Agua y fuego
Es por seguro que cuando los padres los retan, los niños misioneros han de llorar lagrimitas rojas. Es por seguro también que cuando la selva se enfada con los que le hacen madera vendible su exuberancia, siente ganas de llorar. Hoy llueve en Misiones para que los niños que lloran tengan agua para beber y para que la selva arrasada se oxigene. También llueve para remediar una sequía que no tiene antecedentes en los últimos 28 años.
En El Soberbio lo saben bien. Le llaman “capital de las esencias” porque allí crece como en ninguna otra parte la citronela, una planta aromática con la que después se saborizan jabones o perfumes. Pero El Soberbio ya huele menos bien porque las plantas se han secado. La citronela, que llegó un día de Indochina para crecer en un clima sub tropical casi como el que circunda al Golfo de Bengala, se ha hecho pan porque ahora se exporta.
Mario, que es profesor de educación física, anda preocupado porque nada es como antes. Vive al lado del río pero no hay pescado y vive rodeado de agua pero cuesta conseguirla.
Mario tiene un mal augurio. La tierra que es Parque Provincial Moconá está compuesta de 999 hectáreas y todavía pertenecen al estado. La Reserva Esmeralda, que tiene 34 mil hectáreas también sigue siendo nuestra. Pero la Reserva Biósfera Yabotí, que envuelve a las otras dos como la cáscara de una cebolla con 228 mil hectáreas de selva, ha pasado a manos privadas.
Como en los tiempos de los capangas que mandaban en la patria colorada, cada vez se ven más terrenos con un cartel expulsador que dice “propiedad privada, prohibido pasar”. Al costado de los carteles prepotentes, si no puede llorar su lluvia, la selva escupe fuego. Los incendios forastales se manifiestan contra el descarado desmonte. La lluvia apaga las fogatas pero no lava la conciencia de los desmontadores.
El Soberbio se queda ahí, todo mojado, todo quietud. El limpiaparabrisas del auto del cronista aparta el agua del vidrio para que le dejen ver las montañas verdes oscuras. Pasa por última vez por la oficina de turismo de un pueblo argentino donde una promotora brasileña que no conoce el castellano ‘des-indica’ el camino. Una parábola de un país que a la hora de cuidar la riqueza que aún le han dejado, habla otro idioma.
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