ANTES DE MATAR A SUS COMPAÑEROS RAFAEL DIJO: “HOY VA A SER UN GRAN DÍA”
Cuando disparó, no dijo una palabra. Ya detenido, a bordo de un auto policial, recorrió casi 300 kilómetros con la boca cerrada (aunque, según una versión, se mostró arrepentido). En la comisaría 1ª de Bahía Blanca se tuvieron que esforzar para escuchar su voz cuando respondió las burocráticas preguntas: nombre, apellido…
Es curioso, pero en el mundo adulto parecería existir un consenso: un chico callado, introvertido, tímido —adjetivos que describen a Rafael S., de 15 años— no tiene mayores problemas. La tragedia que se desparramó a todo rincón del país donde existe una escuela obligará a revisar esa creencia. Un pibe “tranqui” puede incubar en los pliegues de su mente el peor de los infiernos. Aunque no lo demuestre.
Ayer se buscaba en su ropa, en sus modales, en sus relaciones, una señal que pudiera haber servido para presagiar la masacre. Pero nada. Su buzo gris oscuro, los jeans gastados con los que durmió ayer en un calabozo son idénticos a los de miles de adolescentes. A veces se vestía de negro y escuchaba a Marilyn Manson, un músico provocador, de estética shockeante para la media. Alguien, exagerando, quiso ver en estos detalles un signo funesto.
¿Problemático? “Al contrario”, contestó por teléfono a Clarín Zulma Durán, inspectora de la Rama de Psicología y Asistencia Social Escolar del distrito Bahía Blanca-Patagones. “Es muy retraído, introvertido. Su familia siempre lo apoyó. Ante cualquier llamada, ellos acudían. Nadie habría supuesto jamás ningún incidente de violencia.”
Si las calificaciones de un estudiante fueran suficientes para comprender la complejidad humana, no habría nada llamativo para decir sobre Rafael. Es buen alumno. En Derechos Humanos lo habían calificado con un 8, un 9 y un 8.
¿Y en el deporte? Con condiciones y sueños de arquero, jugaba en el club Atenas. Los chicos contaron que a Rafael lo llamaban “Junior” por el fanatismo de su padre por Boca. “El papá tiene cosas de Boca pegadas en la puerta de su casa”, dijo uno.
¿Podría haber sucedido algo en la clase de gimnasia? “El primer asesinado a mansalva (Federico Ponce) era un chico que lo cargaba cotidianamente en gimnasia”, afirma sin muchas dudas Víctor Ramos, ex presidente del Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo. “Lo sabemos —dijo a Clarín Ramos, presidente de la ONG “SOS Discriminación Internacional”— porque un delegado de nuestra organización es padre de un alumno de ese colegio.” Uno de los profesores de Educación Física de la escuela quiso aclarar: “No tenía ninguna característica particular que lo hiciera susceptible de cargadas.”
Los funcionarios confirmaron sus “muchas dificultades para integrarse al grupo”. Ni este problema ni aquellas supuestas burlas alcanzan para explicar la tragedia. Acaso haya una certeza: el arma homicida nunca tuvo que llegar a sus manos. La obligación de su padre, de Prefectura, era mantenerla alejada de otros. Sin esa 9 milímetros no podría haber planificado su ataque. “Hoy va a ser un gran día”, dicen que Rafael le dijo al encargado de encender los calefactores de la escuela. Vaya si lo fue. Las escuelas ya no serán lo mismo.
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