Aliverti y la prensa canalla
Por lo que antecede digo: me duele mucho lo que les ocurre. A Pablo, porque creo que es -no me cabe duda alguna- una víctima también. Porque tuvo un accidente. Es decir: un rapto de negligencia o culpa que le impidió evitar lo que, en otras circunstancias, podía evitar. No quiso chocar al ciclista. Mucho menos quitarle la vida. O sea, a Pablo -en cualquiera que sean las circunstancias del siniestro- estoy seguro de que le cabe la culpa.
Nunca el dolo. Nunca la intención de dañar. Nunca la furia homicida. Y lo que le ocurrió, le ocurrirá por el resto de sus días más allá de las consecuencias penales, más allá de lo que diga el expediente. Le ocurrirá, seguro, el error del recuerdo de la muerte del otro. El espanto de saberse responsable de una muerte. La impotencia de no poder volver el tiempo atrás. La fragilidad humana ante lo irreversible.
Y a Eduardo, porque efectivamente es una víctima de la revancha. De la ira y de la insolente ironía de muchos de sus colegas. Porque ocupa el lugar de protector de su hijo. Y a ese dolor, debe agregarle el dolor del insulto, la injuria y la berreta chismografía. Lo entiendo a Eduardo cuando dice: me están fusilando. Porque sí, porque la prensa “enemiga” de Aliverti, aprovechó la volteada para lastimarlo. Y nada más cretino y canalla que patear en la cabeza a un tipo desolado y desorientado. Encerrado en el patio del horror. Con víctimas a las que ayudar porque son víctimas de su hijo. Y a su hijo. Porque lo quiere y el dolor -lo sabemos quienes somos padres- de nuestros hijos, es el nuestro, multiplicado a veces, hasta lo infinito.
A todo esto, me resta agregar lo más incordioso de esta nota: Eduardo sufre las consecuencias de la inhumanidad que se va instalando en el periodismo de la Argentina, y que no repara en ningún límite.
Y eso, mal que le pese a Eduardo, a Pablo y a todos los que sufren esta clase de canalladas, es el producto de un lenguaje a “matar o morir”, que se nos fue inyectando en las venas en la última década. La estúpida idea de que al “otro” -el que piensa distinto, el que defiende al “otro”, el que critica, provoca, disiente, o se identifica con una idea, con un relato, o con lo que puta sea- pierde el derecho a ser respetado. Pierde su condición humana, y pasa a ser, de acuerdo al lugar que ocupe; un empleado de Magnetto, un siervo de Cristina, un narcoperiodista, una marioneta de Aníbal, un financiado por la Oligarquía ganadera, un cómplice de los genocidas , un Servicio de Inteligencia al servicio de…, un, un, un… Un nada que no tiene derecho a decir lo que piensa sin que le caigan encima las descalificaciones de los “otros”.
Aunque el otro esté enfermo, aunque el otro pase el peor momento de su vida, aunque el otro haya dejado, porque las circunstancias humanas así lo requieren, por un buen rato sus asuntos “macropolíticos” y se haya arrodillado frente al dolor. No importa nada. El “otro” sigue siendo el “otro” y no hay piedad, ni limites en el fragor de las diferencias.
Esto que le pasa a Eduardo, le pasa porque hay canallas que imputan y condenan. Y los hay en “ambos bandos”. Al servicio de la “opo”, y del gobierno también.
Se trata de “fusilar” al sospechoso, sin ofrecer una prueba, sino sólo presunciones e interpretaciones de lo que “habría acontecido”. Se trata de empujar al otro hacia el punto del descrédito que no tiene retorno alguno. Porque es el “otro”, que juega para el otro. Y eso, no es otra cosa que periodismo canalla. Canalla, si: Gente baja, ruin. Persona despreciable y de malos procederes, según la RAE.
Lo mismo le pasó a buenos tipos, como Ernesto Tenembaum. O a mujeres intachables como Norma Morandini. O a un montón de periodistas de muy buna leche que trabajan en el “interior”, y que sufren la permanente acusación, ya sea por los medios tradicionales, ya sea por las redes sociales.
Lo de Perfil con Pablo García y con Aliverti es tan siniestro como fueron las notas de Raúl “Tuny” Kollmann en Pagina/12, sobre el narcotráfico en Santa Fe, o la más reciente publicación de El Guardian, sobre el funcionario santafesino Marcos Escajadillo. Se trata, antes que nada, de instalar la idea de la “culpabilidad” de alguien y de la “complicidad” de quienes procuran esclarecer las cosas, antes de que la justicia lo decida. Se trata de condenar desde las tapas de los diarios o las rotativas de la tele o la radio una situación que “fue” de tal o cual manera, sin siquiera dar lugar al derecho de defensa, a la presunción de inocencia, o a la “igualdad frente a la ley” de quienes son acusados.
Vaya paradoja: el propio Kollmann, que desató sin pruebas una denuncia que puso en vilo al gobierno de una provincia, que instaló -sin ninguna prueba, insisto- la idea del “narcosocialismo” en Santa Fe, y la del “narcoperiodismo”, para quienes nos abocamos a despejar lo cierto de lo falso en aquella denuncia, es ahora el que intenta despejar lo cierto de lo falso, en la causa de Pablo García. Pobre Kollmann. Intenta aplicar las reglas que él mismo violó hace poco tiempo, sin detenerse en el daño que generaba.
Me duele lo que le pasa a Eduardo. No pienso correrme un centímetro del afecto y el cariño que le tengo. Pero creo es víctima de las reglas de riña de gallo que instaló en la Argentina el Kirchnerismo. Gobierno del que, legítimamente, es defensor. Gobierno que eligió la pelea sucia, los carpetazos y el descrédito como modo de dilucidar las cosas en la prensa. Sacando todo de contexto (como Clarín, claro), usando -en gran medida- los peores métodos de la comunicación para saldar cuestiones de intereses.
Y en el medio, claro, quedan los seres humanos. Que no vuelven nunca a sentirse libres de culpa, aunque no tengan culpas. Porque se instala la idea de que “algo hizo”, antes de preguntarse y esperar la respuesta que los hechos, con el tiempo, más temprano que tarde, terminan ofreciendo como una estimativa “verdad”.
El gobierno es el principal motorizador de esta clase de canalladas, y a la vuelta, vienen estas otras: Injustas, pueriles, inhumanas. Pero que responden a la lógica instalada. Hay que debatir la “ética del periodismo”. Sí, pero rompiendo esta idea bipolar de que hay buenos y malos, de acuerdo al lugar que ocupen cerca o lejos del gobierno.
Hay oficialistas canallas, y hay opositores canallas. Es la condición humana, no la posición ideológica la que nos define frente al otro.
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