A la isla
La birome, el dulce de leche, el colectivo y, como dice la Bersuit, las minas más lindas del mundo. La argentinidad al palo. Y agreguemos otro detalle que nos hace único: somos el único país del mundo en el que, para pasar de una parte a otra de nuestro propio territorio, tenemos que pasar por un país vecino. Así es para llegar a Tierra del Fuego, donde no sólo el Estrecho de Magallanes se interpone, sino que también Chile.
Es así. Hay solamente dos balsas que cruzan autos, camiones y gentes de un lado a otro del canal que une los dos océanos. Y las dos están en territorio chileno, administradas por capitales también chilenos. Una posibilidad es cruzar el Estrecho por la parte más ancha, desde Punta Arena hacia Porvenir, la localidad chilena más grande de Tierra del Fuego. Pero el clima ha sacudido demasiado las aguas y el trasbordador hoy no va a salir.
La otra es desandar una buena parte del camino, hacia Punta Delgada, para pasar por la parte más angosta, en apenas media hora. Hacia allí vamos. La aridez de esta zona se ha tomado vacaciones y llueve torrencialmente. Dos horas después estamos en la cola de camiones y buses que esperan cruzar el Estrecho de Magallanes para retomar, ya en Tierra del Fuego, la ruta 3. Claro que antes habrá 120 km. de ripio.
Ya viene la balsa. Va abarrotada de camiones transportistas y –cuando no- colectivos con turistas españoles. Custodiada por amigables toninas y con la complicidad de un cielo que comienza a abrirse en un periquete llega del otro lado. A medida que los vehículos descienden la barcaza queda más alta y uno deja ya de pensar en los 450 naufragios que se cuentan en el Estrecho de Magallanes.
El buen tiempo no demorará demasiado en dejar su lugar otra vez a nubarrones densos. Contrariando las estadísticas vuelve a llover en forma. El camino, casi siempre muy duro, se mantiene firme a pesar del agua. Las gotas dibujan formas entre las piedras que levantan los camiones. Algunas van a parar irremediablemente al auto de un cronista de rutas pero, felizmente, el cristal apenas acusa una astillada.
Algunos guanacos y unos pocos choiques desafían al mal tiempo y se cruzan por la ruta. Cada tanto hay cadáveres de estos animales que, desprevenidos, han ido a parar bajo las ruedas de conductores que pocas veces respetan las normas de tránsito. El ripio solo te hace pensar en llegar cuanto antes. Y si a eso se le agrega la lluvia, hay que dominar los nervios para no cometer imprudencias. Cuando todo ya se parece a una gran ciénaga, se ven los galpones de la Aduana.
Aduana chilena para salir de Chile. Aduana argentina para ingresar a nuestro país. Todo para ir de Argentina hacia Argentina, como si se tratara de una broma. En menos de 200 kilómetros dos veces el trámite. Y ahora sí, una bendición llamada asfalto. 80 kilómetros después nos encontraremos con Río Grande. A la hora de la crónica y del balance de la jornada, apenas habrá tiempo para recordar que hacer 400 kilómetros nos acaba de demandar un día entero. Un extenuante día entero que no tiene más para contar.
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