“A mí lo único que me interesa es la música”
– Raúl, me gustaría que me cuentes sobre tu infancia. Leí en tus biografías que naciste en Almagro pero te criaste en Mar del plata. ¿Cómo era tu casa?
-En realidad nací en una clínica que queda en Almagro pero mis padres vivían en Balvanera, en Pichincha y Chile. En aquel barrio porteño viví hasta los cinco años. Mi papá era contador, empleado del Banco Nación y luego lo transfirieron a Mar del plata. O sea que desde los cinco años hasta los dieciocho estuve en Mar del Plata.
-De Balbanera tenés pocos recuerdos ¿No?
-No creas. Tengo recuerdos de Balvanera, de Constitución y San Telmo. También del Parque Lezama, donde yo iba de niño con mis abuelos.
-¿Tenías antecedentes musicales en la familia?
-Sí, mi abuelo y mi bisabuela. Pero no eran profesionales, solo tocaban la guitarra.
-¿Y te prestaban la viola?
-No, nadie. Mi papá me regaló una guitarra a los 14 años. Antes, mi abuela materna me había traído un bombo de Santiago del Estero porque me gustaba la percusión. Con respecto al aprendizaje del instrumento fui autodidacta. Lo único que me enseñaron fue a afinar la guitarra.
-Así que te las arreglaste sólo.
-Sí, porque era un niño muy solitario. Yo soy único hijo y estaba acostumbrado a estar solo. Entonces tenía mi mundo particular. En ese mundo estaba la guitarra y yo.
-¿Cuáles fueron tus influencias musicales?
-Yo arranqué a los 15 años con los Beatles. Pero antes de esa época, la Argentina era otro país. No había televisión. Uno prendía la radio y escuchaba música criolla. Me acuerdo que íbamos con mi papá y mi mamá a comer a algún restaurante y en los comedores tocaban “Las hermanas Verón”, “Los Hermanos Ábalos”, “Los Hermanos Adrover”. También había mucho tango. Después del golpe del ‘55, empezaron a entrar otras músicas. Y cuando entró esa cultura foránea nos prendimos todos al Rock and roll.
– Es cierto que en Mar del plata te gustaba juntarte con los peones de campo y ahí te enamoraste de la milonga campera.
-Yo vivía en Mar del Plata y sufría todos los veranos a los turistas. Para un turista es maravilloso llegar a estas ciudades pero para la gente que vive, salvo los comerciantes, es terrorífico. Entonces, yo aprovechaba que tenía el colegio terminado y me iba a un campo que estaba a diecisiete kilómetros. Era un lugar hermoso porque tenía la playa sin turistas. Son campos más ganaderos que agrícolas por lo tanto había muchos peones que vivían del mensual. Son esos trabajadores que se levantan a las seis de la mañana y vuelven a las once del mediodía del campo y se juntan en la matera. También lo hacen por la tarde, donde se reúnen a tomar mate con caña, se charla y se toca la guitarra. Con los paisanos en las materas aprendí a tocar.
– Recorriendo tu trayectoria uno se encuentra con un dato muy importante. En 1972 participaste junto al gran pianista Adolfo Abalos en un espectáculo que juntó al Mono Villegas y Horacio Salgán. Me encantaría que me cuentes como llegaste a ser parte de ese recital y que recuerdos tenés de ese encuentro crucial de la música argentina.
-¿Querés que te diga la verdad? La productora que organizó estos recitales perdió muchísimo dinero. Fue una aventura quijotesca. Se juntaron esos monstruos que eran Adolfo Abalos, el Mono Villegas y Horacio Salgán y se hizo un espectáculo que se tituló: “El piano en sus tres dimensiones”. Ellos eran amigos entre sí. A mí me llamó Adolfo Abalos para que yo lo acompañara con mi guitarra porque el venía de separarse de “Los Hermanos Abalos” y nos habíamos conocido en Mar del Plata.
-Me imagino la emoción que sentiste.
-Y claro, imaginate que yo tenía solo 23 años y de golpe estar con esa gente. Fueron muchas noches, hasta hicimos giras. La verdad que nos divertimos mucho. Era un espectáculo integral. En un recital de dos horas tocábamos 40 minutos cada grupo. Salgán estaba con De Lio, El Mono Villegas tocaba junto a Ubaldito López y el Negro González, y yo era el guitarrista de Adolfo Abalos.
