracterizan por trabajar en los límites. El primero, una vez más, utiliza la versatilidad de su rostro para lograr las morisquetas de dolor y llanto que la academia suele premiar en sus domingos de fiesta, en tanto que Watts transita por un tono un tanto menor que, cuando estalla, se percibe más creible. Benicio del Toro confirma que tiene uno de los rostros más expresivos del cine norteamericano y que, sin gesticular demasiado, puede transmitir muchas mas emociones que los excesos de Sean Penn.
Hacía el final, en los últimos minutos, la voz en off del protagonista (Penn) reflexiona sobre los 21 gramos del título. Más útil para la promoción de la película que como aporte a la trama, no importa demasiado de qué se tratan estos pocos gramos que se sienten mucho más pesados. Como otros tantos diálogos en esta hora y media demasiado larga, no queda mucho por decir.
Iñárritu amenaza con otra película que cierre su “trilogía sobre accidentes”. Tal vez vuelva a alterar el orden de la narración, al modo cortazariano que ha elegido para estas dos películas. En esta segunda obra es seguro que si la historia se ordena sin artificios, o sea linealmente, no queda mucho más que una historia previsible y subrayada a más no poder. La Rayuela de Cortazar, que se puede leer de esas dos maneras, nunca dejó de ser un juego. El juego que González Iñárritu comienza a proponernos ya empieza a ser aburrido.
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