Amigas nuevas
En el mismo momento en que un hombrote con físico marinero comienza a colocarnos un salvavidas anaranjado y que uno cree inútil, comenzamos a tomar conciencia que muy pronto estaremos mar adentro, a 5 kilómetros de la costa, a los solos efectos de comprobar como bailan para el público varios ejemplares de toninas overas, si es que en esta soleada tarde no les da por dormir la siesta.
Hay varios turistas que hoy también quieren ver toninas overas. Todos cruzan en fila la calle hacia el muelle donde aguarda la embarcación. Anaranjados por los salvavidas, juntos, parecen la formación de Holanda entrando al monumental para la final del 78. La tribuna en contra podría ser un mar picado que más vale no presagiar. Gente que evidentemente no vive cerca del mar, la mayoría ríe como si no estuviera nerviosa.
La lancha tipo gomón tiene dos motores que roncan profundo anunciando que pronto dejaremos el río Chubut para meternos en el mar Argentino. El guía contagia seguridad. Aclara que se hará un avistaje de “fauna en libertad”, lo que traducido al criollo quiere decir que se hará el avistaje si es que las toninas quieren. “Aunque la probabilidad es alta”, aclara.
En el gomón hay lugar para todos. No somos tantos y la eslora supera los 10 metros. El capitán, hombre de pocas palabras, apenas sonríe ante la rutina de pasear la especie humana que quiere ver otra que no se le parece. En cambio, el guía no solo habla sino que mientras lo hace se mueve en la embarcación como si estuviera en tierra firme. Un porrazo le advierte a uno que el hombre tiene la experiencia que nosotros no.
De a poco, la costa va quedando como una lejanía y el río Chubut ya no mezcla aguas con el mar, de modo que este toma un color azul cuarzo y el reflejo del sol, que es omnipresente, da distintas tonalidades según por donde uno mire. Varios comienzan a ponerse de pie para mirar mejor. Es entonces cuando una ola se presenta en toda su magnitud, cual tsunami para principiantes, y deja a todos otra vez sentados.
Sin bien el agua es improbable que entre a cubierta, la sensación de ver venir la ola desde abajo es, al menos hasta que nos acostumbramos, una idea de inseguridad que evidentemente no es tal. Ahora ya no se ve más que mar y cielo, como en los viejos cuentos sobre alta mar. El guía se agazapa en la proa y se lleva las manos como visera a la frente. Parece que es la zona.
En efecto, lo es. Se anuncia que “ahí hay una”. Todos giran la cabeza hacia el punto señalado. Es el momento exacto en el que uno comprobará si la excursión es o no un fiasco. Hay un segundo de ansiedad colectiva, como si todos, sin hablarse, supieran que el éxito de la jornada depende de lo impresionante o no que resulte el avistaje de toninas overas.
Y aparece ella. Ó él. Una sola. O uno. Se asoma tímidamente hacia la superficie con su metro y medio de largo aproximado. Mira con sus ojos de tonina overa a la lancha y, como si comprobara que no hay nada que temer, emerge con furia en un salto ornamental para el aplauso de un público que ahora sí sabe que, aunque esta tonina se marche y no vuelvan otras, el viaje habrá valido la pena.
Igual, no habrá que pensar que será la primera y la última. Pronto vendrán otras. Actuarán ante nuestras narices, a centímetros de la embarcación, saltarán y volverán a sumergirse, sincronizadamente, como si estuvieran amaestradas. Conectarán de tal modo con la gente que dejarán la sensación de haber nacido para ser amigas del hombre, o como si fuese mentira eso de que nuestro mejor amigo es el perro. No señor, son las toninas.
Viene otra. Y otra más. Las aletas, la cola y la cabeza negras alcanzan una negrura que parece pintada y lo mismo sucede con el intenso blanco del resto del cuerpo. Siguen la embarcación que barre la zona en círculo aguardando por más. Y ellas no se hacen esperar. Pasan debajo de la lancha para saltar sobre estribor o volver sobre la popa para que ningún pasajero se quede sin show.
Transcurre una hora y media. Parece que fueron nada más que un par de minutos. Es el regreso. Las olas ya no parecen un tsunami ni la costa tan lejana. El cansancio para los que no acostumbramos a tardes mar adentro se hace sentir. Una turista española saca la mano de la lancha, hacia el mar, como llamando a las toninas. Y a uno le queda la idea certera de que son capaces de comprender ese llamado.
El ruido del puerto nos pone otra vez en la realidad. Suena un silbato. Hay gente que espera en el muelle. Unos estibadores pasan hacia un barco viejo y los obreros de Conarpesa no saben de excursiones. Las toninas esperan para hacer mañana por la tarde un nuevo avistaje de humanos. La embarcación queda bien cerca de la orilla y saltamos ahora hacia la calle. Holanda vuelve al vestuario.
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