50 personas
Pedro está agachado, con la cabeza metida en el capot, desenmarañando cables de un auto que a poco estuvo de incendiarse. Para nosotros es un salvador de periodistas ambulantes que se parece a un héroe. Para él, el mismo es apenas uno de los 50 habitantes de Bajo Caracoles que todos los días se hace un ratito de tiempo para soñar con una partida que, como la raya del horizonte, siempre se evade cuando creemos que la vamos a alcanzar.
Pedro trabaja en la usina. Al menos le dan ropas para soportar las temperaturas hostiles del invierno. Como maneja la ambulancia del pueblo también le dan una casa. Y es que si Pedro se tuviera que comprar casa y ropa con lo que le pagan por trabajar en la usina, no podría sobrevivir. La realidad de Pedro es la de todos los demás habitantes del pueblo, a excepción del administrador del hotel y algún otro cuentapropista.
En Bajo Caracoles la mayoría vive del estado. La maestra, el policía, el empleado vial, también comparten –como Pedro- además de la teta magra del estado, el deseo de marchar. También coinciden en otra cosa: a todos se les resulta imposible. En los pueblos más cercanos, como Perito Moreno, el empleo pleno tampoco es popular y la lejanía no es nada que a los patagónicos les resulte cómodo.
A cambio de la frustración de vivir en un lugar en el que, si bien las casas fueron edificadas en los tiempos del conflicto de Malvinas, allí si que “por no pasar ni pasó la guerra”, todos pueden vivir con las puertas abiertas porque el único enemigo es el viento, con el que ya han aprendido a convivir. Para lo demás: rutina, tedio, frustraciones, por ahora no ha aparecido el remedio; nomás la tele satelital.
Pedro sale ahora del capot del auto y ordena que le demos marcha. Se hace el milagro y arranca. Él sonríe y dice que “podemos pasar cuando queramos por ahí que tendremos buenos amigos”. Lo siente así, no es un cumplido; pero también conoce a la perfección que nadie se quedará allí a excepción de que el azar no se interponga. Bajo Caracoles es justamente eso, un lugar para irse siempre, llevando con uno un pedacito del afecto que dan los que no se pueden ir.
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