ACORRALADO Y SIN NINGÚN APOYO RENUNCIÓ EL PRESIDENTE DE BOLIVIA
El presidente de Bolivia Gonzalo Sánchez de Lozada sucumbió ayer a cuatro semanas de rebelión nacional y envió su renuncia al Congreso. Antes escapó en un helicóptero que lo llevó a Santa Cruz de la Sierra desde donde emprendió viaje al exterior con destino probable en EE.UU. Lo sucede el vicepresidente Carlos Mesa, un político independiente sin estructura partidaria que anunció anoche que dirigirá un gobierno de transición hasta la convocatoria a elecciones.
La carta de renuncia fue un escrito desafiante que acusó de “sediciosos” a los líderes de la rebelión y denunció que la crisis que lo obligó a dimitir “es un precedente funesto para la democracia boliviana y continental”. “Los peligros que se ciernen sobre la patria, siguen intactos”, afirmó. Hubo bulla, silbatinas y cruce de insultos en la sesión durante la lectura del documento.
Fue el final de casi 14 meses de un gobierno que profundizó la crisis social que despedaza desde hace años a Bolivia, donde el 20% más pobre, en su mayoría indígena, recibe 4% del producto nacional contra 55% que acumula el sector más rico. El desenlace de la crisis se produjo con el trasfondo de La Paz tomada por los manifestantes, sin víveres, combustible y gas, en un estado de virtual anarquía pero sin incidentes y con festejos.
El inicio del fin lo bordaron los dos socios de la coalición de gobierno que llevó a Lozada al poder en agosto de 2002, el líder de la derechista Nueva Fuerza Republicana, Manfred Villa Reyes, y el ex presidente Jaime Paz Zamora, del Movimiento de la Izquierda Revolucionaria. El primero le pidió su dimisión y el segundo lo llamó a la “reflexión” y lo dejaron sin apoyo parlamentario.
El paso al costado de esos dos dirigentes coincidió con las gestiones directas realizadas en La Paz por los enviados de Argentina y Brasil, el embajador Eduardo Sguiglia y el asesor del presidente Lula de Silva, Marco Aurelio García. (Ver El acuerdo…)
Todas las miradas se dirigían también a la embajada de EE.UU. El primer paso fue un encuentro entre el embajador David Greenlee y el vicepresidente Mesa, el jueves, que fue muy publicitado. Mesa se había distanciado de Sánchez de Lozada por la represión. Ese encuentro fue un golpe mortal al apoyo férreo que pretendía de Washington el mandatario.
Fuentes diplomáticas indicaron a Clarín que la embajada también sondeó al ex presidente Jorge Quiroga, quien hoy vive en EE.UU., como una figura de proyección presidencial para la segunda etapa, con vistas a los comicios anticipados. Quiroga ya reemplazó a Hugo Bánzer, enfermo de cáncer, en el último tramo de su mandato en 2001. Se trata de un político con aval del establishment y apoyo entre las clases media y alta, pero reducido o nulo en el sector popular que se alzó contra Sánchez de Lozada.
Mesa logró un primer respaldo del líder cocalero Evo Morales y el máximo representante de los indígenas aimaras, Felipe Quispe, los líderes de la oposición. Morales dijo que “respetará la sucesión constitucional”. Mesa debería gobernar hasta completar los tres años que restan del turno de Lozada, pero aseguró que su intención es encaminar el país a elecciones transparente anticipadas. El nuevo jefe de Estado anunció además que llamará a un referendo vinculante para que la gente decida sobre el polémico plan de exportar el gas, la principal riqueza del país y que fue detonante de la actual crisis.
Aislado, repudiado por la mayoría del país y apoyado solo por las multinacionales que operan en Bolivia, la cuenta final para Lozada comenzó en setiembre pasado, cuando los indígenas aimaras liderados por Quispe iniciaron un corte de rutas que aislaron a La Paz. El panorama se complicó el 20 de ese mes cuando policías y militares chocaron con los piqueteros en su intento por rescatar a turistas varados en la zona. Hubo entonces siete muertos. Desde ese momento, las marchas de protesta y las huelgas arreciaron en todo el oeste del país y acabaron por paralizar a la nación entera con el saldo total de más de 100 muertos.
Lozada había tenido una gestión menos polémica en su primer gobierno entre 1993 y 1997. Pero su regreso al poder en junio de 2002 lo descubrió como un duro fiscalista que emprendió un ajuste brutal para reducir el déficit fiscal de entre 7 y 8% del PBI.
En un país de altísima evasión impositiva, el camino elegido fue el recorte de los sueldos estatales lo que produjo, hace seis meses, una sangrienta sublevación que al cabo, anticipó su final político.
El detonante de la caída en picada del mandatario se originó cuando el gobierno difundió su idea de vender gas natural a EE.UU. y México. La oposición, especialmente Morales y Quispe, consideró que la eventual exportación lesionaba los intereses nacionales. Aunque cierto, el rechazo a la salida gasífera en verdad es un símbolo de la histórica oposición de las mayorías bolivianas al capital extranjero.
Lozada poco hizo por atender las necesidades sociales más urgentes. Bolivia es hoy el país más pobre de Sudamérica y sus índices socioeconómicos, en algunos sectores se asemejan a los peores del mundo. Es básicamente en estos indicadores, y en las políticas que los sustentaron, donde hay que rastrear las causas de la agonía del presidente.
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