A DIEZ AÑOS DE LA MUERTE DE KURT COBAIN
“Soy una persona demasiado errática y ciclotímica y ya no siento más pasión. Por eso, recuerden: es mejor arder que hacerse humo. Paz. Amor. Empatía”. Son las últimas palabras de la carta que dejó escrita Kurt Cobain antes de suicidarse hace exactamente 10 años y que fue leída durante un acto público por su esposa Courtney Love el 10 de abril de 1994.
El 5 de abril, en su casa de Seattle (Washington), Kurt Cobain, cantante y guitarrista de Nirvana, se voló la cabeza de un disparo. Tenía 27 años. Así nació, tal vez, la última gran leyenda del rock. El viernes 8 de abril fue encontrado el cadáver: sobre el pecho descansaba la escopeta calibre 20 con la que había puesto fin a su vida. Mientras tanto, la MTV emitía el unplugged de Nirvana hasta el cansancio durante el fin de semana que siguió a la muerte de Cobain.
La de Cobain fue una muerte trágica como resultado de una vida desgraciada iluminada apenas por el nacimiento de su hija Frances Bean (“mi amiga angelical”, la llamaba el músico), millones de discos vendidos y un puñado de canciones que interpretaron el sentimiento de parte de una generación, aquella que aún creía en el rock como fuerza de inspiración rebelde en contra del pomposo pop de grandes estadios de los 80. De todos modos, aunque él odiase admitirlo, Cobain fue la superestrella de la nueva década (los 90), del nuevo punk, que arrasó con el ranking de Billboard a fines del 91 cuando “Nevermind” entró en erupción. Con su muerte además de ingresar a ese estúpido olimpo de rockeros autodestruidos -del que son miembros Elvis Presley, Janis Joplin, Jim Morrison y Jimi Hendrix, entre otros- se terminaron la inocencia de la Generación X y la euforia de una década recién amanecida.
La vitalidad del nuevo sonido llamado grunge fue la contracara de la fiebre yuppie de los 80, de los años de alienación y la fiebre Reagan-Bush. El regreso del brutal blues blanco de inicios de los 70 acelerado por la agresividad punky de fines de esa década. Ese cóctel explosivo tuvo un máximo representante: Kurt Cobain. Su grito ronco y sus canciones sobre amores rotos, violencia, drogas y la ausencia de un futuro alentador lo convirtieron en el portavoz de una generación desilusionada.
Por otra parte, también es cierto que las trágicas revelaciones sobre su vida y los escándalos provocados por su viuda (ver aparte), alimentaron los últimos años la leyenda de Cobain. “El es un idiota. Quiero que todos le digan bien fuerte. ¡idiota!”, pidió Love a los admiradores reunidos en Seattle después del suicidio.
“Me sorprendería que llegue a cumplir los 30 años”, admitió alguna vez su madre Wendy O’Connor. Pocas semanas antes de volarse los sesos, Cobain confesó en una entrevista que pensaba “todos los días en el suicidio”. Una de sus últimas canciones llevaba el título “Me odio y quiero morir”. En 1993 el músico admitió que era adicto a la heroína y afirmó que la consumía, al menos en parte, para calmar sus fuertes dolores crónicos de estómago.
En marzo de 1994, Nirvana ofreció en Munich su último concierto. Pocos días después, Cobain sufrió una sobredosis de alcohol y somníferos en un hotel de Roma. El posterior intento de desintoxicación lo acercó aún más al suicidio. En la última entrevista que la revista Rolling Stone le hizo, tres meses antes de su muerte, Cobain dijo cosas como las siguientes:
* “No creo que Courtney y yo estemos tan hechos mierda. Toda la vida nos faltó amor y lo necesitamos tanto que si algún objetivo tenemos, ése es darle a Frances todo el amor que podamos. Es lo único que sé que no va a salir mal”.
* “Desde que dejé de consumir drogas, todo volvió bastante a la normalidad”.
* “Durante cinco años, mientras me consumía el dolor de estómago, me quería suicidar todos los días. Muchas veces estuve muy cerca. Perdón por decirlo de manera tan directa. Cantaba y tosía sangre. Eso no es vida. Así que decidí medicarme. Y hoy ya no me duele el estómago y ahora hasta como. Ayer a la noche me comí una pizza enorme, y fue magnífico poder hacer eso, porque me levantó el ánimo”.
Declaraciones, por cierto, muy distintas a las de la trágica carta de despedida escrita tres meses después.
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