A LOS “PIESES” DE LA MARSHALL
Era en su mirada donde la intensidad de Niní Marshall se proyectaba, sin precedentes, como la de un hábil hipnotizador enamorado de la alegre víctima. También sus andanzas nos revelaban esa aura fresca y ondulante, siempre veloz, que nos dejaba en vilo ya sea desde la pantalla, la tele y, por supuesto, la radio. Desde allí, su voz camaleónica inconfundible se incrustaba en el alma. Su primer seudónimo, Yvonne D”Arcy, le permitía debutar con la irónica chapa de “gran cantante internacional” en el programa “La voz del aire”, junto a Juan Carlos Thorry.
Eran los tiempos en que las pilas se recargaban al sol. Pero la radio galena todavía no anunciaba el definitivo nombre de la futura estrella. Este nació en 1937, de un modo tan singular que define el mecanismo casi surrealista que utilizaría en el futuro. Luego de su boda con Marcelo Salcedo, a Niní se le ocurrió unir las tres primeras letras del nombre de su esposo. Así el Mar se mezcló con su propia Sal pero agregando un puente sonoro previsto con esa hache intermedia que en esta ocasión ya no seguiría tan muda como de costumbre porque había adquirido, excepcionalmente, la categoría de timbre fonético inesperado. Con ese nombre “artrítico”, al decir de sus personajes, que el tiempo transmutó en una especie de nuevo adjetivo: decir de algo que es “maryalesco” hoy nos transmite de inmediato la noción de un estilo inconfundible, inventado desde su repertorio, en el que las figuras o roles son impulsados por la chispeante parodia de un nuevo humor, insólito y altamente poético, incluso en lo descabellado.
Si la alegría es un músculo, Ella desarrolló “bises” y bíceps en el espíritu de tantos que nunca olvidarán, por ejemplo, cuando, brazos en jarra, con esa mezcla de elegancia y cocoliche, Catita desgranaba comentarios tipo: “la coltura es una gran cosa, m”hijo”. La misma ingenua que creía ciegamente en un tal Chopin, inventor del chupín y “el guiso de rechupete con mariscos”. Capaz de hasta jurar que el genial compositor tenía como verdadero oficio ser “fabricante de valses de todos los talles”. Valga también recordar a la adorable Cándida, preocupadísima porque su relojero se moriría si no le daban cuerda.
Previsora, para disipar dudas sobre sus procesiones por los laberintos de la memoria, ella nos legó, acicateada por su amigo y representante Lino Patalano, la invalorable Autobiografía donde emerge, con astucia de autora consumada y en una sesión de magia interminable, tan verosímil y viva como siempre, quizás de un modo inconciente desdiciendo aquella frase-consigna en uno de sus libretos radiales: “Déjenos contarle algo, déale. Si no va a parecer una mujer demasiado misteriosa, de esas que salen al cine y después les agarra la mamesia al cerebro”. Y si era necesaria mucha “propicacia” para hacerlo, sospecho que sólo quiso recompensarnos con estas páginas a modo de despedida.
Ella que, sin recurrir al obvio y perimido lenguaje “morcillesco”, tantas veces repetido por otros humoristas, en su obra logró expresarse a través de una deformidad contundente. Iluminando sus múltiples máscaras, tuvo la casi imposible capacidad de anclar en la memoria colectiva de un pueblo al que debió abandonar en un autoexilio forzado por el crimen perfecto de hacerlo divertir. Acusada oficialmente de “tergiversar el correcto idioma, influyendo al pueblo que no tiene capacidad de discernir”, partió con la valija repleta de cuadernos y el recuerdo de su adorado Tití, el mono amigo idolatrado que dejaba dormir en la misma cuna de las muñecas y al que de tanto besuquear acabó por imitarlo, según confesó en muchas ocasiones.
La aventura continuó en México. Las giras comenzaron a sucederse incluyendo España y Cuba. Así nacieron nuevos personajes como Mis Bárbara Mac Adam, oriunda de Miami. También Lupe, probablemente mestiza, dibujada en una servilleta bajo el sol de La Habana, jamás difundidas en Argentina. Aunque a veces se las podía rastrear en una emisora uruguaya con una antena recién importada.
En el año 1955, cuando los censores fueron justamente derrocados, Ella pudo regresar junto a Carmelo Santiago, su nuevo marido, feliz de reencontrar a Angela. Aunque Victoria Ocampo, con su revista Sur, y el propio Borges la defenestraban, sus personajes volvieron a alimentarse de los spots, pantallas y micrófonos aletargados por su ausencia. Siendo recibidos con aplausos y tal vez repasadores utilizados como pañuelos para secar el llanto de esas lágrimas que arranca la alegría. Niní irradiaba felicidad, entreteniendo de nuevo a sus incondicionales seguidores.
Retomando su ágil ritmo, desde aquellos “alfilerazos” con que otrora firmaba sus iniciales colaboraciones, siguió una especie de desopilante acupuntura, para pellizcar mejillas desde donde hacer surgir el mágico y ansiado chorro de una sonrisa. De nuevo volvía a hechizar a un pueblo que ahora la idolatraba casi por necesidad. La gran Niní fue precursora indiscutida de un humor capaz de manipular con ternura insolente las conciencias devotas o desesperadas y, como típica geminiana a la enésima potencia, depositó en ellos su galería de dobles. Una proeza iniciada desde su rol de mucama de chalet en lo de Pipita a la imbancable pero deliciosa Señora Bedoya Hueyo de Picos Pardos Sunsué Crostón, que dividía su mundo sólo en “regio” u “opio”. Un rol al que alguna vez calificó como “La venganza de las Catitas”.
Sin ánimo de comparaciones, una continuación dislocada de esa fórmula donde se comparte el hecho autoral con la labor de escena, sólo volvió a encontrarse en los destellos de contadísimas figuras como Haydeé Padilla, con su popularísima Chona; en el inolvidable trío formado por Batato Barea, Alejandro Urdapilleta y Humberto Tortonese, que también arrasaban escribiendo sus propios personajes. El mismo chispazo emerge de las “fabulosas e indepilables Gambas al Ajillo”, las otras grandes divas bufas del Teatro Parakultural. Como también Divina Gloria, inventando “playbacks” por las mil discos porteñas, incluida Cemento, y alguien a quien Niní habrá seguramente visitado en sueños para imbuirla de su ósmosis genial en la ciudad de Rosario. La impresionante actriz Andrea Fiorino, por causa de derechos autorales y otras cuestiones legales, ya no pudo continuar representándola.
Al cumplir noventa años, recibió el programa del Teatro Montparnasse de París donde se representó Mortadela, una pieza con textos suyos interpretados por Marilú Marini. Enseguida comenzaron los halagos y reconocimientos. Niní Marshall, Nuestra Patrona del Más Alto Humor, comentó con la fuerza iluminada de una epifanía: “Mi vida como artista no es más que la de una señora de su casa que logró, simplemente, hacerse la graciosa”. A sus pieses, Señora, desde siempre, una amiga más.
El actor y poeta F. Noy ha escrito El poder de nombrar y Dentellada, y la biografía Te lo juro por Batato, sobre Batato Barea, divo del underground porteño. En la actualidad trabaja en la obra La prudencia, de Claudio Gotbeter, en la sala Tuñón.
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