AMENAZA DE BOMBA EN BANCO NACIÓN DE RAFAELA
Una llamada -voz femenina- alertó a un empleado del Banco Nación de esta ciudad, ayer, cercana la hora 10, sobre que si en 10 minutos no se desalojaba el recinto ubicado en la esquina de calles San Martín y Alvear, estallaría una bomba.
Se asegura que la sorpresa se pintó en el rostro del bancario que atendió el teléfono, y aún no repuesto de la situación generada se dirigió al despacho del gerente y puso en su conocimiento el contenido de la llamada.
Se dice que si bien, en líneas generales, no se le dio total identidad a la amenaza, se optó por los carriles que aconseja el sentido común: dar aviso a las autoridades policiales y, de la manera más sencilla y discreta posible, solicitar a la buena cantidad de clientes de la entidad bancaria, desalojen el edificio.
La medida preventiva se llevó a cabo, según constató, LA OPINIÓN, en orden y sin muestra alguna de situaciones complejas. Mucho tuvo que ver la disposición y la tranquilidad puesta de manifiesto por los empleados asignados a tal fin.
Fue tiempo, entonces, de dejar paso a personal de la brigada de Explosivos de la Unidad Regional V de policía, en tanto efectivos de diversas agrupaciones, en el exterior, llevaron adelante una ordenada labor de evacuación de la zona hasta en un radio cercano a los 100 metros del Banco Nación.
En tanto, el jefe de la UR V dirigía el accionar de sus subordinados, y se hacía presente el titular del juzgado en lo Penal de Instrucción de la 1ª Nominación, para interiorizarse sobre lo ocurrido.
Finalmente, cercano el mediodía, los hombres de Explosivos, tras una minuciosa revisión de todo el edificio y el patio del Banco, determinaron que todo obedecía a una broma de pésimo gusto.
Más allá de que se originó una situación confusa y por momentos preocupante -sobre todo en personas que tomaron conocimiento de lo acontecido por medio de algunas transmisiones radiales, y que contaban algún familiar o conocido dedicado a realizar un trámite en el Nación-, lo acontecido sirvió, entre otras cosas, para comprobar la conmoción que puede originar un hecho de estas características, alterando la normalidad que habitualmente se vive en la zona céntrica.
No fueron pocos los que opinaron, al momento de acontecer el caso antes descripto, que no debía otorgarse identidad alguna al llamado. Que todo no pasaría más allá de una decisión de alguien que logró dar cabida a un retorcido pensamiento. Felizmente, así fue.
Claro que habría que disponer todos los medios necesarios, al pronto alcance de la justicia, para determinar, fehacientemente, de dónde provienen los llamados telefónicos. Puede resultar un trámite que, finalmente, no arroje un resultado positivo en cuanto a identificación, porque pudo ser concretado desde un teléfono público. Pero al menos quedaría la tranquilidad de saber, en poco tiempo, desde dónde se efectuó la llamada.
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