ARSENAL SE SIENTE EL CAPO DE AVELLANEDA
Ya no es una osadía inmensa lo de este Arsenal. Ya comienza a parecerse a una realidad inminente. Sí, el club que está jugando su segundo temporada en Primera se anima a edificar una posibilidad que (antes del torneo) parecía imposible: con una fecha para el final, tras el triunfo ante Racing, el equipo de Jorge Burruchaga se está clasificando para la Copa Sudamericana y tiene chances de acceder a la Libertadores.
Arsenal fue el de casi siempre. Ese equipo que tiene un libreto incómodo para todos sus rivales, que lo conoce a la perfección y que lo aplica con el oficio de tantos minutos acumulados.
Racing fue el que pudo. Con mil bajas, sin cinco titulares en el equipo de gala de Ubaldo Fillol, con los retazos que le quedan para estas últimas dos fechas.
Y así, entre los dos, cada uno con la parte de responsabilidad que le correspondió, construyeron un partido de mucha lucha, escaso juego, pocos inspirados y emociones esporádicas o nulas.
Lo del primer tiempo tuvo un ausente imprescindible: las llegadas. Apenas un cabezazo de Gastón Fernández se pareció a una situación peligrosa. Lo demás fue una sucesión de fricciones, pelotazos, imprecisiones, gladiadores victoriosos y talentosos o audaces en desgracia. Apenas los pequeñas sociedades entre Lisandro López y Gastón Fernández le brindaron un poquito de luz a un desarrollo oscuro. Los demás se preocuparon por otras prioridades: correr, marcar, meter. Y la consecuencia resultó previsible: el encuentro fue chato, aburrido, tedioso.
Y todo esto al amparo de un árbitro que —en un partido marcado por las interrupciones producidas por faltas tan leves como reiteradas— amonestó por primera vez a los 38 minutos. En ese instante le mostró la amarilla al inclaudicable Gastón Esmerado (por una infracción) y a Javier Gandolfi (por protestar).
Y entre los dos se terminó imponiendo el que mejor conoce este terreno: Arsenal, el paciente, el austero, el cauteloso. Así, con su receta archiconocida, sin lujos, se puso en ventaja. A los 38, un cabezazo de José Luis Calderón tras un córner lo puso 1-0.
Después, fue más de lo mismo: del Arsenal que sabe sostenerse, que alimenta su sueño grande con el sacrificio de un labrador, con la voluntad inquebrantable de un guerrero. Y la estrategia de siempre: dos líneas de cuatro, pocos espacios para el rival, achique hacia atrás, mucha presión en cada rincón defensivo.
Así, este Racing que ya se quedó sin sueños antes del final del Clausura chocó y chocó. No tenía con qué vulnerar a ese equipo que hace del orden su ley. No tenía con qué deshacer la preciosa osadía de Arsenal, el curioso capo de Avellaneda…
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