ARGENTINA GOLEÓ A BOLIVIA, CON UNA SOLA RÁFAGA DE FÚTBOL
La última impresión resultó más generosa, feliz: Argentina terminó goleando, después de casi una hora de ansiedad. Cuando se despojó de su apuro, con ese gol de tiro libre de Andrés D’Alessandro, descubrió un trayecto más claro rumbo al triunfo. Entonces, la ansiedad le dejó su espacio a la lucidez. Y ante una Bolivia limitada, casi frágil, una ráfaga de fútbol y de contundencia resultó suficiente.
De todos modos, quedaron costados para el análisis. Y una conclusión: el equipo es más apurado de lo que le conviene.
Lo que en esencia debería resultar un impulso, en ocasiones termina siendo un palo en la rueda. Porque la generosa intención de sostener al técnico con una actuación convincente es una impresión inobjetable. Pero en vez de traducirse en una búsqueda criteriosa se convierte —muchas veces— en vértigo y en imprecisión. Entonces, la Selección vive presa de su propia aceleración. Y lo padece.
Lo que le sucedió en el primer tiempo resultó notablemente sintomático: Argentina fue el dueño de la pelota y el dominador territorial, pero no consiguió los caminos para superar con claridad a un rival modesto, con limitaciones sin posibilidad de maquillar.
Las dos líneas de cuatro del equipo de Nelson Acosta (un planteo sencillo, lógico, previsible) parecían en ese momento suficiente sostén para la pretensión boliviana de sumar un punto por primera vez en Buenos Aires. Pero no porque tuviera un equipo con individualidades de alto nivel sino por los modos de búsqueda de Argentina. Claro, el ritmo supersónico (y a veces la desesperación por demostrar) terminó siendo, casi invariablemente, un negocio para el rival.
Es cierto que aun en su peor momento estuvo más cerca que su rival. Pero Argentina no podía convencer. No hilvanaba jugadas colectivas capaces de levantar a un Monumental proclive al rechazo. En el primer tiempo, por ejemplo, tuvo cinco llegadas. Sólo una de ellas fue el producto del juego asociado (a los 38, Crespo la terminó definiendo apenas desviado).
Y ante esa Argentina, Bolivia se fue agrandando. Con diez gladiadores entusiastas y un caudillo (el defensor Oscar Sánchez) le alcanzó para animarse a la aventura de sumar en el Monumental.
Pero cuando existe jerarquía individual, todo resulta posible. Entonces, de un tiro libre impecablemente ejecutado por D’Alessandro nació el primer gol y el mejor momento de Argentina. Claro, esa ventaja descomprimió aquella sensación de incertidumbre del contorno y de apuro de los protagonistas. Con el 1-0, en consecuencia, se allanó el camino. Aparecieron más espacios, la inteligencia de Aimar, la osadía de D’Alessandro, la tranquilidad de todos. Y así, en ocho minutos, Argentina transformó las dudas en una goleada sin discusión. Hizo 3 goles en ese lapso. Después del de D’Alessandro, ya a los 17, Delgado apareció por la izquierda, tiró un centro, Crespo se anticipó y se reencontró con el gol. Dos minutos después, desbordó Zanetti por la derecha y Aimar le puso el moño al triunfo con una definición exquisita de taco. Tres a cero. Era el fin de la ansiedad.
Lo que vino después no hizo más que confirmar aquella impresión del comienzo. Sin tanta prisa, brotó la precisión, algún aplauso, un puñado de pequeñas asociaciones, llegadas… En ese instante, ya no había mucho para demostrar. Argentina, la que había padecido su propia ansiedad, ya le había escapado a sus fantasmas. Era el tiempo de pensar en Colombia y en proyectar un futuro agradable…
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