A BRILLAR EN LA CIUDAD LUZ
Hay muy poco tiempo para las especulaciones. Más de 15.000 personas estuvieron el domingo en el Bois de Boulogne. La siempre cautivante París respira tenis en cada una de sus calles. Esas que ayer sucumbieron ante la caída de un techo en el aeropuerto Charles de Gaulle, pero que desde hace varios días están teñidas con los afiches que anuncian lo que está por llegar: Roland Garros, el segundo Grand Slam de la temporada, con 13.263.280 euros en premios, una cita más que especial -hace doce meses concurrieron 392.932 personas-, porque más allá de lo que el peso de la historia impone, la sensación es que este Abierto de Francia tendrá un ganador de habla hispana.
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Ya es sabido el poderío de España, que llenó de vencedores el polvo de ladrillo parisiense en la última década. Pero esta vez el favoritismo llega del otro lado del charco. Porque detrás de Carlos Moya, Juan Carlos Ferrero y sus dudas, la pelea que pueda entregar Albert Costa y el ímpetu de Tommy Robredo, el abanico se abre, más que nunca, para la Legión Argentina. Con Guillermo Coria y David Nalbandian a la cabeza, el grupo de jugadores de nuestro país, seguido por Agustín Calleri, Guillermo Cañas, Gastón Gaudio, Mariano Zabaleta, Juan Ignacio Chela y Juan Mónaco, la revelación de 2004, desembarcó en la capital francesa para tratar de cortar una sequía de 27 años sin títulos en el certamen que más cautiva a los jugadores de nuestro país.
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Y la referencia no es casual. Tal vez cansados de ver tantos títulos, no fueron pocos los periodistas españoles que palmean las espaldas y dicen que el triunfador será un argentino. “Con tonada bonaerense”, como señaló Domingo Pérez, del monárquico ABC. Pero más allá de los buenos augurios, entre ellos, las seis páginas que L’Equipe le dedicó en su revista dominical a un informe sobre la fiebre del tenis en la Argentina, con entrevistas a Coria y a Nalbandian, en Venado Tuerto y en Unquillo, ese favoritismo tiene sustento.
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En los últimos doce meses, Coria fue el rey del polvo de ladrillo. Desde su traspié aquí con Martin Verkerk, por la semifinal de 2003, el N° 3 del mundo conquistó Stuttgart, Kitzbühel, Sopot, Buenos Aires y Montecarlo. Sólo perdió ante el suizo Roger Federer, el hombre que se viste aquí con las ropas de tapado, en la final de Hamburgo. El mayor porcentaje de las miradas están en Coria. Es el candidato de todos y eso es un arma de doble filo. Ya fueron muchas las ocasiones en las que los campeones estaban puestos -con Ferrero pasó lo mismo en 2003-, y también demasiadas las oportunidades que se escaparon: basta con ver al chileno Marcelo Ríos o, entre los argentinos, las ilusiones que siempre generó Gaby Sabatini.
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Nalbandian, con poco juego durante el año por un tobillo que lo tuvo a maltraer, también es un cabeza de serie de fuste. Tiene la sangre en el ojo por su rápida eliminación en 2003 (ante el francés Nicolas Coutelot), pero hay un dato insoslayable: suele rendir en los grandes torneos.
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¿Y detrás? Porqué no confiar en Calleri, otro que en París tiene su cuenta pendiente; en Zabaleta; el recuperado y siempre talentoso Gaudio; en el fervor de Cañas o en la frescura de Juan Mónaco.
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Tanta riqueza en el cuadro masculino invita al juego de las especulaciones. Porque se suma la impronta chilena de Fernando González y Nicolás Massú, recientes vencedores de la Copa del Mundo, y el potencial que ofrecen Federer, el ruso Marat Safin o el norteamericano Andy Roddick.
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Pero esto no se trata sólo de un juego de hombres. Las chicas también quieren lo suyo. Tras el despegue belga, que esta vez contará sólo con Justine Henin-Hardenne, la última ganadora, se suman Serena y Venus Williams, la ilusión que encarna la francesa Amelie Mauresmo y algún chispazo de Jennifer Capriati. Todo dentro de un contexto más sesgado en cuanto al favoritismo, pero no por ello deja de ser cautivante. Como el aire que se respira en Roland Garros.
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