ARGENTINA ENTUSIASMÓ DE A RATOS Y EMPATÓ CON URUGUAY
El partido que Argentina igualó 2 a 2 con Uruguay tuvo un antes y un después. Bien distinto uno del otro. En el antes, Argentina, esta Selección mejor dicho, mostró la mejor cara para empezar a reconciliarse con sus hinchas: trató de jugar bien al fútbol, de sacarse los miedos. Así gustó, con buenas intencione y ofreció un fútbol vistoso. Tocó corto, buscó que se junten los que saben, fue para adelante, respetó el histórico estilo argentino. Y por momentos durante el primer tiempo, más allá de los goles y la emoción repartida en los dos arco, eso se vio en el estadio Unico de La Plata.
Es que Argentina no salió a jugar con los brazos cruzados. Al contrario, se propuso encontrar el desequilibrio con la proyección de muchos hombres en ataque. Y tuvo su premio de entrada, nomás, con un Diego Milito inspiradísimo. Justamente, el delantero de Racing metió una palomita bárbara (previo pase de Delgado) y ahí produjo la primera explosión de la noche. Pero duró poco, porque Chevantón, un delantero para tener muy en cuenta, puso muy bien el cuerpo y definió fenómeno. Uno a uno y todavía se estaba armando el partido. Para rematarla, a los diez minutos, otra buena jugada colectiva del equipo de Bielsa: D’Alessandro, dentro del área, le dio a la carrera, con alma y vida, y el arquero la encontró. Dio rebote y ¿quién estaba? Sí, Diego Milito. Gol. Dos a uno y la gente, a esa altura, se codeaba ilusionada.
Es que Argentina jugaba bien, iba al frente y no se conformaba. Como Uruguay no se quedó atrás, entonces el partido tuvo un ritmo infernal. Iba uno, respondía el otro. No paraban. Hasta que una desafortunada jugada decretó el empate parcial, antes de que se completara el primer tiempo: Gabriel Milito trató de despejar y metió un cabezazo hacia atrás que encontró mal parado al arquero Costanzo. La pelota, acompañada con la vista por Chevantón, se metió mansamente.
En el después, la historia fue otra. Porque el equipo argentino se hizo lento, previsible, con numerosos errores defensivos y sin profundidad. Como Uruguay se conformó rápido con el empate, entonces el juego se hizo aburrido, casi sin llegadas sobre los arcos. La paciencia de la gente explotó en final, cuando el paraguayo González pitó. Ahí se produjo una silbatina general. Una lástima, porque la noche empezó para dar un pasito hacia la reconciliación y terminó así… Otra vez lejos del sentimiento popular.
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