A defender el pan de cada día
Algunos chileciteños nunca subieron al cable carril, que es sinónimo de Chilecito. Otros ni saben cómo se llama el intendente que les paga los planes o los sueldos bajos. Unos pocos no gustan de la fiesta carnavalesca de la chaya por más que sea marca registrada en la zona. Pero todos tienen algo en común: conocen a Tableta.
En el documento de Tableta, y es injusto que no se lo cambien pronto, dice que se llama Domingo Saturnino Palacios, que nació en un pueblo cercano a Villa Unión y que vive en Chilecito. Pero esto lo pondría como uno más, y también es injusto. Tableta es, por saber contagiar alegría y pelear todos los días por otros antes que por sí mismo, un imprescindible.
Caminando recorrió la Marcha Federal y caminando gastó los zapatos en la Marcha de la Bronca, que organizaron los estatales de Chilecito como protesta, yendo 200 kilómetros a pie rumbo a La Rioja, a pedirle al gobernador Maza que se acuerde de los que, como Tableta, andan siempre más necesitados.
Es que, las luchas sindicales en las localidades más chicas tienen una característica bien marcada que las diferencias de las ciudades grandes: se dan cara a cara y muchas veces, cuerpo a cuerpo, menos “civilizadas” para algunos, obligadas para los que las emprenden, en la calle o en las plazas, pero nunca en los escritorios.
Y en ese sentido, Tableta es uno de los que pelea. Un día la pelea se llama una huelga de hambre, otro una caminata. Una tarde una represión policial, una noche el frío del calabozo, porque Tableta aprendió, desde que vendía las “tabletas” de masa de factura que su padre horneaba y que le dieron su apodo, que no habría otro camino que vivir peleando.
No pudo ir mucho a la escuela porque tuvo que ir enseguida a la calle, pero fue edificando su propio diccionario que le sirve para saber lo elemental: los que aceptan una casa como la que le ofrecieron a él para que deje de joder con militar en ATE, se llaman traidores; los que convirtieron a la provincia de La Rioja, pese a su potencial, en un canto de pobreza, se llaman ladrones; y los que fomentan los planes para aumentar el asistencialismo se llaman el gobierno.
El brazo donde se tatuó al Che Guevara hace sonar el bombo que moviliza a los chileciteños y el ojo que se operó en Buenos Aires para salvarse de una ceguera precoz lo hace ver bien la ruta de una pelea que ellos recorren siempre caminando, junto a la gente. Tableta, el que antes se llamaba Domingo Palacios, es un trabajador estatal, un bombisto de manifestaciones, un “busca” como cuando era niño, pero más que nada, una hendija por donde apenas se deja ver que –si seríamos más como él- se puede torcer esta suerte.
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