ASALTARON Y VACIARON UNA CASA EN GUADALUPE OESTE
Nina, una vecina de Guadalupe Oeste de 67 años de edad, fue asaltada esta mañana en su casa de calle Avellaneda al 7500. Los ladrones que irrumpieron en su domicilio cargaron con sus bienes más preciados y, tras tomar un frugal desayuno en la cocina se fueron, dejándola encerrada, encapuchada y atada de pies y manos.
La víctima de este nuevo delito con todas las características de un clásico de estación dijo que despertó sobresaltada, posiblemente cuando los malvivientes hacían saltar las rejas de las aberturas con barretas de mano. Para entonces el timbre de la “alerta comunitaria” estaba lejos, mucho más que el cañón del arma que le apoyaron en la cabeza.
“¡Para qué te levantaste?”, recuerda Nina que le preguntaron antes que la tomaran por el cuello y la guardaran en el baño con la puerta cerrada y asegurada con sogas.
“Aunque no me lo pidieron, no los miré a la cara”, dijo Nina como si ella, la víctima y ellos, los victimarios, hubieran estudiado el mismo libreto de una historia donde nadie debía salir lastimado. “Por eso no me hicieron nada”, aseguró.
Desde en el encierro que duró algo más de dos horas Nina escuchó el laborioso trajinar de los ladrones que iban y venían de la casa a la calle acarreando cargas pesadas como televisores, máquina de coser, herramientas de mano que fueron de su esposo, cajas de bebidas y cuanto objeto de valor encontraban al paso.
Pero querían más y cuando a la salida del sol se sentaron a la mesa de la cocina para descansar un poco y probar algunos bocados, preguntaron a Nina dónde guardaba el dinero. “No había un sólo peso en toda la casa”, juró y agregó que entonces pusieron todas las habitaciones patas arriba.
Por fin cuando ya se iban _seguramente habían cargado el botín sobre algún vehículo que los esperaba en la calle_, uno de esos gritó a Nina, “¡Quiere saber por qué hacemos esto? Lo hacemos por necesidad”.
“Yo les había preguntado por qué hacían una cosa así, si no sabían que haciendo estas cosas podían matar a alguien, o los podían matar a ellos mismos”, dijo Nina un momento antes de lamentar la pérdida de su bien más preciado: una máquina de costura industrial que le había costado una fortuna.
Nina y su hijo que enterado de lo sucedido llegó a Santa Fe desde una ciudad vecina, se dieron un abrazo y coincidieron al decir que en los tiempos que corren y con las cosas que se ven hay que dar gracias de haber salvado la vida.
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