ARGENTINA ESTÁ EN CUARTOS DE FINAL DE LA COPA DAVIS
La victoria anunciada llegó por un camino con muchos menos obstáculos que los que cualquiera, aún el más optimista de los argentinos, podía imaginar. Bastaron los dos primeros días de esta serie contra un Marruecos disminuido por las lesiones para que la Argentina alcanzara un 3-0 aplastante y se clasificara con autoridad para los cuartos de final, donde se topará de visitante con el ganador de Rusia-Bielorrusia. Aunque el equipo es prudente y todavía no quiere referirse demasiado a lo que viene, hasta que el match de los potenciales rivales se defina, más de uno ya imagina otra excursión a Moscú…
Agustín Calleri y Lucas Arnold, los doblistas, cumplieron ayer con su misión: tenían que ganar y ganaron con absoluta comodidad (6-1, 6-4, 6-2 en dos horas clavadas) para embolsar el tercer punto, el decisivo. Pero más allá del dobles, que no resiste demasiado el análisis por la notable diferencia de jerarquía entre los unos y los otros, esta aventura africana —que terminará hoy con los dos últimos singles— permite sacar conclusiones más que positivas de cara al futuro. Si la Argentina, a partir de la presencia de sus dos top ten (Guillermo Coria y David Nalbandian) en el conjunto, ya era favorita antes de que se iniciase la edición 2004 de la Davis, tras este primer y sólido paso aquel rótulo se agranda aún más. No se pierden de vista los contratiempos marroquíes (las lesiones de El Aynaoui e Hicham Arazi), por supuesto. Pero, con ellos dos en plenitud física, el equipo capitaneado por Gustavo Luza también hubiera podido abrazarse al éxito. Seguramente con más dificultades, pero las mayores chances también hubiesen estado pintadas de celeste y blanco, pese a jugar como visitante. Porque eso es lo que garantiza la Argentina de Coria, Nalbandian y compañía: puede poner de rodillas a cualquiera —incluso al enemigo más pintado— y en cualquier lado. Llámese como se llame el que esté enfrente…
Luza trata de no meterse en la vorágine de las presiones. Eso decía en la fresca noche de Agadir, cuando el 3-0 le pintaba un semblante sereno, satisfecho: “Las cuestiones del favoritismo corren por cuenta del público o de los medios. Nosotros podemos ganar la Davis, es verdad, pero también podemos perder con Rusia o Bielorrusia en los cuartos. Los que saben de tenis conocen perfectamente lo dificultoso que es, para todos, quedarse con esta Copa. El equipo tiene sueños, fantasías, va a entregar todo para ganarla, pero está con los pies sobre la tierra. No queremos sumarnos a la máquina de la presión”.
El capitán quiere bajarle un cambio a las revoluciones y está bien. Pero su equipo da para que las ilusiones crezcan y crezcan. Hay razones valederas, de peso.
Los valores individuales. Ya se dijo lo de los dos top ten. Uno es el 4° jugador del planeta (Coria); el otro, el 8° (Nalbandian). Su brillante actualidad —y la madurez que van logrando con el tiempo— y su sola presencia hace que los rivales los miren cada vez con más cuidado y temor.
El factor recambio. Argentina no es sólo Coria y Nalbandian. Tiene un dobles que se afirma y otros jugadores con altas potencialidades. Calleri ayer brilló como doblista, pero al mismo tiempo es un singlista de la élite. Y Cañas está volviendo.
El respeto ajeno. Lo que se afirmaba de Coria y Nalbandian se puede trasladar a la estructura en sí: a la Argentina cada vez se la respeta más.
La unidad del grupo. Quizás como nunca en la Davis —cuna de problemas—, surgieron la solidaridad, la amistad, la buena onda. O sea: todos tiran para el mismo lado. Ayer, Coria y Nalbandian, las indiscutidas estrellas, miraron uno al lado del otro el éxito de Calleri y Arnold.
Justamente, hay que hablar de los doblistas. Tuvieron como adversarios a dos jugadores sin linaje, sin vuelo y sin experiencia: Mounir El Aarej está ubicado en el puesto 404 de la ATP; Mehdi Tahiri, en el 611… Los números a veces son crueles y lo dicen todo. No es fácil jugar, entonces, cuando de movida hay tanta distancia de calidades. No es sencillo, por ejemplo, mantener la concentración. Sin embargo, con un potente e imparable Calleri (metió 8 aces, dos a 211 kilómetros por hora) y con un Arnold que empezó nervioso y se fue afirmando, la pareja paseó a sus rivales y desató la loca celebración..
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