A 40 años del Golpe de Estado de Pinochet
El drama desatado en Chile, el 11 de septiembre de 1973 sigue resonando fuertemente en la memoria y en la historia de la cordillera y de todo el mundo. La temible época oscura de nuestra Latinoamérica, de Banzer, Bordaberry, Videla, Pinochet, es parte de la herencia que aún hoy marca con heridas imborrables el destino de todos estos países.
Estos Golpes de Estado, no menos brutales en sus medios que en sus propósitos, comparten varios denominadores comunes pero por algunas razones, el gobierno de facto de Augusto Pinochet continúa siendo emblemático.
De ningún modo se puede permitir atribuirle tan singular notoriedad a la falaz idea de que se trató de la continuación de un quebrantamiento democrático ya producido. La peculiaridad de este golpe obedece sin duda a numerosos factores, entre los que podemos mencionar: su prolongación en el tiempo, la abrupta conclusión del gobierno de un líder que había renovado las esperanzas de gran parte del país y su posterior muerte, la repercusión que tuvo en Europa llevando a una reorientación de la izquierda en varios países, el cambio paradigmático en el modelo económico Chileno y las consecuencias profundas de división y discordia que aún hoy se encuentran enraizadas en lo más profundo del recuerdo colectivo, por mencionar algunas de las causas que lo han hecho pasar a la historia.
Estudiado por numerosos sociólogos, historiadores y políticos de nuestro tiempo, el quiebre constitucional de Chile tuvo en la “casa número 38”, uno de los centros de tortura y de silencio de aquellos que alzaban sus voces por un país diferente. Y es este quizás uno de los puntos de análisis significativos, la dictadura de Pinochet viene a terminar no sólo con un gobierno, no sólo con un líder, sino con la creencia de que en medio de una situación brutal en toda América Latina, era posible una revolución diferente, democrática, libre de violencia.
La frialdad de los números nos indica que este terrible abuso de poder cobró más de 3000 víctimas y quedó en el imborrable recuerdo de 40.000 personas que sobrevivieron al encarcelamiento, a las peores torturas y vejaciones y de toda una Nación que aún hoy lucha por saldar la enorme deuda social de verdad y justicia que tiene con su pueblo.
Desde nuestro país, la labor de intelectuales y defensores de los Derechos Humanos permitió crear Comisiones de Apoyo a los exiliados destacándose la labor de Hipólito Solari Irigoyen y otros políticos de la UCR que trabajaron incansablemente constituyendo el Comité Parlamentario Argentino de Solidaridad con Chile y la pluralista Coordinadora de Movimientos de Ayuda a Chille (COMACHI) para ayudar a los perseguidos por el Régimen.
El abuso de poder, la tortura, las violaciones a los Derechos Humanos, la desaparición de personas, el trato inhumano, el asesinato y tantas otras aberraciones cometidas, no son heridas de un país ni de un momento histórico porque como señala Gabriel García Márquez: "Ocurrió en Chile, para mal de los chilenos, pero ha de pasar a la historia como algo que nos sucedió sin remedio a todos los hombres de este tiempo y que se quedó en nuestras vidas para siempre".
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