ALARMA POR AGRESIÓN A UN PRESO ROSARINO EN CORONDA
Así lo denunció a El Ciudadano su madre, María Gunsett, preocupada porque el mayor de sus ocho hijos está encerrado en una celda de disciplina, no sabe hasta cuándo, y porque la agresión de la que fue víctima –y no tuvo trascendencia pública– le implicó un castigo que podría poner en peligro la calificación de su conducta. Pero el problema, según evaluó la denunciante, es otra vez la rivalidad entre rosarinos y santafesinos que se acrecentó tras la masacre y que determinó la división de la cárcel en dos partes.
Consultado el director del Servicio Penitenciario, Jorge Bortolozzi, confirmó que la semana pasada se registró un incidente “menor” en la unidad. Pero, por la poca relevancia del conflicto, ignoraba los detalles exactos del mismo, según dijo. En el penal, en tanto, ayer no se hallaba ningún funcionario autorizado a brindar información al respecto.
Gunsett, de 42 años, es más conocida como Mari en el barrio Unión, donde dirige un centro comunitario (ubicado en Herrera al 1900). Desde allí, viajará mañana a Santa Fe para interiorizarse sobre la salud y las condiciones de detención de su hijo, tras la agresión que conoció por intermedio de otros presos, que le avisaron por teléfono. La mujer sostiene que el puntazo se debió a una vieja disputa entre el chico Godoy y los dos santafesinos, con los que compartió hace dos años el pabellón 12.
A la pregunta de si continúan los enfrentamientos entre capitalinos y rosarinos –una de las hipótesis de la matanza del 11 de abril de 2005–, Gunsett respondió: “Aparentemente sí, porque estas dos personas son santafesinas. No sé por qué el Servicio Penitenciario los puso en el pabellón 10, que es de cristianos, si no se dieron cuenta. Fue un error garrafal, porque pudo haber significado la vida o la muerte de mi hijo o de los otros”, aseguró.
Después de la masacre, en la que fueron asesinados 14 presidiarios, el penal se dividió en dos módulos. En el ala norte se alojan reclusos de Santa Fe y el norte de la provincia y en el otro extremo detenidos de Rosario y ciudades aledañas. De todas maneras, según la evaluación de las autoridades, algunos presos de la capital ingresan a los pabellones “del sur”.
“Estábamos muy contentos porque el 16 de abril, el domingo de Pascua, se festejaron varios cumpleaños en la cárcel”, contó Gunsett, mostrando fotos del evento en el pabellón 10. “Los privados de libertad lo pidieron y el Servicio Penitenciario autorizó y apoyó, estuvieron trabajando dos meses en eso y la fecha coincidió justo con el cumpleaños de mi hija Tania”, continuó. “Hubo payasos, juegos, entramos una torta y sandwiches de miga, se pudieron sacar fotos. Fue un beneficio que ellos se ganaron. Y ahora estamos con el corazón en la boca”, se lamentó.
Su hijo ingresó al pabellón 10 hace 13 meses, una semana antes de la masacre. Nunca tuvo problemas con nadie, según la mujer, hasta el jueves pasado, cuando fue atacado por la espalda “en la costilla” en momentos en que se acercaba a un contenedor de comida. “Cuando estaba en el pabellón 12 tenía pésima conducta, que es la categoría más baja, pero había subido a mala (tres calificaciones más) y consiguió ser cuartelero”, se refirió Gunsett a la tarea que consiste en repartir la comida al resto de los presos.
“Pido a las autoridades que me escuchen, que investiguen, porque hay internos dispuestos a declarar. Pido que le devuelvan su conducta, porque le costó muchísimo remontar, y su trabajo, que es lo que más quiere”, reclamó. “La herida fue leve, lo llevaron a enfermería y de ahí al pabellón de disciplina, pero lo que más nos preocupa es que pierda las condiciones y los beneficios que ganó, porque las evaluaciones se hacen sólo cada tres meses y él ya estaba por firmar la conducta buena”, insistió Gunsett.
De acuerdo a lo que pudo saber por los compañeros de su hijo, que purga desde hace 5 años y 7 meses una condena a 14 años “por el homicidio de un traficante”, un grupo de reclusos salió en su defensa y los presuntos atacantes terminaron golpeados. Tanto Godoy como los santafesinos fueron sancionados disciplinariamente. “Mi hijo está en La Palabra (profesando la religión evangelista), no al 100 por ciento pero está ahí. Buscando cambiar para salir a la sociedad, tener un buen trabajo y estar con su familia. Está arrepentido de todo lo que ha hecho y lo está pagando privado de su libertad”, concluyó.´
El difícil rol de tener un hijo preso
María Gunsett se define como “una revolucionaria que viene de una familia oligarca”. Participó del Movimiento al Socialismo (Mas) y del Frente de Trabajadores Combativos, pero actualmente no está militando. “Bajé las banderas”, explicó, rodeada de los seis hijos y la nieta que viven con ella. Allí, en la casa familiar, Gunsett montó “una cocina comunitaria que pertenece a Promoción Social (de la Municipalidad) y una copa de leche que corresponde a la provincia”. Por el centro bautizado “Juventud en un futuro” pasan a comer de lunes a viernes 256 chicos del barrio.
“La institución me mantiene en pie porque es muy difícil aceptar el rol de mamá de un detenido, nunca pensé que me iba a pasar algo así”, confiesa. “Eso destruyó mi familia completa pero lo remonté y los tengo parados, por eso le pido a las madres que no bajen los brazos”, finalizó junto a su hija Tania, cuya mirada denotaba toda la preocupación del mundo por el hermano que no está.
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