ADICCIONES: UN PROBLEMA QUE PREOCUPA A LAS ESCUELAS
No pocas veces detrás de una queja estudiantil, de formas diferentes de agresividad o rebeldía, puede haber indicios de un sujeto sufriente, que demanda ayuda.
“Un alumno me dijo que no tenía sueños. `Total, para qué’; que el sueño de él era fumarse de vez en cuando un `faso’. Y ahí me entero que ellos acceden a quienes venden y consumen marihuana. Y le dije: `un faso no, un cigarrillo’; y él me respondió: `no seño, un puchito… entonces me olvido de todo lo que pasa’. Ellos viven entre tiros, y con ese pucho se evaden de la realidad”.
El testimonio pertenece a la docente Mercedes José, de uno de los Grupos de Apoyo y Recuperación en proceso (GAR), creados en la Escuela N° 821 Raimundo Peña para contener a los chicos potencialmente desertores.
Más o menos a esta altura, las escuelas saben qué decirles a sus alumnos sobre el sida, qué consejos darles para prevenir embarazos no deseados ó cómo abordar el tema de sexualidad adolescente. Pero ¿y las drogas?, ¿Cómo tratar a un chico que consume alguna sustancia psicoactiva?, ¿Cómo ayudarlo?, ¿Qué decirle para que no se sienta atacado?
Las mismas preguntas que se hacen los padres con un hijo adicto, se plantean los docentes y directores al advertir el problema. Mirar para otro lado no es una opción para una institución comprometida como es la escuela.
El establecimiento de polimodal N° 263 Alfonso Grilli encendió una luz de alarma acerca del comportamiento social frente al grave y creciente problema de la droga. Es que sobre un total de 618 estudiantes, 110 reciben algún tipo de ayuda, seguimiento o tratamiento por adicciones.
Así lo relevó Marta Moreyra, ex directora de la escuela y actual supervisora de la Región IV. “Consumen alcohol en exceso, poxirrán, marihuana”, aseguró la docente, tras un relevamiento interno realizado entre el alumnado.
Esta escuela, ubicada en Balcarce 1251, atiende a una población escolar con problemas de todo tipo, desde discapacitados físicos a adolescentes que están fuera del sistema educativo.
“Sostenidos en la escuela por la tutoría, se hace un trabajo en red con la familia o grupo conviviente del chico adicto y con instituciones (Casa del Sol, hospitales de Niños y Cullen) a donde se los deriva para tratamientos”, señaló Moreyra.
“La consigna es que si se detecta algún chico con adicción se le informa a la familia y se le busca ayuda terapéutica. Si no tienen obra social, se los deriva, se le pauta los turnos y se hace un seguimiento desde la escuela, siempre involucrando a la familia”.
Una mirada atenta desde la institución
“Hoy encontramos instituciones educativas de nuestro país, donde hay un alto porcentaje (a veces más del 30 %) de su población que ya se ha iniciado en el consumo de drogas o tiene problemas de adicción, estén o no bajo tratamiento médico o psicológico”, dijo el psicopedagogo y psicoanalista Daniel De Greef.
Añadió que la escuela no estaba preparada para ser invadida de esta manera. “Tampoco lo estaba para soportar la violencia generada fuera de ella, pero desencadenada en su interior. Sin embargo, debe afrontarla”, consideró taxativamente.
La escuela N° 1190 IV Centenario es otro establecimiento que recibe a alumnos con problemas de conducta, de aprendizaje, de repitencia y sobre-edad. A pesar de ser una institución educativa de EGB, contiene a “chicos de 12 años con por lo menos dos años de historia de consumo”, aseguró Esther Schnidrig, directora escolar.
“Empezaron con poxirrán; uno de ellos estuvo al borde de la muerte. Después siguieron con marihuana y demás”, remarcó, para aclarar que son alumnos repetidores, con problemas de salud e incluso desnutrición. “No hay escuela que esté preparada para atender una población con esas características”, se sinceró.
