Anillaco y el ahijado que no fue
Desde Aimogasta, camino a la capital de La Rioja, se puede pasar por Anillaco. A diferencia de otros pueblitos que quedan en el camino, este se distingue por el alumbrado público en la ruta de acceso y porque muchas de sus calles están asfaltadas, aunque, como sus vecinos, no supera los dos mil habitantes.
Hasta allí, cuando los cerros brillaban aún más al sol y el zonda hacía estragos levantado polvareda de caminos que eran todos de tierra, llegó un mochilero riojano haciendo una escala de un viaje más ambicioso, rumbo a Machu Pichu, donde muchos setentistas iban a buscar raíces incaicas a su existencia.
Pero el mochilero no imaginaba que jamás llegaría al Alto Perú y, mucho menos, que nunca se iría de Anillaco, donde Sandra, una hija de padres peronistas y hermanos numerosos que seguían la tradición política de la familia, lo iba a encantar con unos ojos negros de mirada viva y un pensamiento profundo de revoluciones rusas.
Félix, el mochilero, y Sandra, la comunista, veinte años después del viaje trunco del muchacho que pasaba hacia el Cuzco, son dos militantes de la Izquierda Unida, en tierras donde la izquierda, desde que manda por la comarca Carlos Menem, es cosa demencial. Félix y Sandra, además, tienen siete hijos y con ellos festejan la ocurrencia de que “ahora los comunistas de Anillaco somos nueve”.
Parecía que con Martín, Guillermo, Franco, Nahuel, Pablo y Vladimir, “los comunistas de Anillaco” se darían por satisfechos. Pero no. Cuando Menem andaba de campañas reeleccionistas en el ´94, Sandra, la maestra, y Félix, el artesano, encargaron el séptimo hijo, sin importarles que un nuevo varón pudiera salir todos los viernes de luna llena hecho lobizón, pero sin con una preocupación:
Si el hijo por venir era varón, como séptimo vástago y tal lo ordena la tradición, debía ser ahijado el presidente. O sea, de Menem. Sandra y Féliz contaron los meses y rogaron al ecógrafo, mientras pensaban qué desplante le harían al entregador musulmán si la partera gritaba que los calcetines fueran celestes.
Pero no hubo que lamentar incidentes. Un día del 95, mientras Menem ya gozaba de una perpetuidad que no iba a ser tal, llegó al mundo la primera hija mujer de los Guerrero, la que evitó que un hijo de Sandra y Félix fuera el lobizón y, sobre todo, que el más enconado adversario fuera el padrino.
Ahora los Guerrero han sumado otras voluntades al PC de Anillaco, aunque no les alcanza para destronar a un intendente que se ha sumado a los vientos kirchneristas. Ahora Félix trabaja en una huerta porque no consigue empleo pleno y Sandra es docente y gremialista.
Ahora Félix está en su casa recordando los tiempos en que él era un mochilero que nunca había escuchado hablar del Padre Angelleli, el obispo de los pobres que los Menem odiaban y que fue muerto, misteriosamente, un 13 de junio, el día de San Antonio, patrono de Anillaco.
Ahora Sandra ya no quiere tener más hijos pero no ha dejado de criar, porque junto a la familia y otros militantes, atiende una escuelita a la que bautizaron “Seremos como el Che”, esperando un día poder ser verdaderamente muchos, justo allí, en los pagos de Menem, el padrino que no fue.
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