ARGENTINA: UN GOL INTERRUMPIÓ EL BOSTEZO
La Selección ganó y no mucho más. Porque a diferencia del anterior amistoso de esta gira, en la goleada ante Japón, esta vez el equipo de Bielsa no pudo desarrollar un juego vistoso y fue tan responsable como Corea del Sur de que el partido no convenciera a nadie, ni siquiera a los entusiastas hinchas locales que coparon el estadio Sang Am, de Seúl.
Es una lástima, porque después de golear a Japón, los hinchas argentinos habían tenido señales de reconciliación con la Selección. Es que el domingo el equipo adoptó un rol protagónico que sin escalas lo llevó a la goleada. Pero hoy la historia fue distinta, bien distinta. Cero circulación, pocas combinaciones individuales, algunos atrevimientos individuales y, lo más preocupante, nula presencia en el área rival. Así, claro, no será nada fácil que la gente se enganche con el equipo. ¿Responsabilidad de Bielsa o de los jugadores? Un poco y un poco. Porque, se sabe, el técnico no patea centros ni cabecea. Pero sería bueno que no sea tan obsesivo con las obligaciones tácticas. Y la responsabilidad de los jugadores pasa por ser tan obedientes. A veces, para quebrar la monotonía, es necesario un rapto de rebeldía. Que sin duda el equipo argentino hoy no lo tiene, más allá de algunas insinuaciones.
¿Y el fútbol?
Fue un primer tiempo sin fútbol. Mucha fricción, pierna al límite y la pelota que iba y venía sin rumbo. Siempre por el aire, con mucho aceleramiento y poca precisión. Así, claro, el aburrimiento fue la constante en un partido que arrancó con el dominio territorial de los coreanos, que trataron de desequilibrar por los costados. Y de a ratos lo hicieron, aunque el problema aparecía cuando les tocaba resolver, en los metros finales, todo lo bueno que gestaban fuera del área. Ahí a los locales se les venía el mundo encima.
¿Argentina? Ofreció poco en el arranque. Aimar, su conductor natural, casi no podía darse vuelta porque siempre, y en cualquier lugar de la cancha, tenía tres hombres encima haciéndole sombra. Solari, para colmo, se estacionó en la izquierda y sin movilidad, no había forma de combinar en la mitad de cancha. Los de arriba, Saviola y Galletti, nunca entraron en contacto con la pelota. Es más, Bielsa movió el tablero poco después de la media hora de juego: sacó a Galetti y puso a Maxi Rodríguez.
Más allá de las críticas para Argentina, que ni por asomo pudo repetir la actuación del anterior amistoso ante Japón, lo cierto es que el partido en sí no superó la media. Le faltó ritmo y lo más llamativo es que casi no patearon a los arcos. Los alaridos que caían de las tribunas se generaban sólo por centros inofensivos que no lastimaban a nadie.
Ya se iba el primer tiempo y el cero a cero parecía escrito. Era cuestión, a esa altura, de soñar con la recuperación en el complemento. Error. Porque Zanetti abrió hacia la derecha a Maxi Rodrñiguez, quien tiró un centro pasado y, cuándo no, Saviola empujó la pelota casi debajo del arco. Se jugaban 44 minutos y en la primera llegada neta, Argentina había conseguido la diferencia.
El gol era un cheque en blanco para lo que podía pasar en el segundo tiempo. ¿Qué obligación había por delante? Ninguna. Estaba todo preparado para arriesgar. Los coreanos, con la desventaja a cuestas, tenían la puerta abierta para atacar en busca de la igualdad. Pero sus propias limitaciones fueron un freno que condicionar su andar. Argentina, con el gol de Saviola en el bolsillo, podría haber ido por más. Sin pedir mucho. Sumar hombres en ataque, juntar a los talentosos, hacer valer su poderío. Bueno, nada de eso pasó. Y así se fueron, mansamente, los minutos de una victoria que no motivó ni al más entusiasta.
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