A TODO LIBRO: TRES CUADRAS DE COLA PARA ENTRAR A LA FERIA
Primer fin de semana a todo trapo para la edición 31 de la Feria Internacional del Libro. El sábado, antes de la hora de ingreso, la cola que hacía el público —mucha familia, bastante turismo— llegaba hasta más allá de Plaza Italia, casi 300 metros.
Ayer la escena se repitió con un agregado: la presencia en la calle frente al Zoo de micros alquilados especialmente por gente de las provincias que vino para ver los libros que no llegan y comprar a mejores precios que en sus pagos.
El por qué de semejante furor, de esas ganas de pasar un domingo de amor de primavera en pasillos atestados, recibiendo pisotones, es trabajo para encuestadores y sociólogos. Acá, pistas.
Entre los miles que pisaban ayer la Feria —la Fundación El Libro no dio cifras— estaban tres mujeres para quienes fue la primera vez. Susana Soto, Vanesa Cirasa y Susana Candia viajaron en colectivo desde Catriel, provincia de Río Negro, nada más que para conocer la Feria.
Con sus ojeras a cuestas, sin dormir, estas estudiantes del profesorado de Lenguas de la sede Catriel de la Universidad Nacional del Comahue estaban felices. “Todo nos parece fenomenal —dijo Soto—, todo nos entusiasma, todo nos sirve”. Sólo lamentaban no tener más plata para comprar esos libros de literatura latinoamericana y española que están estudiando. Vinieron con los pesos contados. “Allá es difícil conseguir ciertos libros, los tenemos que encargar a Neuquén y nos salen caros. Acá compré El Quijote, los dos tomos, a 10 pesos. Los precios son fenomenales”, siguió Vanesa.
Está probado que el autor funciona como atracción. El sábado Roberto Pettinato metió mil personas en la sala José Hernández. Ese día, Ediciones B vendió 400 ejemplares de su obra “Entre la nada y la eternidad”. También llenó la sala Horacio Verbitsky con la presentación de El silencio. Y Antonio Dal Masetto, al firmar ayer en el stand de Sudamericana, sintió en carne propia lo que es la veneración del autor. Silvina Allegretti, docente en la Universidad Nacional de La Plata, se le acercó con ocho de sus libros, uno con contradedicatoria, de ella para él. “Dejé hijos, ex maridos, todo para esto”, dijo Silvina. Fue el principal motivo de su visita.
Otra gran atracción es la variedad. Esa sensación de tener el mundo del libro en la palma de la mano. Como decían dos pibas ayer: “Me voy a lo de las Madres; te veo en un rato en Brasil”. Omar Barboza, del stand Ghandi, opinaba: “Alguien que es de Pilar, donde hay muy buenas librerías, no va a encontrar ahí todo lo que tiene acá”. Como ejemplo mostraba un stand en diagonal. Editorial Nuestra América. Es cierto: no se encuentra La guerra de guerrillas, por el Che o El golpe fascista en Venezuela, por Hugo Chávez, en la librería del barrio.
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