A sus plantas rendido
Maravilla el paisaje de caminos y arroyos corcoveantes, mientras asustan las cruces de automovilistas que se pasaron de velocidad. Gobierna el verde oscuro en las montañas que, de tan verticales, se posan sobre los techos de los autos, en tanto que las piedras altas amenazan con desmoronarse y las del suelo, milenarias, desafían al tiempo.
Es la ruta hacia Tafí del Valle, un recorrido hacia uno de los sitios más hermosos del país. Para disfrutar ni siquiera hay que tener predisposición y para manejar, nomás un poco de paciencia. Después del trajín, la naturaleza sabrá cómo premiar al viajero. Al cabo de 53 kilómetros de ascenso, el valle empezará a hacer honor a su nombre.
“Pueblo de entrada espléndida” quiere decir. Y debe ser que los diaguitas no eran exagerados. Para nada, porque Tafí irrumpe tras la última escalada y –por los ojos- se mete por todo el cuerpo. Para el avistaje ayuda el día diáfano y la noche fría invitará a probar los productos regionales, que es menester degustar.
A dos mil metros sobre el nivel de mar se elabora queso, chorizo de chancho o dulce de cayote. Pero nada sería tan sobroso si no lo acompañáramos de algún vino patero. En eso andamos, sólo que no hay que abusar, porque después hay que seguir subiendo hasta El Infiernillo, la zona más alta del valle, desde donde se tocan las nubes con las manos y se ve lo que uno cree que no es posible que exista.
Tafí del Valle tiene menos de cinco mil habitantes y más de un motivo para visitarlo. Todavía sobrevive a la “cultura turística” de que hay que aprovechar la temporada para despojar de todo cuanto sea posible a los visitantes. Además, es bien cuidadoso de sus tradiciones y de su ritmo campechano. Aquel que no sepa mitigar la pena con unas buenas coplas, puede venir a pasar unos días a Tafí del Valle. O las aprende o se cura con el aire de la montaña de un lugar de ensueño.
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