Algunos nacen con estrellas
Desde una pared del Observatorio Astronómico El Leoncito, un omnipresente
Carlos Cesco mira cómo un grupo de hombres y mujeres entregados a la ciencia cuida la obra de la que él tiene mucha responsabilidad. Es que, fue Cesco el que convenció a los norteamericanos, en los años ’60, de que el cielo sanjuanino era el más apropiado para mirar mejor el cielo. Y lo que vino luego, es esta historia.
Fue la Universidad de Yale, de los Estados Unidos, la que subvencionó la creación del observatorio y es la Universidad pública argentina la que lo sostiene hoy, cuando parece ser que los yanquis ya no le prestan tanto interés. En mayo de 1983 se creó formalmente el Centro Nacional de Servicios para la Comunidad Astronómica, a los efectos de mantener, operar y administrar las instalaciones que aquí nos tienen, boquiabiertos y azorados.
Según su propia página web, “El CASLEO se creó dependiente del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas con la participación de la Secretaría de Ciencia y Tecnología de la Nación y de las universidades Nacionales de la Plata, Córdoba y San Juan. Su instrumento base es un telescopio reflector de 215 cm de diámetro aportado por la Universidad Nacional de La Plata y bautizado con el nombre de “Jorge Sahade” precursor de la idea original que dio origen al Casleo”.
Pero hay más. El Leoncito no es sólo un Observatorio Astronómico, sino que integra un predio de 76 mil hectáreas que fue declarado Parque Nacional. Hoy, su entrada, poceada y descuidada, es la peor mantenida de este tipo de reservas en la Argentina, pero El Leoncito, merced al trabajo de docentes, astrónomos, ingenieros y personal de mantenimiento, es un oasis en medio de un paraíso terrenal que merecería otro trato.
En el Observatorio Astronómico, ubicado a 2552 metros sobre el nivel del mar, el cielo casi siempre está limpio. La contaminación lumínica no existe y las estrellas y la luna iluminan la noche como en los cuentos de hadas. Desde los cinco telescopios allí instalados se puede observar no sólo el cielo que siempre es diáfano, sino también el sol, o –para orgullo de la casa- el asteroide El Leoncito, que orbita por los cielos del sur bautizado por los científicos sanjuaninos que lo descubrieron.
La página del Observatorio dice que “El trabajo en un observatorio astronómico es duro ya que el personal permanece en turnos de 8 días corridos trabajando en el lugar a una altitud elevada y a horarios que no son los acostumbrados; pues el trabajo astronómico es nocturno. Las temperaturas en el invierno llegan a -10° C”. Y hay que creerle. Aunque arriba todo se ve limpio, un fuerte viento asola la zona y esta noche será mejor no abrir los telescopios.
El estado gastó 20 millones de dólares en una infraestructura que incluye talleres de mantenimiento, grupos electrógenos, un hotel, una biblioteca y otras dependencias. Pero todo es poco a la hora de apostar a la ciencia, aún cuando los que lo hacen, habitualmente permanecen en el anonimato. Detrás de tantos aparatos, detrás de los misterios del cielo, o de la tecnología, detrás… está la gente. Mañana veremos cómo se vive en El Leoncito.
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