-¿Los pianos no se cruzaban nunca en el recital?
– No, creo que no. Lo que pasa es que tanto Adolfo, como Enrique, como Horacio, los tres podían tocar tango, jazz y música criolla. Eran músicos. No eran folkloristas, ni tangueros ni jazzeros (Risas).
– En el año 1983, Mercedes Sosa grabó en su disco dos canciones tuyas: “Salamanqueando pa mí” y “Grito Santiagueño”. Me imagino que cuando te grabó la negra Sosa fue el cielo con las manos.
-Aquella grabación ayudó mucho. Yo no existía. Es como si vos estás debajo del agua y alguien te agarra de los pelos y te saca la cabeza afuera. Es como el tema de los “Les Luthier” que dice: ¡Nos descubrieron! ¡Nos descubrieron! ¡Al fin nos descubrieron!… En ese disco nos invitó a grabar a Suna Rocha y a mí. La verdad que nos sirvió mucho porque después pudimos grabar en el mismo sello que ella.
-¿Y cómo te fue en tus primeros discos solistas?
-Trabajé mucho, pero gracias a ese laburo aprendí a hacer discos. Yo era el che pibe, el arreglador, el productor, el todo. Esa experiencia te hace que de golpe aprendas, con la experiencia de los tontos, que es la propia. Ya para el otro disco o para firmar el otro contrato sabes un montón de cosas.
– ¿Pasó algo con tu primer contrato?
– Sí, lo lógico, firme un contrato injusto. Como le puede pasar a cualquier artista que firma un contrato con una multinacional. Te afeitan, te peinan. Yo recuerdo que antes de firmar el director artístico me dijo: “¿Te das cuenta que estás por firmar un contrato leonino?”. Le respondí que sí, que no me quedaba otra posibilidad. Pero les puse una condición: yo grababa lo que quería, lo que a mí se me antojara y nadie opinaba nada. Y no les importó nada.
-Hace algunos años te fuiste a Estados Unidos. ¿Qué pasó? ¿Por qué tomaste esa decisión? ¿Cómo te fue?
-Había perdido las ganas de tocar. Me fui a Estados Unidos como me podría haber ido a Hong Kong. Pasó que justo en Norteamérica tenía una amiga. Allí trabajé para los sellos, algo que nunca había hecho en mi carrera musical. Ni bien llegué hice todo mi historial artístico y lo dejé en la oficina de la discográfica “Miles Copland”, que era del hermano del baterista de The Police, personaje que también era el manager de Sting. Y a los seis meses me ofrecieron un trabajo. Este laburo consistía en una producción para ingresar al mercado de Estados Unidos a Ryuchi Sakamoto, que es un japonés re groso, que aparte de ser un gran pianista y compositor es actor. Hizo la música y uno de los personajes fundamentales de “El último emperador” de Bertollucci. La verdad que mi primer trabajo fue el más importante en calidad artística después los otros fueron para el olvido. Fue una experiencia muy interesante.
Los que conocen el circuito de los músicos populares argentinos cuentan que fuiste el artífice de juntar a dos jóvenes talentosos del nuevo folkore como son: Juan Quintero y Luna Monti, que se convirtieron en pareja artística. ¿Te gusta cumplir el papel de padrino artístico y ayudar a que jóvenes con talento ocupen un lugar en nuestra música?
Desde mi poco poder, intento ayudar. Si yo fuera alguien con mucha popularidad podría hacer mucho más para colocarlos en algún lugar de referencia. Yo lo único que tengo es mi prestigio (Risas). No tengo más que prestigio, que no es mucho. A mí lo único que me interesa es la música y el futuro de la música. Y ellos son los que van a quedar en la historia, no los que venden un millón de discos. Los que quedan en la historia son los que hacen aportes novedosos a la cultura de un pueblo. Los que a mí me interesan del nuevo folklore son Luna Monti, Juan Quintero, Franco Luciani, Martín Sosa, tipos talentosos, que tuvieron el karma de que su objetivo sea la música y no ser ricos y famosos. Como decía Castaneda: “Los caminos son infinitos, pero solamente hay uno con corazón”. Uno como artista o como hombre todos los días se levanta y elige la vida. Pero se elige todos los días, cada vez que te levantas a la mañana, todo lo que haces tiene que ver con el camino que elegiste.
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