A DOCE AÑOS DEL LEVANTAMIENTO ZAPATISTA, EL OLVIDO GANA EN CHIAPAS
Es un ejercicio repetido desde hace siglos. Diez kilos de ramas secas, enfardadas con una soga de hilo, cuelgan a la espalda de una anciana tzeltal. La mujer sube la colina a los resbalones, tomándose a tientas de los arbustos esponjosos de la Sierra de San Andrés, en el vientre húmedo de Chiapas. Nadie diría que del calor de esos leños dependerá el cuidado de su vida esta noche, como le enseñaron desde siempre sus ancestros, los venerables mayas.
Llueve en la cima y el aire huele a madera mojada y perfume de orquídeas. En la comunidad indígena de Oventic, a 70 kilómetros al noreste de San Cristóbal de Las Casas, la tierra es roja y arcillosa. Sobre una ladera poblada de cedros y pinos, Yomac, la anciana de sangre maya, descarga su leña, sonríe y nos mira. Con su familia de la etnia tzeltal, protagonizó el 1º de enero de 1994 el histórico levantamiento zapatista contra el Estado mexicano en defensa de los derechos indígenas, estragados por el abandono y la miseria. Hoy, como casi 2.000 de sus congéneres, habita un municipio organizado por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (ELZN), la guerrilla comandada por el subcomandante Marcos, que despertó entonces a la elite mexicana de su inolvidable resaca de Nochevieja.
La impotencia y el desamparo parecen haber hecho su trabajo en esos ojos color café que aún hoy miran al mundo desde la ventana del miedo. Yomac, como muchos otros entre la veintena de etnias regionales, no habla español. Morena, de pómulos salientes y mentón afilado, dice a través de un guía que no cuenta sus años. Luego mira el suelo y se toma la cabeza, como si intentara encauzar el alboroto de sus pensamientos. Entonces comenta que no recuerda haber hecho otra cosa en su vida que tener hijos, alimentarlos y llevar leña al hogar para cocinar y soportar los fríos de la montaña. “Mándele”, saluda al fin, en una despedida cortés que delata apenas en un verbo cinco siglos de sumisión al hombre blanco.
A 12 años del levantamiento, muy pocas cosas han cambiado para esa gente caída del mundo. “Los que viven del campo están igual o peor. Los de la ciudad sobreviven mejor gracias al comercio entre ellos”, comenta a Clarín Concepción Avendaño, del diario La Foja, el decano periodístico de San Cristobal de Las Casas, el primer poblado tomado por la guerrilla. Para la sorpresa de muchos extranjeros, Avendaño revela que indígenas citadinos jóvenes se ven envueltos en episodios de contrabando de armas y drogas. “Hacia el 96 desapareció un policía y de él sólo encontraron un dedo”.
En vísperas de elecciones, todos los candidatos a la presidencia pasaron por la zona. Las promesas llueven pero los pobladores de esta ciudad fundada en 1528 afirman que, después, el olvido gana. Los políticos despotrican en silencio contra las críticas del huidizo Subcomandante Marcos, cuyas acciones se han devaluado en todo el país.
La prensa ha castigado con dureza al polémico guerrillero, cuyos mitines ya no congregan multitudes. “Con sus ataques a la democracia y a los comicios del 2 de julio le hace el juego a la derecha”, afirma un poblador de San Cristóbal. En enero, cuando Marcos dejó su caballo y apareció aquí en moto para lanzar su tour hacia el DF, denominado “La otra campaña”, el diario Reforma, uno de los principales del país, tituló: “¿Pidió pizzas? No, es Marcos”. El periódico Crónica, con más veneno, afirmó que busca a toda costa que lo comparen al Che, “de quien envidia hasta el asma”.
Pero el grueso de los reproches apunta a deplorar que un movimiento social de base hubiese derivado en un burdo “turismo revolucionario” con íconos del zapatismo transformados en remeras, gorros y lapiceras. Es un negocio que atrae a miles de europeos y norteamericanos, ávidos de oler lo que es el hambre para tomarle una foto.
“El levantamiento mejoró la autoestima de los indígenas, con sus municipios autogobernados que funcionan bien. Pero no logró modificar las estructuras económicas que causan esta pobreza”, dijo a este enviado Miguel Picard, del Centro de Investigaciones Económicas y Políticas, en San Cristóbal.
“Chiapas aporta mucho al flujo emigratorio a EE.UU.”, dice.
Con sus 3,5 millones de habitantes, de los cuales casi un millón son indígenas, Chiapas es uno de los estados más pobres de México, aunque —paradójicamente— atesora las mayores riquezas naturales: es la región de mayor poder hidroeléctrico, tiene un centenar de pozos petroleros y es el reservorio de agua natural, un bien escaso en el país. Durante décadas fue escenario de enormes actos de corrupción, como cuando en los 90 un gobernador vendió sus terrenos al fisco para construir allí un aeropuerto nunca usado porque siempre estaba cubierto de niebla. O cuando se gastaron US$ 11 millones en el Teatro Municipal de San Cristóbal, una sala de nivel mundial, con fosa para 100 músicos, mientras en los terrenos de al lado había miles de indígenas sin techo.
Aunque no es todo, esos ingredientes alumbran algunas causas del atraso chiapaneco. Hoy mismo hay quienes sospechan de la erección de un puente en la ruta entre San Cristóbal y la capital, Tutxla. De 200 metros de largo y a un costo de US$ 70 millones, la obra se derrumbó a horas de la inauguración. “Dijeron que fue por un temblor de 4 grados que nadie sintió”, dice Avendaño, entornando los párpados.
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