"A KIRCHNER NO LE IMPORTA LA SEGURIDAD"
Norberto Quantín sabe que le quedan unas pocas horas para hablar: las que van desde su precipitada salida de la Secretaría de Seguridad Interior hasta su regreso a la fiscalía de Cámara, que había dejado para formar parte del Gobierno. Sólo tiene ese tiempo exiguo para hacer pública su bronca y su desilusión, para hablar, como cree que debe hacerlo, de Néstor Kirchner.
“Al Presidente nunca le importó la seguridad. Actuó de manera espasmódica en la materia y me echó por algo que él mismo había asumido como su responsabilidad: los métodos de control de las protestas sociales”, dijo ayer en una entrevista con LA NACION.
Al igual que quien fue su jefe hasta anteayer, Gustavo Beliz, denunció que la SIDE tiene fuerte influencia sobre el Gobierno. Por ejemplo, afirmó que el organismo de inteligencia recomendó a Kirchner qué comisarios de la Policía Federal echar antes de concretar la última purga, en mayo.
También se quejó por el trato que recibió del Presidente. “Es vergonzoso que a uno lo echen por señales de humo, por los diarios”, criticó. Y cree que su salida respondió a una cuestión ideológica y a que Kirchner, “por orgullo, no quiso confesar que se equivocó con su política sobre las protestas sociales”.
-¿Había una orden presidencial sobre cómo actuar en esa materia? ¿O hubo cambio de orden?
-Las órdenes nunca cambiaron: siempre fueron no hacer nada. Esa era una política propia del Presidente y no de la Secretaría de Seguridad. El tema dependía de Parrilli [Oscar, secretario general de la Presidencia] y él era el transmisor de la palabra del Presidente. Todo se arreglaba dentro de la Casa Rosada sin que contara mi opinión.
Sobre esta cuestión, mi opinión es la de un fiscal: la ley debe ser aplicada para todos, sin privilegios de derecha o de izquierda; no puede haber una para piqueteros amigos que toman y destrozan una comisaría y otra para piqueteros contrarios o para militares que violaron los derechos humanos.
-¿Nunca hubo órdenes claras?
-No se quería dar órdenes claras. Una vez, cuando un grupo amenazaba con ingresar por la fuerza en la Casa de Gobierno, preguntamos: “¿Qué hacemos si quieren tomar la Casa Rosada? La respuesta fue: “Evítenlo, pero sin violencia”.
-Se dijo que hubo reuniones previas en las que se habló de poner más policías aquel viernes en la Legislatura porteña…
-Es falso que yo haya participado de una reunión con el Presidente. Hubo una versión que salió de la Casa Rosada sobre un encuentro que duró horas. Entonces advertí que se preparaba mi salida. Cuando pasó lo de los casetes de la AMIA me dije: “Voy a ser el próximo Abraham Kaul”. Así como a él lo acusaron de haber oído “casetes” cuando lo que le habían dicho era “recibos”, iban a decir que mientras me decían “poné policías” yo escuchaba “no hagás nada, nada”.
-¿Por qué querrían forzar semejante controversia?
-Por orgullo, Kirchner no quiere confesar que se equivocó con su política en materia de protesta social. No quiere romper con sus amigos setentistas, y como por este tema las encuestas le dan en picada, yo fui el fusible. Si tratáramos entre caballeros, hubiera recibido de él un agradecimiento por los servicios prestados, un apretón de manos y el pedido de renuncia. Pero es vergonzoso que a uno lo echen por medio de señales de humo, por los diarios.
-¿No tenía contacto con él?
-Con Kirchner tuve sólo dos reuniones de trabajo en 14 meses, lo que demuestra la importancia que le daba a la seguridad. Ayer Alberto Fernández reconoció que la política contra el delito que nosotros pusimos en práctica fue exitosa. Lo prueban las cifras oficiales, las compañías aseguradoras y las cámaras empresariales. Pero me expulsaron por la política en materia de protesta social, que es exclusiva del Presidente, y en la que el trabajo de campo en cuanto a inteligencia, a qué puede pasar, sólo puede hacerlo la SIDE.
-¿Al Gobierno no le interesó evitar lo que pasó?
-Kirchner tuvo hasta ahora una política espasmódica en temas de seguridad en general, como si no le interesaran. Ejemplos sobran: nosotros completamos un paquete de proyectos que componían un plan estratégico de seguridad en noviembre pasado. El Presidente nunca nos atendía para recibir esos proyectos, que necesitaban su firma para avanzar. Cuando al fin nos dio una audiencia, nos hicieron esperar una hora y media. Y ahí quedó la cosa hasta que apareció Juan Carlos Blumberg y les vino la urgencia por presentar un plan. Aquellos proyectos de noviembre se convirtieron, en abril, en el plan trienal del Gobierno. Cuando Blumberg dejó de presionar, se volvieron morosos otra vez.
-¿Eso pasó también con el problema de las protestas sociales?
-Sí. De hecho, nosotros elaboramos en septiembre un protocolo de actuación policial para estos casos, acordado con las fuerzas de seguridad, las organizaciones no gubernamentales y la Secretaría de Derechos Humanos, basado en el protocolo que se usa en Holanda. Ese método nunca fue aprobado por Kirchner. Tras la toma de la comisaría 24a. y lo de la Legislatura desde la Casa Rosada nos empezaron a preguntar por “ese protocolo”.
-¿Qué pasó en la Legislatura?
-Ese viernes ya teníamos un informe de la SIDE sobre posibles incidentes, aunque sin precisiones. Una semana antes se habían producido incidentes rayanos con el ridículo en la audiencia pública por el Código Contravencional, pero sin heridos ni destrozos, y se pensó que se podía repetir eso. Pero todo se agravó cuando la Legislatura decidió cerrar las puertas. No hubo aviso previo de lo que podía ocurrir.
Fui a la Casa Rosada. Estuve cinco horas en el despacho de Alberto Fernández. Cuando insinué usar el carro hidrante pareció como si hubiese propuesto ametrallar la Plaza de Tiananmen. La policía sólo disparó dos cartuchos de gas para poder rescatar a un comisario al que habían apaleado los manifestantes. Hace tres años, hubieran reaccionado a los tiros. En 14 meses tuvimos tres protestas por día; nunca hubo heridos, salvo policías, y las órdenes se cumplieron al pie de la letra y sin costos humanos.
-Si no es por esto, ¿cuánto pesó en su salida la cuestión ideológica?
-Al Presidente le llevaron el dato de que yo quiero la represión indiscriminada y que, por eso, paralicé a las fuerzas de seguridad. Es absurdo. Creo que desde el principio de mi gestión cierta prensa repicó con malicia sobre dictámenes que firmé durante la década del setenta. Nunca se los oculté a Kirchner. Tampoco les pregunté a mis colaboradores por quién votaron. Hablábamos de cómo luchar contra el delito, no de derechas o de izquierdas.
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