ARGENTINA NO CONDENARÁ A CUBA POR LOS DERECHOS HUMANOS
La abstención pareciera ser el camino intermedio entre la necesidad y los deseos de Néstor Kirchner. A fines de esta semana, la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas tratará, como lo hace cada año en Ginebra, la situación del tema en Cuba y todo parece indicar que la Argentina, como la ha hecho desde 2003, se abstendrá de condenar al régimen de Fidel Castro.
Como ocurre cada año para esta fecha, las maquinarias de persuasión norteamericana y cubana se ponen en funcionamiento. La votación en la Comisión de Derechos Humanos, prevista para el jueves o viernes próximos, encuentra esta vez a la Argentina en medio de las negociaciones para cerrar definitivamente el problemático capítulo del default. Y es precisamente esa situación la que dispara el conflicto entre lo que ordena la razón y lo que desea el corazón.
Hay dos cuestiones que parecen irrefutables y sirven para entender el tironeo en el que se encuentra sumergido el Gobierno. La primera: el apoyo de EE.UU. ante los organismos internacionales de crédito y el Grupo de los Siete, integrado por los países más poderosos del mundo, resulta crucial. De hecho, la administración Kirchner hizo gestiones públicas para que el gobierno de George W. Bush mantenga la postura que tuvo hasta ahora en ese ámbito.
La segunda: nadie desconoce la buena sintonía que existe entre Buenos Aires y La Habana, la declarada intención del oficialismo de reforzar los vínculos con la isla y la cantidad de proyectos que existen en ese sentido (el intercambio de alimentos y medicinas por formación profesional y la renegociación de la deuda que Cuba mantiene con nuestro país, entre otras cosas).
Aunque en la Cancillería se niegan a adelantar la postura que asumirá el país y Rafael Bielsa parece ponerse una cassette cuando lo consultan al respecto -“Se están evaluando todos los aspectos del tema y está en preparación una voluminosa carpeta con los argumentos de la posición que adoptará la Argentina”, contesta, palabras más, palabras menos el canciller-, las explicaciones oficiales arrojan claros indicios de que se mantendrá la abstención.
Paradójicamente, la decisión argentina no dejará conformes ni a unos ni a otros.
Cuba ha desplegado en las últimas semanas una fuerte campaña que hace referencia a la “politización” de la comisión de la ONU y define que “no basta la abstención”.
El presidente de la Asamblea Nacional, Ricardo Alarcón, hizo un encendido discurso para que “aquellos países que dignamente respeten la verdadera causa de los derechos humanos, se opongan a su politización, a la selectividad y a la doble moral” voten contra la moción que este año presentará Estados Unidos.
El canciller cubano, Felipe Pérez Roque, ha dicho: “La autoría del proyecto demuestra que el tema de los derechos humanos en Cuba es preocupación sólo de Estados Unidos y no de la comunidad internacional o de los países de América latina”.
Visita fugaz
Estados Unidos, por su parte, tal como públicó anteayer LA NACION, dijo “mantener la esperanza” de que la Argentina cambie la postura abstencionista de las dos últimas votaciones en Ginebra y acompañe la iniciativa que propone que una comisión de veedores de las Naciones Unidas haga una visita a la isla para reportar cuál es la situación de los derechos humanos, idea para la que Fidel Castro ha negado sistemáticamente su autorización.
Durante un fugaz paso por Buenos Aires, Adolfo Franco, administrador adjunto de la Oficina para América latina y el Caribe de la Agencia norteamericana para el Desarrollo Internacional, se entrevistó con tres funcionarios de la Cancillería -su contraparte, Ana Cafiero, y los diplomáticos encargados de las direcciones de América del Norte y América Central y el Caribe-, con el fin de “transmitirles algunas ideas”.
“Es importante que el mundo le envíe un mensaje a Fidel Castro, como mínimo, condenando la violación a los derechos humanos en Cuba. Sabemos que la resolución en sí misma no solucionará nada, pero, al menos, es un primer paso. Si no se admite el problema, nunca llegará la solución. Esperamos que el gobierno argentino esté abierto a lo que está pasando en la isla, pero si hacen otra cosa, respetaremos su decisión”, manifestó Franco ante un grupo de periodistas.
Un paso atrás
“¿Qué pasaría si, tal como cree Cuba, este año no triunfa la condena a la situación de los derechos humanos en la isla?”, preguntó LA NACION al funcionario norteamericano.
“Hay que respetar ese resultado porque cada país es libre de votar como le parezca, pero para el pueblo de Cuba, para los disidentes, para los presos políticos, sería un paso atrás”, contestó Franco.
Basados en que en las últimas dos votaciones la postura crítica sólo se impuso por un voto, envalentonados con el creciente sentimiento antinorteamericano en el mundo -primordialmente debido a la guerra en Irak- e ilusionados con una homogeneización más afín a su ideología del mapa político en América latina, los cubanos se restriegan sus manos con más alegría por una eventual derrota de Estados Unidos en ese foro internacional que por un posible triunfo del rechazo a la moción condenatoria.
Con aparente resignación a lo que será una probable abstención argentina, Estados Unidos parece limitarse a enumerar sus aspiraciones de mínima. “Que el Gobierno no limite su delegación diplomática a un contacto puramente oficialista; que reciba e invite también a los disidentes”, pidió Franco.
Desde 2003
La Argentina mantuvo la posición abstencionista que inauguró Eduardo Duhalde cuando era presidente de la Nación, en 2003, tras más de 10 años de haber condenado la situación de los derechos humanos en Cuba, aun en el momento más crítico de la dictadura castrista. La votación del año último se hizo en medio del rechazo mundial al fusilamiento de tres disidentes y el encarcelamiento de otras 75 personas, medidas que fueron ordenadas por Fidel Castro. La decisión del dictador cubano hizo que históricos simpatizantes del régimen expresaran su total disidencia con las medidas.
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