A 40 años de la muerte del inolvidable Jim Morrison
Imposible que Jim Morrison no amara a Rimbaud. Si es cierto el deseo que manifestó cuatro años antes de morir (el de desaparecer del imaginario de bares y recitales y perderse de una vez por todas en el África) estuvo así de cerca de seguir sus pasos.
¿Cómo ese desertor no iba a estar fascinado con el poeta francés que dejó escrita toda su obra a los 19 años para hacerse después mercenario en tierras salvajes? Algunos dirán que algo de pose había en ese rocker lagarto: que quizá, si no hubiera amanecido muerto en esa bañera de París, con los años se hubiera comprado el circo burgués y se hubiera convertido en un respetable hombre de negocios. O quizá, acabaría en su propio reality.
Si hoy estuviera vivo, tendría 68 años. Acaso, sería mucho más leal imaginarlo viviendo en las colinas de California, escribiendo poesía por las tardes, pensando en ocultarse unos años para sacar con tranquilidad algún próximo álbum mientras ocasionalmente lo llamara Ray Manzarek, Robby Krieger o John Densmore.
Claro que la vejez hubiera sido tan impensable en él como en Kurt Cobain o Luca Prodan. Tal como dijo Danny Sugerman: “Estaría encantado de que ahora su arte signifique más que sus payasadas, pero Jim quería morir joven, quería ser una estrella fugaz”
La prosa está marcada por la anécdota personal (ese huir de casa a los 19, ese cuerpo probándolo todo, ese amor con Pamela) y por la seducción en torno de The Doors. También, más que nada, por la biografía fílmica que le dedicó Oliver Stone.
La mirada testigo de aquél que vio a Morrison bajar del escenario a recitar como un moderno juglar ambulante. Ese mismo que grababa poemas junto a textos o apuntes escritos en libretas o cuadernos, hojas sueltas o diarios. También, ese gurú que aparecía roto y balbuceaba frases geniales, para sumar al mito.
“Vive rápido, muere joven y tendrás un cadáver hermoso…”, ése fue el lema del rock más romántico, el de los 70, y Morrison lo asumió. Más que vida rápida lo suyo fue el consumo rápido de la cultura popular y masiva, fuego y rock and roll, escribiendo las páginas doradas en el ‘verano del amor del 67’.
Pero ¿qué hay del Morrison poeta? Según explica el prólogo de “Los poemas ocultos” , ese yo lírico sabe que “es un iluminado sencillo y sin pretensiones: ni un resentido urbano como Baudelaire ni un médium semidivino al estilo de Hölderlin.
Es un rebelde que se manifiesta a través de los mass media, que empuña la guitarra eléctrica y canta como el “sabio sátiro” que es. Se lanza arriesgadamente al centro del rodeo (“¿qué estoy haciendo en la arena de la plaza de toros?”) porque sabe que, desde ese mismo lugar, puede conseguir “que la Tierra se detenga”. Y es así que desde aquel 3 de julio de 1971 hasta ahora su convicción apabulla, sobre todo en épocas de escepticismo y patética muerte de la energía vital.
Si la literatura fue un sucedáneo de la contracultura, Morrison revela y encara allí las obsesiones de un disconforme, de aquél que “pelea a brazo partido con la América de ‘frío y blanco pecho de neón’, construida sobre ciudades podridas, pozos envenenados y calles manchadas de sangre, donde la madre fuma diamantes y la penumbra es profunda y verde”.
Cierto que supo inspirar los climas verbales de los autores de la generación beatnik -principalmente Allen Ginsberg y Jack Kerouac-, pero la ruta de Morrison encuentra fuga no hacia el horizonte sino hacia adentro.
Camino chamánico hacia el “dulce bosque” iniciático acompañado de una naturaleza delirante que no es un locus amoenus ni una huerta ecológica sino una pampa espiritual, en la cual se le puede ver la cara a Dios sin forzar ese encuentro.
Puede que esta conciencia sea la del transgresor esperanzado, una suerte de Elvis invitado a una charla con Dionisio. Puede que sus dudas fueran el primer avance a las certezas, pero no hay titubeo al decir que fue un gran poeta del rock naciente.
Por eso no hay ingenuidad en estos textos, por eso seguiremos tarareando esos poemas eternos.
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