ARGENTINA ESPERA JUGAR POR EL TERCER PUESTO
No pudo ser esta vez. No hubo espacio para otro desenlace con detalles épicos. No entró ese zurdazo de Franco Cangele porque pegó en el palo, en el último minuto del tiempo regular. Tampoco esa arremetida de Hugo Colace, que se fue apenas alta, ya en el tercer minuto de descuento. No. En esta ocasión, Los Caballeros de la Angustia no pudieron volver a jugar a los superhéroes. Y por eso Argentina se quedó sin la posibilidad de acceder a la sexta final de su historia en Mundiales Sub 20. Y por eso lo eliminó Brasil, con un gol y con un poco más de decisión para ir a buscar. Se deshizo esa ilusión creciente de este grupo corajudo. Se rompió el idilio de Argentina con la agonía y con los goles de oro. Aunque aún reste el partido por el tercer puesto, el Mundial se terminó. Ellos habían venido a ser campeones.
El equipo de Hugo Tocalli fue más de lo mismo. Entregó todo lo que tenía en un terreno en el que, a lo largo del torneo, resultó irreprochable: el costado anímico, la fortaleza espiritual para escaparles a las situaciones complicadas. Pero también careció de esos aspectos del juego que también resultan vitales: la capacidad de desequilibrio (individual y/o por juego asociado) y la precisión. Y eso, ante la exigencia de un rival importante como Brasil, aleja a cualquier equipo de la posibilidad de imponerse.
Nunca, ayer ni en ninguno de sus triunfos anteriores, encontró un jugador capaz de desequilibrar por sí solo o asociándose con sus compañeros. José Sosa y Walter Montillo (ambos suplentes ante Brasil) no pudieron consolidarse como líderes creativos; Germán Herrera y Cangele no pudieron brindar lo que prometen… ¿Se habrá sentido la ausencia de Carlos Tevez?
De todos modos, la prioridad inicial de ayer era otra, desvinculada de esas inquietudes ofensivas: controlar a Brasil. Y lo consiguió en muchos instantes del partido. Pero aun así, y hasta teniendo más tiempo la pelota (52% contra 48), no fue capaz de dominar. Es cierto, tampoco lo dominaron. Pero la impresión casi siempre fue que Brasil tenía con qué desequilibrar y Argentina, no tanto.
Lo del primer tiempo fue propio de un partido entre dos equipos que se respetan en cada detalle. Se estudiaron, se miraron, se cuidaron, no arriesgaron. Por eso, el rasgo principal de esa etapa fue la falta de llegadas con riesgo. Casi nada. O nada. Brasil repetía la fórmula conocida: atacar con un lateral derecho que parece más delantero que defensor, Daniel. Y Argentina armó su dispositivo en función de tal particularidad. Osmar Ferreyra, de lateral izquierdo, y Marcelo Carrusca (autor del gol ante Brasil en el 1-0 del Sudamericano) como volante para tapar las trepadas del juvenil del Sevilla. Y no pasó grandes sobresaltos. Pero Fernando Cavenaghi y Cangele estaban casi aislados, allá arriba.
Pero Argentina se equivocó en una cuestión fundamental: en el inicio del segundo tiempo retrocedió tanto que lo dejó a Brasil desinhibirse y convertirse en el dueño de la situación. Venía Brasil, esperaba Argentina. Y tal como lo había anticipado Tocalli era un partido en el cual el que erraba perdía. Y así fue. Tan atrás se metió Argentina que empezaron a llover centros y a intentar juego asociado los más hábiles de Brasil. Entonces, empezaron a deleitar Daniel Carvalho, Kleber y hasta Dudú. Y en un momento, el equipo de Tocalli concedió un corner desde la izquierda: centro de Daniel, peinó Dudú anticipándose a Zabaleta y, en la línea, Ferreyra no pudo rechazar de cabeza y la terminó metiendo. Iban veinte minutos. Era el golpe.
En el Sudamericano, Argentina había ganado con la receta que Brasil empleaba ahora: orden más iniciativa. Ahora, ante un equipo más cuidadoso, tenía dificultades. El después se pareció mucho al partido ante Estados Unidos. Una Argentina convencida pero sin juego trataba de llegar al empate para continuar con la leyenda de Los Caballeros de la Angustia. Pero no fue posible. Al revés que en las historias de superhéroes, acá hay espacio para la derrota. Y eso le pasó a esta Argentina puro coraje. Ante Brasil volvió a carecer de fútbol. Un pecado demasiado grande para cometer ante semejante rival. Esta vez no bastó con la tenacidad.
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