Alto quien vive
En las alturas manda el cóndor, en las lomadas manda el puma y, donde el cerro se hace una ladera abrupta hacia el río, viven Alejandro y Nélida, con uno de los seis hijos del matrimonio. Duermen en el rancho que fue de la abuela Calista, ese de un adobe que tiene casi 70 años pero resiste, tanto como el techo de paja a las tempestades o los moradores de la soledad a las tentaciones de la ciudad.
Nélida es hija de Calista y Calista fue madre de la montaña. Murió a los 72, sólo cuando la bajaron a la ciudad para “curarla” con un remedio de destierro que terminó siendo peor que la enfermedad. Y Nélida y su compañero, Alejandro, no quisieron que la tradición familiar se acabara y se volvieron al rancho donde ahora están contando esta historia alrededor de un fuego que hace rechinar el aceite caliente que pronto será tortas fritas.
Alejandro era albañil pero se cansó de trabajar para otros y no ganar nada para los suyos. Ahora ha montado una economía de subsistencia. Tiene animales para garantizar la comida. Una pequeña huerta se deja ver ahora que aclaró y una vieja radio le lleva algunas noticias nuevas, animándose a ser el único sonido, junto al del río, en ese lugar donde la vida pasa –como casi todo- más lento.
El rancho de la abuela Calista es petiso para protegerse de los vientos pero tiene tres cuerpos para albergar a los forasteros. En uno duermen Alejandro y Nélida, en el otro se juntan en torno al fuego y en un tercero, cobijan a los que se animan a trepar el cerro para visitarlos. Ahí dormimos nosotros, en una cama de piedra dura, con cobijas de lana de oveja que Nélida tejió y una luz tenue de kerosene que Alejandro compró.
Los pollos revolotean en el ambiente mientras el humo de la cocina se hace nube por las ventanitas breves del rancho y tiñe de brea el techo de paja. Lo que para uno es un segundo, abrir una canilla, encender la luz, para Alejandro es un trabajo extra. En otoño deberá acumular leña de alisos para tener fuego todo el año y en invierno acompañará a Nélida en el tejido, mientras afuera la nieve se apodere de todo. Todos los días buscarán agua en bidones de un río que es el vecino más próximo.
Cada noche recordarán mitos y leyendas de la zona que jurarán haberlos vivido y cuando el guía Oscar llegue con visitantes, como hoy, los deleitarán contando una vida de película que muy pocos se animarían a vivir. Los enemigos serán los jabalíes embestidores antes que los pares humanos de enfrente que viven en las ciudades y los amigos serán todos los que quieran ser.
Una vez por mes bajarán al pueblo en busca de provisiones y todos los días recordarán a la abuela Calista. Cada tanto serán visitados por los hijos que estudian en la ciudad o por los turistas que llegan desde Europa. Todos los días tendrán una sonrisa a mano “a pesar de que el trabajo allí es muy duro”, como dice Alejandro, y no hace falta que lo diga porque basta con mirar.
Tejerán aperos con manos hábiles e historias de aparecidos en charlas fáciles. Amasarán pan en el horno de barro y amigos que recién llegan. Harán el amor para ampararse del frío que arriba es eterno y el viaje de vuelta para que recuerden que allí también, en lo alto, se vive, como en los cuentos, pero de verdad.
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