Arde Santa Rosa
Casi seis meses después, hay que sacarse la campera. No será fácil la adaptación. Para quien viene de medio año en un frío casi perpetuo, el advenimiento del verano y el cruce con él nada menos que en la región pampeana, es una agresión física lisa y llana. Si encima el fuego de arriba se mezcla con el ardor del cemento de la ciudad, quiere decir que los días venideros serán duros. Y que estamos en Santa Rosa, la capital de La Pampa.
Más de 100 mil habitantes están durmiendo en este momento. Apenas unos pocos han recorrido los pocos kilómetros hacia el Parque Luro, camino al sur, por la Ruta 35, para ver si entre la vegetación que supo ser un sitio de caza mayor, se puede luchar contra un sol hiriente que bien pronto ha puesto amarillos todos los pastizales de los suburbios, anunciando su perpetuidad veraniega y la sequía para todos.
Siesta de urbe del interior. Avenidas mansas, taxis cansinos, verde que falta, vecinos escondidos; es otra vez la ciudad. Apenas, en la plaza principal, unos artesanos heroicos desafían la temperatura agobiante y, bajo toldos hirviendo, ofrecen su mercancía a los transeúntes que no están, o a los que hemos caído involuntariamente a una hora inadecuada a un lugar que no parece tener tanto que mostrar.
Los folletos turísticos intentan seducir con paquetes religiosos. No sería mala idea pedirle a la imagen del Cristo pensante que se lleve este calor. Pero el hijo de Dios debe tener cosas mayores para ocuparse, o quizás bajó a buscar un bar con aire acondicionado, como este morocho más terrenal que él. Otra alternativa podría ser visitar el Monasterio de las monjas Carmelitas y charlar con ellas a través de las rejas. Pronto la cerveza nos hará desistir.
El caldén, árbol más pampeano que el ombú, entre las construcciones calientes brilla por su ausencia. Un respiro hacia el camping municipal podría resultar mejor. Pero las aguas del Parque Don Tomás también queman y los pescadores brillan por su ausencia. En el solado sintético refulgente una aprendiz de Solange Witteven da vueltas sobre sí misma y en espejo de agua un surfista inventa las olas que también se han ido a dormir.
Francamente, una siesta en Santa Rosa de La Pampa no es para recomendar a nadie, a menos que se trate de una trastada contra un enemigo de temer. Será cuestión de resistir a la sofocación, armarse de paciencia para esperar la noche y ver si se ofrecen cartas mejores en la zona del centro, o decididamente habrá que marchar, casi una constante en el destino de un periodista ambulante.
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