ARGENTINA HIZO LA DIFERENCIA Y DESPUÉS SE RELAJÓ
Al principio lo soñaron así los jugadores argentinos. Porque aquella espina clavada después del empate con Chile, la tuvieron atragantada durante unos cuantos días. Las críticas iban y venían, mientras ellos, los futbolistas y también el cuerpo técnico, acumularon ansiedad. Era lógico, entonces, que salieran a jugar a mil por hora, arriba de un Fórmula 1 por momentos, frente a los venezolanos, que terminaron, pobres, pagando los platos rotos de lo que pasó en el Monumental. Sobre todo en el primer tiempo, cuando la Selección consiguió la diferencia que terminó siendo definitiva.
Es que Argentina jugó media hora inicial a un ritmo vertiginoso, tremendo de a ratos. Iba, iba e iba. Sin parar, con los dientes apretados y sin perder de vista una obsesión: llegar al arco rival. Más allá de esos tres primeros minutos en los que Venezuela, a partir de su voluntad, se arrimó al arco de Cavallero y con un disparo de Noriega, que se fue a milímetros, casi produce la gran sorpresa.
Fue un quiebre en el partido. Después de esa jugada, Verón se puso el equipo al hombro. Mandó él, con su fútbol prolijo y, sobre todo, elegante. Tocaba hacia los costados y también hacia adelante. Bielsa, desde el banco, gritaba desesperado y él, en cambio, pedía calma. ¿No era acaso el gran cuestionado del otro día, el dueño de los silbidos? Sí, pero respondió como un grande, con personalidad y dejando en claro, bien en claro, que no le queda grande la chapa de líder en la Selección.
Aimar, además, volvió a ser el enganche desequilibrante, ese gambeteador hacia adelante que abre espacios y le facilita todo a sus compañeros. Como a Delgadito, que se cansó de ganarle las espaldas a sus rivales por el sector derecho. Y no extrañó, entonces, que en media hora se apilaran las situaciones de gol. Vino el primero de Aimar y ahí se definió todo. Porque Venezuela tuvo que salir y con espacios, se sabe, los delanteros argentinos te pintan la cara. Para colmo, los errores defensivos del local se potenciaban. Conclusión: todo fue de Argentina. Que aumentó a través de Crespo y enseguida, sin perder tiempo, llegó el tercero a través del Chelito Delgado.
Sí, Argentina no dejó dudas. Dominó en todos los sectores del campo y así sacó una diferencia contundente, que si se lo proponía en esa etapa inicial, terminaba siendo abrumadora.
Quedaba por delante el segundo tiempo. Pero ahí Argentina se dedicó a cuidar las piernas, a acelerar sólo en los momentos necesarios. Bielsa, precavido con lo que pasó el sábado, no quiso sustos y armó una línea de cuatro con Heinza en lugar de Aimar. Ahí, claro, se fue un hombre clave. Verón se quedó sin compañero de toque y los minutos fueron pasando sin que uno y otro pudiera lastimar.
Fue tres a cero, en definitiva. Con cuarenta y cinco minutos de buen fútbol y con el orgullo a salvo.
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