ARANCEDO ENCABEZÓ ANOCHE LA VIGILIA PASCUAL
El Arzobispo de Santa Fe, Monseñor José María Arancedo, presidió anoche en la Catedral Metropolitana de nuestra ciudad la misa de vigilia pascual.
En su mensaje a la feligresía local, el titular de la Iglesia santafesina hizo especial hincapié en la defensa de la vida y en la condena al aborto.
A continuación la transcripción del discurso pascual del Arzobispo:
Queridos amigos:
Quiero celebrar junto a ustedes la alegría del mensaje de la Pascua. ¿Qué celebramos? Celebramos un acontecimiento religioso que está llamado a tener consecuencias personales pero también sociales. La fe en Dios no es un hecho privado sin referencia a la vida de una comunidad, por el contrario debe iluminar y transformar nuestra conducta y nuestras relaciones. En la Pascua celebramos el triunfo del bien sobre el mal, de la gracia sobre el pecado, del amor sobre el odio. Esto nos llena de alegría y de esperanza y, al mismo tiempo, se nos presenta como una invitación y un desafío para hacerlo realidad en nuestras vidas y en la sociedad.
Para esto he venido, nos dice Jesucristo, para que el mundo tenga vida. Esto es lo que celebramos, la posibilidad de una vida nueva que nace en Cristo Resucitado y que es para el hombre un camino de verdad, de justicia y de paz. Por ello desde la Pascua podemos decir que es posible un mundo nuevo porque el mal, en su razón ha sido vencido, y ya no tiene un poder absoluto sobre el hombre. Pero este don de la Pascua se nos presenta como un ofrecimiento a nuestra libertad y necesita, por lo mismo, de nuestra libre aceptación que Dios no impone, ofrece. La Pascua alcanza su plenitud cuando la vida y el mensaje de Jesucristo entra en nuestros corazones. El mundo necesita la presencia de ese Cristo vivo en nosotros, para transformar esta sociedad herida por los males de la pobreza, la violencia y la intolerancia. Que seamos, Señor un instrumento de tu paz, de tu vida y de tu amor, para recrear contigo este mundo que amamos y lo encomendaste a nuestro cuidado.
En este contexto de la celebración de la Pascua no puedo dejar de referirme a un tema que nos ocupa por su importancia y gravedad, dado que ataca a la vida en su etapa más indefensa, me refiero al aborto. La doctrina permanente de la Iglesia sobre esta materia, la defensa de la vida desde el seno de la madre, debemos considerarla como un acto de verdad, de justicia y de amor. Es un acto de verdad en primer lugar; la verdad no depende de nosotros, está hoy aunque nos sorprenda nos obliga a valorarla y a ponernos a su servicio, no nos está permitido moralmente ignorarla. Es también un acto de justicia; a la justicia pertenece dar a cada uno lo que le corresponde y en el momento preciso, en nuestro caso el primer derecho que debe atender la justicia es el derecho a la vida del ser naciente. En esta doble certeza se fundamenta la sabiduría de una sana legislación. Y finalmente es un acto de amor; el amor dice referencia al otro. Frente al misterio de la vida no cabe otra actitud moral. Puede parecer dura esta doctrina frente a una cultura que parte de la libertad del hombre como de un absoluto creador y, por lo mismo, le cuesta aceptar los límites que nos impone una realidad objetiva. Este planteo doctrinal de la Iglesia, que se fundamenta en razones científicas, filosóficas y teológicas, es lo que me compromete a predicarlo, con la firmeza, el respeto y la seriedad que merecen, porque es una exigencia de orden moral que hace a la dignidad del hombre y a la cultura de un pueblo.
Queridos amigos, reciban de su Obispo este mensaje de Pascua para vivir la alegría de la Resurrección del Señor que nos dio un camino de esperanza y de solidaridad, para juntos caminar y reconstruir los lazos de una sociedad herida pero que nos pertenece y a la que nos debemos.
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