Árboles de piedra
Ya no importa el camino que hasta hace un par de minutos era el destinatario de las mayores quejas. Ya no importan esos 25 kilómetros de ripio patagónico, de los cuales 10 son casi intransitables para un vehículo bajo. Ya no importa nada cuando los ojos se posan ante una de los tesoros arqueológicos y paleontológicos más ricos que se puedan encontrar en el mundo.
Antes hubo que llegar a Sarmiento, desde Comodoro. Un pueblo cansino y bonito en medio del desierto, que tiene un paisaje agraciado por sus alamedas florecidas y dos lagos de aguas cristalinas y mansas. Sarmiento fue un lugar bastante más importante que lo que es hoy, según se cuenta. Pero no hay tiempo para detenerse en esta historia, sino que urge la maravilla.
Promocionado como “los Bosques Petrificados de Sarmiento”, este lugar de inabarcable superficie que semeja a la luna, es bastante más que eso. Hace 70 mil años hubo un lago y un bosque. Entonces mandaban los dinosaurios y la zona marítima estaba infectada de tiburones. Hoy, el desierto ofrece fosilizado un gran libro de historia que se abre a la vista impávida de los que no podemos creer que esto pueda estar aquí, a nuestro alcance.
Es que, esta reserva natural no ofrece demasiada resistencia a los visitantes. La conservación corre más por cuenta de la conciencia de los que van que por el esmero de los que deben cuidar. Al menos eso se nota después de abonar la entrada. En adelante, uno podrá recorrer los senderos de astillas de madera petrificada y meterse por donde le plazca, sin controles rigurosos.
Las astillas de madera petrificada del piso se desprenden de los troncos mayores. La amplitud térmica de esa zona desértica tiene mucho que ver. Por la noche los troncos se hielan y cuando el sol hace su trabajo al alba, se rajan. Y el paso del tiempo ha modelado los picos bajos con formas redondeadas y arcillosas, compuestos por lo que alguna vez fue lava volcánica.
Las piedras del suelo también denotan la presencia en la zona de una gran explosión. Tiene el inconfundible color y la textura de la lava endurecida. A esta altura, después de visitar el Valle de la Luna en San Juan, a lo mejor no nos sorprende lo suficiente; pero claro, aquí hay vía libre para entrar, pisar y mirar, de modo que uno siente que ha sido transportado al satélite natural de la tierra.
El viento también hace complot con el paisaje. En las alturas mayores, que nunca superan los 100 metros, sopla y levanta lo que encuentra, incluso a los turistas más enflaquecidos que deben asirse fuerte a las rocas. La vista se pierde irremediablemente y no alcanza a albergar el vasto territorio que le sirve a uno para comprender lo pequeño que es y el escaso tiempo que le tocará en suerte poblar el pago.
Pero más vale no sumergirse en tan profundos pensamientos, que hay que volver y otra vez se viene a la mente el ripio, más terrenal, más contemporáneo, más hostil. La tarde decora los picos redondeados con algunas gotas de una llovizna casi imperceptible y la caída del sol en la lejanía de la Cordillera ilumina el desierto lunar para dejar la última postal, la más hermosa, de un lugar imposible de contar.
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