ACTUAR PARA VIVIR
Frente al colegio nacional, en una casa ubicada en la calle Urquiza entre Salta y Mendoza, nació hace algo más de 60 años en nuestra ciudad Norman Briski, uno de los actores más extraordinarios que dio el teatro argentino. Sólo vivió en Santa Fe hasta los nueve años, pero algunos de los mejores recuerdos de su infancia ocurrieron por estos lugares.
Norman Briski rememora sus primeros años en Santa Fe, con ese brillo inconfundible que generan los ojos cuando la nostalgia se apropia de ellos: “Yo tuve una infancia muy linda en Santa Fe. Aquí aprendí todos los juegos de niños: a tomar mate, a mirar mi entorno, aquí lo vi actuar por primera vez a mi viejo, quien era un actor muy malo pero tenía mucho entusiasmo”.
Su estadía en Santa Fe fue bastante corta porque el negocio de su padre se fundió de una manera muy particular. Los Briski se ganaban la vida vendiendo frutas secas. Pero en los tiempos del peronismo, todas las fiestas del movimiento popular necesitaban frutas secas, entonces, su padre, un antiperonista acérrimo, estaba obligado a regalarlas y así, quebró. Por este motivo, su familia se trasladó a córdoba. Y en la capital de la provincia mediterránea, Norman vivió su adolescencia.
Como muchos jóvenes de aquellas épocas, Briski era un aventurero y en aquel tiempo tenía una moto con la que añoraba viajar por el interior del país. Una anécdota muy poco conocida de la vida de Norman Briski es la que lo relaciona con un tal Ernesto Guevara. Por muchos años se negó a contarla porque le parecía una ostentación. “Yo iba a viajar a Mendoza con mi moto porque me había enamorado epistolarmente de una mendocina. Por aquellos años nos juntábamos en el Monserrat, con los otros motoqueros, que éramos cuatro o cinco, siempre los mismos y entre ellos estaba Ernesto. Le comenté que iba para Mendoza; él me dijo que también iba para el sur, y quedamos en encontrarnos tal día a tal hora en el arco de salida de la ciudad. Lo espere un rato, no llegó y me fui sólo. Claro, de más esta decir que no tenía en la cabeza que ese tipo se iba a transformar en el Che Guevara”.
A los 20’ años, el espíritu inquieto de este muchacho lo llevó a los Estados Unidos. En el gran país del norte conoció a figuras ineludibles de la historia del arte. Un día, en una canal de televisión en Minneapolis, Minnesotta, se cruzó con Buster Keaton. Pero sin lugar a dudas la experiencia más increíble la vivió cuando asistió de colado a las clases que Lee Strasberg daba en el Actors Studio, academia en la que estudiaron figuras de la talla de Marlon Brando. “Strasberg se había dado cuenta de que estaba colado, y un vuelta me preguntó, que me parecían las clases, y yo le respondí que todas sus clases eran la misma, porque todas las escenas terminaban antes de hacer el amor, y nunca había una escena del después que son más tranquilas, y todos los asistentes se rieron mucho”.
Al regreso de los Estados Unidos, Norman Briski se fue a Buenos Aires y allí comenzó la historia que todos conocemos. Esa que cuenta que realizó obras de teatro muy exitosas como “La fiaca”, que luego llegaron a la pantalla grande y hoy son íconos de la historia del cine argentino. Esa historia que lo tiene como uno de los fundadores del grupo de teatro popular Octubre, organización político – cultural que en los años 70’ encontró en el teatro una herramienta de lucha que pretendía transformar la sociedad. Norman Briski, se remonta a los 70’, y relata aquella experiencia: “Fue un grupo precioso, que estuvo inspirado por nuestro pueblo, no había ningún gobierno que nos dijera lo que había que hacer, era el entusiasmo de la gente que nos inspiraba a acompañar sus sueños; con muchísima alegría, no era una cosa tensa, cejijunta, hasta el último momento en donde empezaron los peligros con Octubre hicimos un teatro jubiloso”.
Como a tantos hombres y mujeres argentinas, la triple A echó a Norman Briski del país. Y por la barbarie que se vivía en el país, el actor peregrinó en el exilio mientras duró la dictadura, haciendo teatro con aborígenes en Perú y convirtiéndose en protagonista de una de las recordadas películas de Carlos Saura, como fue “Mamá cumple 100 años”.
Hoy, Norman Briski tiene 67 años, es uno de los mitos vivos de la historia del teatro argentino y puede decir con orgullo que nunca abandonó el compromiso estético y mucho menos el político. Es un hombre que cuida con la destreza de un artesano cada obra de teatro que pone en escena, cada papel que la televisión o el cine le solicitan. Y fiel a su espíritu militante uno se lo puede encontrar en un galpón del gran Buenos Aires haciendo teatro con los obreros de una fábrica recuperada, luchando como lo hizo durante toda su vida por la dignidad del trabajo y del arte.
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