ARSENAL REABRIÓ SU ESTADIO: LLEVA EL NOMBRE DE "JULIO HUMBERTO GRONDONA"
Cada una de las lágrimas que ahora ruedan por la cara de Julio Humberto Grondona tiene una historia mínima que la impulsa, un pedazo de vida que se hace emoción. Ahí está el presidente de la AFA, en su club, allí en un rincón de Sarandí que sabe de mil resistencias. Ahí está él, fundador del Arsenal Fútbol Club, en esa cancha para 22.000 personas que en los días fundacionales del verano de 1957 no era ni siquiera los retazos de un sueño. Y que ahora, repleta, luce como el mayor orgullo de toda la gente del Viaducto.
Arsenal parece la versión feliz de la película Luna de Avellaneda. Es que su historia es la de un club de barrio, ahí en ese Sur bonaerense que supo de industrias, de crecimiento, pero también de golpes, de despojos y, sobre todo, de resurrecciones. Y ayer, ese Arsenal —paradigma del Sur luchador— reinauguró su estadio con una fiesta para la que no habrá olvido.
Estuvieron casi todos los que construyeron la historia de este club, ahora firme en Primera con el orgullo naciente de disputar su primer torneo internacional, la Copa Sudamericana. Los Grondona: Julio Humberto, Héctor (el máximo goleador de su historia), Julio Ricardo (el actual presidente), Gustavo. Jorge Burruchaga (símbolo de ayer y técnico de hoy), Pulciano Aquino (referente en el Ascenso, colaborador de Burru ahora), Eduardo Urtasun (goleador en tantas tardes de sábado en los 80), Roberto Pipo Ferreiro (entrenador en días de crecimiento), José María Bianco (jugador, técnico, también emblema)…
También anduvieron por esas nuevas instalaciones de cemento, por esos vestuarios con aroma de estreno todas aquellas caras que lucieron con orgullo la celeste y roja; las de aquellos hombres que obtuvieron el título de 1962, en la Primera D, con invicto incluido; las de los muchachos que en el Apertura 86 sacaron al Arse de la Primera C; las de los que, en el 92, subieron a la B Nacional; las de los que impulsaron el milagro de jugar en Primera, a partir de 2002, tras aquella final ante Gimnasia de Concepción del Uruguay, en la que algunos tablones se cayeron, casi a modo de final, de despedida…
Y se hicieron ver también los héroes silenciosos, los del contorno, los hinchas, esos de los que no se conoce el nombre y el apellido, pero que gastando zapatos en los viejos tablones del Viaducto edificaron la historia del club a su manera. Con historias épicas, con reproducciones inverosímiles, con la memoria intacta. Transfiriendo tantos nombres de ídolos barriales (desde el primer arquero del club, Ruggero José Lunardeli, hasta Carlos Ruiz, el actual capitán) de generación en generación. Y allí, en la tribuna que será visitante, una bandera explica la sensación multiplicada con un puñado de palabras: “El sentimiento no cambia/ayer hoy y siempre/Los Pibes del Barrio”. Eso es Arsenal: la continuidad de un sentimiento inquebrantable al margen de los avatares del gana-pierde; una suerte de militancia que recorrió todas las categorías. Porque los muchos de los que ahora ven al equipo de Burruchaga hacerles frente a Boca, River e Independiente también lo vieron lidiar con Juventud de Bernal, Sacachispas, Midland y Fénix.
Arsenal es una fiesta. Con el fútbol de esos históricos, ya con panza, ya sin pelo; con el desafío entre los campeones de 1992 y los de 2002; con el color y la música de la única murga de Sarandí: Los Prisioneros del Delirio. Con los abuelos que gritaban los goles de Héctor Grondona. Con los padres que se abrazaban para festejar las atajadas del Flaco Vivaldo o las gambetas de Burru. Con los nietos que ahora se entusiasman con José Luis Calderón.
Sí, todo esto pasó ayer en Sarandí. Allí donde una ilusión de los años 50 es, a esta altura, una realidad que emociona. Allí, donde ya casi de noche, mientras se prendían las luces artificiales, brotaba a modo de final feliz la luna de Sarandí.
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