Ambiguas sensaciones
Pensemos un rato que todo se hace para conseguir resultados. Que la cuestión debe ser siempre causa-efecto, que todo debe tener una recompensa. Dejemos luego Malargüe, por la Ruta 40, camino de la provincia de Neuquén. Pidámosle entonces al cielo cambiante y a la cordillera, a los volcanes y a la nieve, a los puestos y a los ríos, que nos devuelvan en belleza cada jirón de auto, cada pedacito de estrés, cada dolor de espalda de un recorrido de 300 kilómetros que emplea seis horas. Hay empate.
Es así. Desde Malargüe, última referencia importante de la provincia de Mendoza en la margen oeste, hasta Chos Malal, primer centro urbano importante de la provincia de Neuquén, uno no puede dejar de mirar, al frente, la vista fija al camino travieso e irregular, a los costados, de reojo, a la naturaleza más virgen e imponente que se pueda imaginar. Allá un volcán, aquí un cráter rutero. Allá un sueño nevado, aquí un amortiguador menos. Ruta 40, que pide y da.
Atravesar la Reserva Natural de La Payunia puede ser el crédito mayor. Cientos de conos de volcanes, a metros del piso, no tan pocos, pero sí los suficientes como para que se pueda mirar las bocas secas, inactivas. Un lugar único, donde el sol refleja sobre la piedra basáltica y la hace resplandecer por sus poros que semejan a un queso gruyere oscuro, testigos fósiles de un tiempo en el que la tierra se fragmentó para parir Los Andes.
En el piso, ripio, baches, tierra, piedra. En lo alto, orondo, desde cada recodo del camino, el cerro Payuno nevado a rayas de cebra, hacia el este. Y el volcán Domuyo hacia el oeste, donde las nubes eligen reposar para darle un aspecto de erupción blanca permanente. Nomás una ilusión óptica, porque con lo que cuestan los cigarrillos, parece que en la Argentina ya ni los volcanes tienen derecho a fumar.
Después el Río Grande, revestido de lava petrificada. Un pasadizo de agua marrón y piedra, en picada, bajo la ruta, que uno imagina ha de conducir al paraíso, si es que alguien se atreve a remontar su curso. Pero la empresa parece difícil. Como en un acto de histeria, el Grande sólo se deja ver. Y para corroborar que nada es gratis en la vida, a su paso el camino se ensañará más con los viajeros, desapareciendo el asfalto roto para dejar paso a una tosca endiablada.
Falta todavía. Uno convive con la contradicción de desear pronto salir del suplicio de una ruta imposible y desear no salir nunca de ese paisaje de ensueño. Los cerros más cercanos, los que están más acá de la muy bien bautizada Cordillera de los Vientos (el auto se mueve tanto que parece andar sólo por los caprichos de Eolo), fueron incorporando, según los tiempos, capas coloridas capaces de conformar un arco iris de piedra.
Cinco horas después, un arco desvencijado pintado de blanco anuncia que estamos en Neuquén. También será el inicio de una Ruta más “normal”, más afable con los automóviles y los automovilistas. Pero no cambiará el paisaje. En todo caso, habrá más viento, más nieve, más cerros, más curvas, más colores. Hasta que, con el cuerpo y los sentidos sin ofrecer resistencia, habremos de avistar Chos Malal, sin siquiera tener imaginación para preguntarnos que nos deparará nuestra primera parada neuquina.
Este contenido no está abierto a comentarios