De todas formas, De Greef opina que “la escuela debe responder, debe hacerse cargo, prepararse y formarse, no sólo para poder hacer una adecuada lectura de los síntomas sociales e institucionales, sino también de los individuales”.
Según refirió, los docentes y directivos deberían lograr “cierto entrenamiento” para saber leer, interpretar los síntomas de aquellos estudiantes que, por estar bajo los efectos de presiones psicológicas, físicas o emocionales, pueden presentar indicios de aislamiento, inhibición, agresividad.
Apeló a la “atenta mirada institucional” para la detección de estas señales, ya que “no pocas veces, detrás de una queja estudiantil, de formas diferentes de agresividad o rebeldía ante la autoridad, de ciertas conductas anómicas o de las llamadas `distracciones’, puede haber indicios de una subjetividad sufriente, que demanda ayuda”.
Drogas: sustitutas de una ausencia
El especialista sostiene que la expresión de consumo de la época actual coincide con la desligadura del lazo social (Ver opinión). La satisfacción de la sustancia adictiva ingresa al mundo de los adolescentes y jóvenes como “sustituto de una ausencia, de los lazos con el otro”.
El psicopedagogo señaló que la impulsividad y la agresividad (no necesariamente la violencia) suelen aparecen en el sujeto que es adicto como rasgos característicos de una fuerte tendencia al aislamiento social, a la vez que como demanda de ayuda.
Con ese diagnóstico coincide Marta Moreyra, quien ve a los adolescentes lidiando solos con situaciones críticas. “Con la desocupación y la crisis económica, se devastó la familia _dijo la docente_. Por un lado, están aquellos padres que deben trabajar 12 horas por día y, por el otro, hay quienes viven de la asistencialidad, donde el último referente que trabajó fue el abuelo. Es decir, nuestros alumnos son hijos abandonados o bien de padres desocupados con una tremenda carga social y afectiva, con problemas de alcoholismo, desintegración”.
El primer síntoma detectado en el aula fue la ausencia: el alumno estaba de cuerpo presente, pero “como en otro lado, sin motivación”. Moreyra indicó que a esa ausencia se sumó la pertenencia a determinados grupos, con quienes los jóvenes comparten sus experiencias, sus angustias. “Pertenecer a un grupo está ante todo. Y hay signos de agresión y resentimiento como denominador común”, destacó.
¿A dónde recurrir?
Próximamente, el Ministerio de Educación contará con equipos interdisciplinarios para acompañar a las escuelas en distintas problemáticas. Hoy, sin embargo, no hay un área específica destinada a proveer herramientas para saber cómo actuar ante estos casos, hacer un seguimiento o aconsejar la derivación de un joven para su tratamiento.
Las escuelas hacen lo que pueden, con el asesoramiento de instituciones gubernamentales o no gubernamentales, pero siempre resolviendo sobre la marcha, sin un camino allanado o sistematizado.
Mediante su programa “Todos a estudiar”, la Grilli recibe a chicos en estado de vulnerabilidad social. “En los últimos dos años, veíamos que estábamos insertando jóvenes con distintos problemas, sin contar con organismos a los cuales recurrir para que nos den una solución. Necesitaríamos un gabinete integral, con profesionales de todo tipo que nos ayuden a resolver cada situación específica”, dijo.
Algo parecido plantea Esther Schnidrig, desde la IV Centenario. “Por el tema drogas, estuvimos trabajando con la Casa del Sol, con psicólogos de la Región IV de Educación, con Drogas Peligrosas, con profesionales del Mira y López. Pero todas las acciones que proponen son más bien para prevenir, nada para tratar”.
Aseguró que hay chicos adictos que tuvieron que internarse por su cuenta en la Granja San Isidro, a unos kilómetros de Santa Fe, para recuperarse. “Llegaron allí solos, y personalmente hice los contactos con escuelas cercanas para que no perdieran la escolaridad. Pero acá, hasta que no haya un proyecto conjunto entre Salud, Educación y Gobierno, todo esto va a seguir pasando”, resaltó.
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