Adolfo lo hizo
Sería como ir a Venecia y no dar un paseo en Góndola, o como ir a París y no sacarse una foto en la Tour Eiffel, o como ir a Nueva York y no subir a las Torres Gemelas (eso antes, claro…). Ir a San Luis y no atravesar las autopistas del Adolfo no se le puede perdonar a ningún viajero que se precie.
Es que, la vía de cuatro carriles que cruza San Luis de este a oeste, desde Córdoba a Mendoza, como parte del corredor bioceánico, es de tal ampulosidad que remite irremediablemente a hablar de un estilo de hacer las cosas: el estilo Rodríguez Saa. Eso, las autopistas sanluiseñas llevan el estilo de los hermanos.
Porque no ha de haber ruta en el mundo que esté iluminada en toda su extensión, con lámparas amarillas que por la noche, vistas desde los cerros, semejan la idea de que uno es Neil Armstrong y desde la luna está mirando la muralla china. Y es nuestra. Bah, del Adolfo, pero todo lo de él, se sabe, es del pueblo. Y además, todo por dos pesos, o 1,90, que eso cuesta el peaje desde Mercedes a la capital.
Sin embargo, últimamente ha habido algunos accidentes en el camino. No de esos que suelen sufrir los opositores políticos, sino de índole netamente vinculada al tránsito. ¿Cómo? Es que, ante semejante mesa gigante de billar iluminada, los automovilistas se duermen a menudo y terminan por estropearse contra alguna columna de la luz o acaban en los campos de las adyacencias que, quizás, algunos de ellos, sean propiedad de… sí, adivinó, Adolfo Rodríguez Saa.
Igualmente, hay que andar por las Autopistas Puntanas. Es casi una obligación y un gesto de gratitud para con el ex efímero presidente. Luces, señalización, carteles, marcas, mojones, estaciones de servicio. Todo lo que un camino necesita. Y hay que alabarlas también, nobleza obliga, sobre todo para los que acostumbramos a transitar el camino Santa Fe – Paraná.
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