Adolescencia: la paz bien entendida empieza por casa
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La adolescencia es uno de los momentos más importantes en el desarrollo psicológico de una persona. Muchas veces trascurre sin grandes sobresaltos; otras veces implica situaciones familiares que parecen no tener fin: discusiones, peleas, rivalidades, desacuerdos.
Cuando ocurre de la segunda manera, es conveniente recordar que un adolescente no existe aislado, ni surge por generación espontánea, sino que nace y crece dentro de un ámbito familiar que a su vez integra una comunidad con determinados códigos de convivencia. Nuestros hijos aprenden en primer término de lo que somos, y en segundo término de lo que hacemos y decimos, si esto último guarda coherencia con aquello que somos. Por lo tanto, nuestros adolescentes necesitan de adultos dignos de ser emulados.
Ahora bien, nosotros no podemos cambiar el mundo, ni una sociedad entera, pero sí podemos realizar pequeños ajustes en nuestro entorno más cercano. Parafraseando un dicho popular, podríamos decir que “la paz bien entendida empieza por casa”. La sociedad actual nos impone un ritmo, una celeridad y un automatismo que nos impulsan a vivir fuera de nosotros mismos.
En muchos aspectos reaccionamos sin pensar. El piloto automático se pone en marcha y no nos miramos ni miramos a los demás, en este caso a nuestros adolescentes. Sin darnos cuenta vamos retornando a un modo de relacionarnos totalmente primitivo. La conducta se limita a un modelo de acción-reacción. El espacio necesario para la reflexión queda anulado. La violencia se apodera de la palabra y esta queda destruida como herramienta válida para resolver conflictos.
Estamos a tiempo de marcar un stop en nuestras vidas, hacer una pausa para revertir la ecuación y para que sea la palabra la que intervenga en la violencia para transformarla. Observar y observarnos, conectarnos con nuestros sentimientos y emociones y pensar nuevas formas de vincularnos.
Como primer paso, necesitamos evaluar cómo es la modalidad de relación en la familia, cómo se dirigen los miembros de la pareja entre sí, que términos usan para hablarse, si responden a un modelo de sometimiento o de pares. Si logran comunicarse de manera eficaz o son monólogos sin destinatarios. Cómo es el trato diario, si hay respeto, diálogo, comprensión, cariño o todo lo contrario.
Como segundo paso, deberíamos observar cómo les hablamos a nuestros hijos, qué palabras empleamos, revisar si utilizamos insultos y degradaciones o palabras cariñosas, si los estimulamos positivamente o de manera negativa, y qué tono de voz usamos.
La comunicación silenciosa
En un diálogo o comunicación entre dos o más personas no solo se reciben las palabras pronunciadas sino también los gestos que la acompañan y el tono o las inflexiones de la voz, en general este lenguaje llamado no verbal es el más registrado sobre todo por los niños.
Observarlos, registrar qué les está pasando a ellos y qué estamos aportando para incrementar su malestar o su enojo con el mundo. Tomarnos el tiempo para revisar cómo es la relación que estamos construyendo y qué violencias ejercemos quizás sin darnos cuenta.
Cuando la tarea nos resulta difícil o se nos está escapando de las manos, tengamos presente como un buen recurso realizar consultas a las instituciones o a los profesionales relacionados con la temática. El encierro y la creencia de que esto solo pasa en nuestra casa incrementan el sufrimiento y el sentimiento de soledad.
Siempre podemos hacer un espacio desde el afecto para alojar a un otro en su singularidad. En este caso nos referimos particularmente a nuestros adolescentes. Escucharlos, tratar de entender sus vicisitudes, valorarlos, respetarlos, acompañarlos en su crecimiento.
El espacio de diálogo es fundamental para aprender a reflexionar sobre los obstáculos que se nos presentan. “Dialogar es alojar algo de lo que el otro dice, en algo de lo que estoy pensando”.
Acciones concretas
Ante situaciones de conflicto cada uno tendrá que buscar sus propios recursos para “enfriar” el clima. Mencionamos a continuación algunas alternativas posibles.
– No contestar en el momento y tomarse un tiempo para pensar. Ante la insistencia de los hijos, aclarar que es necesario reflexionar para poder decidir y que la reiteración de sus demandas solo generará una respuesta negativa de nuestra parte.
– Salir de la escena, es decir alejarse del lugar físico donde se está produciendo el problema.
– Poner en palabras sentimientos y emociones de ambas partes.
– Registrar cuando la situación está subiendo de tono y elegir hacer una pausa para continuar en otro momento. Explicitar esta decisión para que sirva de modelo.
De este modo nos alejamos de las conductas primitivas de acción-reacción, desarrollando la capacidad de reflexión, poniendo la distancia necesaria entre ambos términos para pensar antes de actuar.
Tengamos presente que quienes están mirándonos son nuestros hijos, y que estamos contribuyendo a formar sus hábitos de convivencia. Lo que ellos reciben de nosotros formará parte de su personalidad. Si nuestro trato es agresivo y/o violento, ellos aprenderán que las cosas se resuelven así y que también así se trata a los demás. Si nos relacionamos de manera amorosa, respetuosa, lo reflejarán en sus actos.
Recordemos que “la paz bien entendida empieza por casa”.
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