A pesar del castigo
Los primeros adelantados están apurando los preparativos en las puertas del Hospital de Niños Eva Perón, de San Fernando del Valle de Catamarca. Los rumores dicen que en un ratito, los pibes que ayer salieron del barrio Trulalá, de San Miguel de Tucumán, para dar vida a la Tercera Marcha de los Chicos del Pueblo, ya está por llegar.
En la víspera, más de 300 chicos iniciaron un derrotero de más de 4 mil kilómetros, por ocho provincias, bajo la consigna LA POBREZA ES UN CRIMEN. Salieron desde el barrio donde vive Bárbara, aquella tucumanita que en el 2001 nos hizo lagrimear a todos llorando su hambre ante las cámaras de TV.
Pero como en el país que produce alimentos para varias veces más que su población, más de 100 Barbaritas se mueren de hambre o desnutrición todos los días, es menester pedir a los gritos. El Movimiento Nacional de los Chicos del Pueblo, que coordina Alberto Morlachetti salió a pedir que Bárbara no llore nunca más por no tener que comer.
Aquí, los catamarqueños se han agrupado en “Catamarcha”, para recibir a los visitantes, pibes de ojitos tristes y años que valen por tres, a los dirigentes que no se olvidan de esos pibes y a los que todos los días les dan amor para seguir viviendo, como los santafesinos Luciano Candioti y Gabriela Almirón, de la Asociación Civil Juanito Laguna, que participan del contingente.
En la puerta del Hospital hay un trencito que encabezará la marcha que en un rato recorrerá simbólicos lugares de San Fernando del Valle. La escuela pública, el colegio donde asistió María Soledad Morales, la Legislatura donde aprobar un aumento de mil pesos para los legisladores de una tierra que respira pobreza y la plaza central, frente a la casa de gobierno.
Los pibes del pueblo, nuestros pibes, ya están aquí y comienzan a marchar. El acto y la calle les pertenecen. Una radio transmite en vivo las voces que quieren pedir por los derechos suprimidos. Desde los balcones de una ciudad varias veces silenciada por miedo, saludan levemente los vecinos y los chiquitos de las escuelas gritan ¡Argentina!
Morlachetti dice que “en nuestro país no faltan alimentos, ni platos, ni madres, ni médicos, ni maestros; faltan, en cambio, la voluntad política, la imaginación institucional, la comprensión cultural y las ganas de construir una sociedad de semejantes que asegure a cada niño las oportunidades vitales para su desarrollo”.
Puede decirlo porque lleva 30 años trabajando con pibes con problemática social en el Gran Buenos Aires. Y se puede ver y sentir a cada paso de la marcha. Keka Koffmann, de Madres de Plaza de Mayo de Santa Fe, camina con su pañuelo de dignidad y su paso joven de 80 inclaudicables años.
Pasa Víctor De Genaro confundido en la multitud. Las banderas se suceden. De la CTA, de ATE, de los maestros, de organizaciones no gubernamentales, de movimientos artísticos y culturales de la zona. Catamarca, como cuando pidió por María Soledad, se siente otra vez viva al impulso de la Marcha.
Ya en la Plaza, los pibes hablan y piden por lo que jamás tendrían que pedir: derecho a comer, a crecer, a educarse, a vivir. Están cansados de andar pero recién comienzan y quieren y van a llegar a Buenos Aires para “unir esos pedacitos de sueños”, para encontrase “con la alegría de saber que se puede construir un país para todos”.
Que se gasten todos los zapatos y todos los gritos para que no sólo sea una consigna.
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