Abuso infantil… la epidemia
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La sociedad argentina explotó desde que la actriz Thelma Fardin hizo la denuncia penal -pública y publicada- contra el actor Juan Darthes, por el delito de violación, cuando ésta era menor.
Por Pablo Benito
La denuncia, acompañada por el colectivo de actrices que respaldaron a Thelma, cumplió su cometido. La forma, los tiempos y la estética elegida tenían como fin, precisamente, provocar lo que hoy está ocurriendo y su valoración, a pocos días del hecho, es difícil de dimensionar en sus proporciones y consecuencias. Abordar seria y útilmente la confesión social a la que asistimos puede ser difícil, pero es más que necesario.
Lo primero, para este objetivo, es abandonar los “me parece”, “yo creo” y la adjetivación hacia los victimarios, mucho menos “scannear” la moral a las víctimas denunciantes.
Enorme cantidad de denuncias que emergieron, por estos días, dan cuenta del drama y su dimensión. De la cantidad y la cualidad del daño sufrido por tantas personas que no entraban en guarismo alguno.

Ni pasado ni pisado
Escuchando y leyendo relatos se corre el riesgo de dejar estancado el debate social en “lo que pasó” y no en “lo que pasa”. Años o décadas después, o nunca, las víctimas de abusos se incendian por dentro con un sufrimiento que no pudieron denunciar, exteriorizar o develar. Aparece el miedo como explicación. Ese miedo explica a quien ha sufrido, pero no puede satisfacer a la sociedad. Que hoy, a partir de Thelma, algunas mujeres -muy pocos varones- hayan intentado mitigar su dolor relatando lo que les ocurrió, debe ser respetado sin peros, sin autorizaciones.
Ocurre que los relatos, juntos, indican que esto no es un fenómeno, una excepción o una disrupción del comportamiento humano. Se trata de una endemia por demás masiva y que tiene a la disparidad de fuerzas, que se producen -y reproducen- en las intimidades, como el factor determinante en la impunidad de los abusadores. El miedo a denunciar, por parte del abusado, en la Justicia, públicamente o en su entorno más cercano es la primer pista.
Hoy quienes tienen miedo, también, son los que han abusado. Eso es lo que ha logrado Thelma, pero sabemos que ese estado tiene fecha de vencimiento y deja de ser apta para el consumo mediático. Ese paso que dio la sociedad no volverá para atrás y tampoco fue el único paso. En los últimos años se viene avanzando, enormemente, en la construcción de herramientas para dar un marco de contención a las víctimas y hacer factible la denuncia. Con el parámetro del drama, ese avance es insignificante, teniendo en cuenta de dónde venimos la evolución es enorme.
Tratamos, aquí, los elementos que sí existen para promover la denuncia de casos de abusos, dar protección a la víctima, prevenir a partir de la educación sexual de padres e hijos y permitirnos soñar que el círculo vicioso, milenario, del abuso sexual infantil como regla del silencio, puede empezar a romperse y que abusar de niño, niña y adolescente no sea cosa tan fácil de perpetrar como de ocultar.
El niño como denunciante
Hasta hace una década un niño o niña abusado no podía ser ayudado a denunciar, tampoco tenía la seguridad de que había sido víctima de un delito. Fuimos educados para identificar nuestros límites, pero no el de los demás con respecto a nosotros. Eso comienza a cambiar, para eso debe servir la Educación Sexual Integral, los estudiantes menores deben comprender qué es lo que no se debe tolerar, entender la diferencia entre cariño, seducción y ultraje.
Además, hoy el niño es sujeto de derecho y su declaración, mediatizada por profesionales de la salud, tiene la contundencia de declaración testimonial. El sistema judicial no está del todo preparado para recibir esta demanda social, es cierto, pero cuenta con los elementos para hacerlo.
Los padres o adultos en general que tomamos conocimiento de una situación de abuso infantil, podemos -y debemos- recurrir al Estado quien deberá escuchar al niño y garantizarle las condiciones para que pueda declarar a través de lo que se conoce como “Cámara Gesell”.

Cámara Gesell
La importancia de la Gesell es que no ha sido creada, solamente, para que los chicos puedan develar lo sufrido, sino también para que ese relato no pueda ser destruido como prueba del abuso ni deje dudas en cuanto a su credibilidad. Si se quiere, también, es de gran seguridad para quienes pudieron ser víctimas de una falsa denuncia.
¿Por qué podemos asegurar esto? Porque la institución que promueve esta herramienta judicial es la propia UNICEF y la propia Justicia está obligada a seguir el “Manual de buenas prácticas” diseñada por la entidad.
Un menor que es acompañado a denunciar un abuso será escuchado, algo que no ocurría pocos años atrás, ni era una realidad cuando fueron ultrajados quienes hoy, con tanto dolor, exteriorizan lo sufrido tiempo atrás.
Esto debe funcionar para que un niño pueda denunciar rápidamente, para que los acompañemos en el duro proceso y garanticemos un final de Justicia y para que quien abusa sea reprimido como reparación al daño recibido pero además para que no pueda hacerlo nuevamente. Si este circuito funciona, el abuso que es relacionado más al ejercicio del poder que a los estrictamente sexual -por parte del victimario- comienza a ser más “parejo” y el abuso deja de serlo, porque la sociedad está empoderando al más débil y quitando poder al más fuerte. Es la única manera de equiparar la situación de vulnerabilidad, en este caso, de la infancia.
Abuso infantil en el deporte: confundir los límites
La UNICEF, creó una guía de ayuda para padres y niños para prevenir el abuso infantil en los ambientes de práctica del deporte. No es este entorno ni el más ni el menos apropaido para que se produzcan estos episodios, la gravedad radica más en el comienzo de la “mala educación” que pueden recibir los niños al ser privados de un derecho al movimiento, el juego y el esparcimiento, por el temor de los adultos a cierta exposición.
Dice la UNICEF “que los niños pueden sufrir muchas formas de abusos y violencia es de conocimiento general, pero que el deporte no escapa a esta realidad y que muchas veces viene de quien debería protegerles. El dolor y sometimiento del entrenamiento a veces puede llegar a confundir los límites”.
Según estimaciones, 1 de cada 5 niños sufre violencia sexual de cualquier tipo: tocamientos, acoso, exhibicionismo, chantaje, pornografía, prostitución… Y todo esto en un entorno dominado generalmente por hombres, relaciones de poder desequilibradas, contacto físico, casos silenciados. “Los deportistas están acostumbrados a esforzarse y a sufrir para conseguir resultados. Un niño en esa situación puede no tener la madurez suficiente para entender que soportar conductas sexuales por parte de su entrenador, otros compañeros o personas del entorno, no forma parte de la rutina normal de entrenamiento. Estas conductas impropias pueden llevar al niño a sentirse presionado, aislado e incluso manipulado psicológicamente”.
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